OBSERVACIONES ACERCA DE UNA NOVELA DEL MOVIMIENTO

Cárcel Preventiva, 29 de octubre de 1970.

 

Querido Luis González de Alba:

 

Leí el material de tu novela. Comienzo por decirte algo que tú habrás de saber mejor que cualquiera por cuanto las vocacio­nes no se engañan ni nos engañan, aunque —a su tiempo— deban comprobarse, estén obligadas a comprobarse: hay en ti, des­de luego, un escritor, vocacional, sustancialmente. Que este escritor resulte bueno o malo depende precisamente de ti y de nadie í más. Ese escritor deberá desplegar todo su contenido, salir de su interioridad y echarse al camino: es tu tarea.

Estás al comienzo —y ya te diré más adelante por qué lo creo un buen comienzo. Pero las vocaciones exigen ante todo rigor y disciplina: ésta es la parte que se debe asumir sabién­dola en lo más lúcido de la conciencia con la mayor energía y dedicación. Se trata de la más difícil —pues es una tarea privada, escondida, no visible— pero aquella parte del trabajo de un es­critor donde éste se comprueba. No hay otra: el escritor —o el artista en general— no se comprueba ni con el público, ni con el buen éxito, ni con las palabras de aliento, ni con los críticos. Todo esto es pura cotidianidad, puro accidente. Si no eres autén­tico, mañana no serás nadie por mucho que te aplaudan hoy. El trabajo literario exige del escritor una autocomprobación cons­tante que comienza con anterioridad a su primera obra. Esta autocomprobación deberá saberse a sí misma, como tal, a través de una conciencia despiadada y sin desfallecimientos, siempre en estado de alerta. En esto consiste la interioridad de que te ha­blaba más arriba; interioridad del escritor, o mejor dicho, de su obra, de su trabajo, como una primera fase de la cual ha de salir —pero sólo hasta el momento en que esa fase esté madura ante sus propios ojos y para sí misma— y a la cual ha de regresar cada vez, a cada nueva obra, en un ir y venir incesante, de Sísifo eterno: la maldición que pesa sobre todo escritor verdadero es la de que nunca llegará a ser un buen escritor. Pero tampoco puede permanecer encerrado en su apando para siempre. Una in­terioridad sin salida, sin atrevimiento —aunque los libros se escriban y se publiquen—, sin valentía y sin una cierta dosis de humor heroico, deja de ser interioridad. Entendamos pues la palabra como el hecho de tomar lo real, la verdad, como un acto biográfico: la verdad objetiva pasa a ser mi verdad interior, a la que sacrifico y entrego todo. Sin esto, tal interioridad se convierte en vacío. Sin embargo, no hay nadie que pueda ayu­darnos: uno es el único responsable, uno mismo es quien debe hacer que esa interioridad, que esa autocomprobación madure y, luego, se escinda y salga al aire helado y las inclemencias de afuera. Tampoco es un salir a la calle resguardado y con el abri­go puesto. La cosa es que no se puede salir —con abrigo, sin abrigo o desnudo— si antes no se ha satisfecho la prueba: ese mirarte sin testigos, ese golpearte la cabeza contra los muros hasta que la sangre brote. Es ahí donde estableces la relación enemiga con tu obstáculo, donde lo mides, lo vences y lo amas, pero ante nadie. Solo y tu alma ante este secreto en esta lucha invisible de la cual tú lo eres todo, víctima, verdugo, héroe, traidor, villano, vencedor y vencido. (Repito, aquí no se trata de si uno debe o no publicar lo escrito: editar es la mera forma­lidad del acto ya consumado, una formalidad externa, como la del sombrero o los calcetines. Lo otro es lo que importa: saber si ya estás impreso dentro de ti, si esas palabras que has escrito en tu propia piel, por dentro, ya no se borran, ya han quedado allí como un tatuaje del alma.)

Y hablamos precisamente del alma, te hablo del alma porque no hay otra palabra para decirlo. ¿La “materia pensante”? ¿La “forma más elevada de la organización de la materia”? ¡Por Dios! Engels jamás hubiese escrito estas palabras sin tener “el alma en su almario”: están escritas con toda el alma, como él escribía siempre. Nadie puede ni ha podido escribir de otra ma­nera, no hay un solo ejemplo en la historia de ningún escritor auténtico que haya escrito sin alma: los que pretenden lo con­trario —que no se escribe con el espíritu sino con las relaciones de producción— son los teólogos del materialismo barato, los bus­cadores de la piedra filosofal que no la encuentran en otra parte que no sea su propia cabeza de piedra: los “comisarios”, los “hombres de comité”, los “responsables”, los “politburós”, los fiscales “socialistas”, las sirenas burocráticas que envejecen en las aguas paleontológicas de su mar muerto histórico y aún sa­can al aire su ondeante cola de pescado.

En fin: hablamos del alma. ¿Por qué no? Alma: ánima. Lo que anima, lo que se mueve, lo que intelige y sueña, lo que ra­zona y desrazona, lo que yerra, lo que acierta, lo absurdo, lo que imagina sin límite alguno, lo que se caga en su madre, lo ciego y lo vidente, lo inconformable que asume la forma inconforme que no pueden darle ni la naturaleza ni la historia. Es decir, lo humano individual, todo aquello que no pueden hacer los otros animales y que los burócratas de toda especie tratan de impedir que hagas dogmatizándote los güevos. El alma, pues, como lo esencialmente humano, lo único. Pero también lo único que la sabia naturaleza rousseauniana (y ellos son rousseaunianos) niega obstinadamente a los neostalinistas de la literatura y de la vida.

Se comprende entonces lo que significa una expresión como la de solo y tu alma. Solo y mi alma, solos todos nosotros y nues­tras almas, solo y mi alma universal, sola y específicamente mía esta universalidad de mi alma sola. Ésta es la interioridad real, lo infinito concreto donde mi yo específico libra su batalla: algo que comienza y no termina, pero que ha de asumirse, repito, antes de cualquier comienzo, en este ahora y aquí tuyos y de na­die más. Bien, ésta es la prueba: de aquí en adelante ya estás marcado y todo está marcado en tu derredor, todo llevará el signo secreto que tú deberás ver transparentarse por debajo de la piel de las cosas y en cada signo que te roce. En el amor, en la lucha, en el estudio, en la libertad, en la cárcel, en el sueño, en la vigilia, ya nada de lo humano y de lo no-humano te es ajeno. De aquí en adelante puedes estar seguro de que ya te llevó la chingada. Precisamente de todos aquellos que se nie­gan a saber esto —pero ante todo porque no pueden saberlo, pues les hace falta el órgano adecuado del espíritu para ello—, de todas esas gentes que, no obstante, se empeñan en conside­rarse escritores o alguna cosa análoga —incluso hasta revolu­cionarios—, es de donde se recluían los usurpadores, los opor­tunistas, los embusteros, toda esa pinche ralea intelectual de la que se forman los “cuadros” del club gobernante, los plenipo­tenciarios presidenciales, los carreristas, los locutores, y, de “nues­tro lado”, toda esa fauna de nuestros falsos amigos y simpati­zantes, listos a dar su firma por nuestra libertad, en el mejor de los casos, pero nunca a dar su vida por la libertad del país. Es decir, listos nada más.

Bueno, pero de lo que se trata es de analizar específicamente tu trabajo y a eso voy.

            Por razones de método debe plantearse ante todo una pregunta. ¿Qué cosa es escribir? Aquí ya no me refiero a una no­ción abstracta, sino a la tarea sensorial, objetiva del trabajo de escribir.

            Partamos del hecho común de que toda la gente escribe, sabe “escribir” por cuanto se lo enseñaron. Pero esto quiere decir que “escribe” en virtud de la razón misma por la que “habla”. O sea, para el común de la gente escribir es una forma de ha­blar, una forma no diferente del habla, por cuanto constituye una extensión de ésta. Los pedagogos literarios, los que prefie­ren la propaganda a la literatura, los populistas, los vulgarizadores, los “escritores del pueblo”, los fetichistas del lenguaje artesanal, nos dan una palmada en el hombro y nos aconsejan doctoralmente. ¿Por qué esos retorcimientos “intelectuales”? ¿Por qué tales complicaciones? ¿Por qué esa oscuridad? ¡Escriba co­mo la gente habla! ¡En forma “directa y pura”, déjese de filo­sofías! (Concretito, concretito, se decía en el Consejo Nacional de Huelga y tú, además, lo cuentas.)

            Pues bien. Tales consejos son los que no deben aceptarse nun­ca. Las buenas intenciones que encierran se traducen en un enun­ciado bastante simple, como todo lo idiota: escriba usted mal para que lo entendamos las gentes como yo. Empero, aquí esa gente introduce un equívoco que se explica precisamente por de donde proviene: una cosa es la simplicidad y otra cosa muy distinta la sencillez. La simplicidad no es otra virtud que la del simple, la del simplón, la del pendejo. Simple es cualquier “mo­no” de aquí, de la cárcel. Sencillo es León Tolstoi. Se trata, pues, de algo muy diferente. Escribir mal no conduce a ninguna parte, ni en los escritores políticos, ni en el escritor literario. Y escribir mal consiste en escribir “como habla la gente”, nuestra gente, la que nos rodea (y a la que es infame adular), sea la que fuere, “pueblo” o estudiantes o intelectuales. El escritor no puede convertirse en una grabadora. Eso hay que dejárselo a la antropología, constituye el material de su análisis, pero no el material propio, específico del escritor. El escritor establece la diferencia fundamental entre el lenguaje hablado y el lenguaje escrito, y sin esa diferencia la literatura no existe —por lo demás, sin esa diferencia no existe nada.

            Quienes reducen toda la problemática de la literatura al “es­pejo de Stendhal” (la literatura que refleja la realidad “tal cual es”, pero “tal cual es para la gente”) se olvidan que el “espejo de Stendhal” era un espejo crítico (como lo demuestran sus pro­pias novelas). El lenguaje es una alienación de sí, constituye una forma objetiva de la conciencia enajenada, la forma material que reviste el pensamiento acrítico en la cotidianidad. La litera­tura —dentro de su proyecto propio, específico, singular— es una desenajenación del lenguaje, su intento esencial, y no puede, por ello mismo, enajenarse al “pueblo”, al proletariado o a lo que sea, convirtiéndolo en su fetiche. Pero aparte de todo esto, aquí se plantea una cuestión metodológica que se refiere al hacer de la prosa narrativa.

            Tomemos como ejemplo del “escribir como se habla” ese gé­nero de relación literaria elemental que son las cartas que escribe el común de la gente. La característica determinante de la rela­ción epistolar íntima reside en el hecho de que, tanto uno como el otro de los dos extremos que la constituyen, dispone de un cierto volumen de información retrospectiva que la carta ya no necesita repetir y a lo que alude o se refiere, en todo caso, como a un conocimiento ya dado y establecido: hogar, familia, eco­nomía doméstica, situaciones, etcétera, que ambos saben. El es­pacio práctico de la carta es un vacío que la carta se encarga de llenar con aquello que los corresponsales no saben y de lo cual se informan, alternativamente, destinante y destinatario. Esta información constituye el entretanto de la ausencia, de la separa­ción (entretanto ha pasado esto o lo otro o se espera que suceda). Quiere decir, es un tiempo que se reanuda y se recobra en su propia unidad concreta —y necesariamente singular— como re­gresión y progresión que cubre, de ida y vuelta, tal espacio práctico: la carta informa (presente), retroinforma (pasado) y es, simultáneamente, un acto prospectivo (futuro). O sea, el conjunto de su acción, de su movimiento, es unificante, enlaza un tiempo, un movimiento y un espacio concretos, puesto que tiene un punto de partida en el instante que comienza la ausen­cia, y este punto, así, impide su dispersión, agrupa sus elemen­tos y determina su totalidad, por cuanto también tiene un extre­mo terminal.

            Ahora bien, esta unidad regresiva-progresiva (Sartre), que se integra en su retrocepción y en su prospección, es únicamente bilateral por lo que se refiere a las relaciones epistolares. Si apa­rece un tercer lector de la carta —al que supongamos ajeno en absoluto a la relación—, este otro, este extraño, este Convidado de Piedra que exige satisfacer su propia inteligibilidad, rompe el entretanto precedente, lo hace perder toda la anterior solidez y todo el sentido que tenía en la unidad establecida. La totali­dad precedente se dispersa, se vuelve inconcreta y pide una nueva relación. Esta nueva relación ha de integrar, entonces, una nue­va totalidad concreta con el nuevo participante, a través de un proceso de unificación, entretanto el tercer lector de la carta se introduce, poco a poco o de golpe, en un orden continuo o discontinuado (esto no importa, es un problema de técnica y de forma), a ese todo que la carta representa: nombres, familia, relaciones domésticas, trabajo, habitación, caracteres, y todo aquello de que necesita ser informado para que la nueva totali­dad se establezca con él dentro. Este tercer hombre de una rela­ción narrativa es, al mismo tiempo, el autor de la novela y sus lectores: el encargado de hacer legible e inteligible el entretanto de las cosas, el que devela lo que sucede entre los intersticios de cada párrafo, entre una y otra locución, el que ilumina las si­tuaciones y las esclarece, en suma, el que crea las totalidades concretas con que se forma un relato.

            La “carta”, por supuesto, ha dejado de ser doméstica, pero también ha dejado de ser carta. Seguirá siendo doméstica, en cambio, si no se convierte en literatura.

            Con tu relato —en otros aspectos, magnífico— sucede esto de que hablamos. En conjunto es una carta íntima, familiar, do­méstica, que tiene aciertos literarios pero no se convierte en lite­ratura, en novela, en una relación coherente, a pesar de que su “tercer lector”, su destinatario es, deberá ser y merece serlo, un inmenso público en México y en numerosos países.

            El material que llevas ya escrito no constituye una totalidad concreta sino en una forma muy limitada. Es una totalidad que se queda en casa, entre nosotros y tú, entre el Movimiento y tú, entre tus amigos y tú, e incluso, a veces, sólo respecto a un poquísimo número de los amigos tuyos que poseemos las claves, o el número, todavía más reducido, de quienes están innodados en el complot literario de la obra. En cuanto introduzcas al “tercer lector” de tu relato, el espléndido material que ahí reú­nes, inmediatamente adquirirá coherencia y articulación.

            Sería inútil decirte estas cosas, naturalmente, si tu trabajo, en sí mismo, no reclamara, con la más justa energía, el derecho que tiene a que se le dé el tratamiento que merece, la unidad, los desarrollos, las interrelaciones, la estructuración que necesita. Debes darte cuenta de lo que este trabajo tuyo representa para todos nosotros, para el Movimiento. Cuando un fenómeno social emerge a la literatura, esto quiere decir que su historicidad ya es incuestionable y que esta historicidad se comprueba a sí mis­ma mediante sus propias fuerzas interiores y su proyección sobre el plano de la cultura. Con este trabajo literario tuyo, es el pro­pio Movimiento del 68 el que se autonovela y se manifiesta co­mo una expresión que da su verdadero significado a los hechos y a las incidencias políticas en el campo de las superestructuras.

            Esto tiene una inmensa importancia.

            Por esta razón no quiero ni puedo terminar la presente carta, así deba alargarse más de lo que lleva escrito, que ya es mucho. Porque también esta carta es impersonal. También es parte del Movimiento y la escribo dentro del Movimiento, en tanto lo que somos, en conjunto, todos sus participantes, como testimonio vi­viente, como actividad encarcelada que el enemigo no ha podido extinguir.

            A continuación, pues, hago el intento de un cierto desarrollo teórico —aunque no sea sino a grandes trazos— que se despren­de del análisis de tu material novelístico. Utilizo una de las fichas de los apuntes con que participo, desde aquí de Lecumberri, en el seminario que sobre la Crítica de la razón dialéctica conduce en Filosofía nuestro muy querido Sánchez Vázquez. Así que, en cierto modo, aprovecho el viaje.

            Sartre plantea —en la parte correspondiente de que me sir­vo— el problema de la conducta cotidiana y la posibilidad de su conocimiento a partir de su propia facticidad inmediata.

            Ahora bien; por cuanto la inmediatez de la conducta y el ám­bito concreto de su facticidad constituyen, por excelencia, la ma­teria de la novela (de cualquier novela, a mi modo de ver, incluso la novela fantástica), podemos servirnos aquí legítimamente de los planteamientos que Sartre expone y, al margen de la filosofía, aplicarlos y cuestionarlos en el campo literario. Pero antes será preciso dejar establecido que la novela misma, como tal, tiene su propia conducta, su propio comportamiento, lo mismo por lo que respecta a su acción, que por lo que se refiere a sus estruc­turas. Según mi punto de vista, aquello que constituye la con­ducta de una novela, o sea, lo que permite su conducción (tarea que corresponde al novelista) está formado, en términos gene­rales, por los siguientes elementos: situaciones, personajes dentro de las situaciones, interrelación y reciprocidad de com­ponentes, y, por último, espacio en lo que todo esto se pro­duce y se unifica como una totalidad concreta organizada. Esto último no debe perderse de vista: una totalidad concreta no brota espontáneamente, en virtud de la sola presencia de los elementos anteriores, abandonados a su propio azar y su aven­tura. El novelista es quien organiza esta totalidad y para ello convierte a tales elementos (personajes, espacio, situaciones, etcétera) en sus cómplices, exactamente como en la perpetración de un crimen perfecto. ¿Y qué otra cosa es una novela bien hecha sino un crimen perfecto?

            A fin de no verme en la necesidad de prestarte el libro, te transcribo en seguida el texto de Sartre (pp. 133-34 de la Crítica de la razón dialéctica). Luego aíslo del texto ciertas categorías ahí contenidas (con el párrafo de Sartre que les corresponde, indicado entre comillas y paréntesis) y, cada vez que se presenta una coincidencia, la ilustro con ejemplos tomados de los mate­riales de tu propia novela. He aquí el texto de Sartre:

Para alcanzar el sentido de una conducta humana, hay que disponer de lo que los psiquiatras y los historiadores alemanes han llamado “comprensión”. Pero no se trata en este caso ni de un don particular ni de una facultad especial de intuición; este conocimiento es sencillamente el movimiento dialéctico que explica el acto por su significación terminal a partir de sus condiciones de partida. Es originalmente progresivo. Com­prendo los gestos de un compañero que se dirige hacia la ven­tana partiendo de la situación material en que los dos nos encontramos: por ejemplo, es que hace demasiado calor. Va a “darnos aire”. Esta acción no está inscrita en la temperatura, no está “puesta en movimiento” por el calor como si fuese un simple estímulo que provoca reacciones en cadena: se trata de una conducta sintética que unifica ante mis ojos el campo práctico en que estamos uno y otro al unificarse ella misma; los movimientos son nuevos, se adaptan a la situación, ajos obstáculos particulares; es que los montajes aprendidos son esquemas motores abstractos e insuficientemente determina­dos, se determinan en la unidad de la empresa: hay que sepa­rar esta mesa; después la ventana tiene hojas, es de guillotina, es corrediza, o tal vez —si estamos en el extranjero— de una especie que aún no conocemos. De todas formas, para superar la sucesión de gestos y percibir la unidad que se da, es nece­sario que yo mismo sienta la atmósfera recalentada, necesidad de frescor, necesidad de aire, es decir, que yo mismo sea esa superación vivida de nuestra situación material. Las puertas y las ventanas nunca han llegado a ser del todo realidades pa­sivas en la habitación: el trabajo de los otros les ha conferido un sentido, las ha vuelto instrumentos, posibilidades para otro (cualquiera). Lo que significa que ya las comprendo como estructuras instrumentales y como productos de una actividad dirigida. Pero el movimiento de mi compañero hace explícitas las indicaciones y las designaciones cristalizadas en esos pro­ductos; su comportamiento me revela el campo práctico como un “espacio hodológico” [Se aplica al espacio considerado como camino de una acción y como sede de las propiedades que la determinan (Lewin)], e inversamente, las indicaciones con­tenidas en los utensilios se convierten en el sentido cristaliza­do que me permite comprender la empresa. Su conducta uni­fica a la pieza y la pieza define su conducta.

 

En el texto anterior de Sartre podemos establecer las tres no­ciones siguientes: 1] El acto dialéctico; 2] La conducta sintética y la unidad de la empresa; 3] Las estructuras instrumentales y el espacio hodológico.

 

1. El acto dialéctico

Ésta es la primera noción con que nos encontramos en el pre­cedente párrafo de Sartre: el acto dialéctico y la dialéctica del acto (“el movimiento [. . .] que explica el acto por su significa­ción terminal a partir de sus condiciones de partida”).

Para el novelista todo acto aislado es un momento de la pro­pia interrelación del acto con su tiempo, bien hacia adelante o hacia atrás. El acto siempre es coetáneo para el narrador, está ahí, ante el narrador, como una presencia actual, al margen del tiempo en que lo conjuga el verbo. Este momento es el mismo para el lector, puesto que no se puede leer sino en presente, con los ojos sobre las páginas del libro. La dialéctica del acto, para ambos, consiste en que el momento no está fijo, sino que sucede y se sucede (“es originalmente progresivo”). Sucede ante mis ojos, en su ahora y aquí inmediatos, por cuanto, en ese mismo momento, leo; y respecto a su ahora, y aquí precedentes, ya suce­didos en el pasado y la forma en que ocurrirán, acto seguido, en el futuro, por cuanto a lo que el narrador me explique y escla­rezca (“[. . .] por su significación terminal a partir de sus con­diciones de partida”). O sea, asisto como lector a un acto que termina —que ya ha terminado— pero que al mismo tiempo co­mienza de nuevo. (“Comprendo los gestos de un compañero que se dirige a la ventana partiendo de la situación material en que los dos nos encontramos.”) Comparezco, así, ante un acto cuyos momentos se integran dentro de una totalidad dada y concreta, donde están comprendidos su origen, su presencia actual y su desarrollo futuro, como un sucederse unitario en que principio y fin se renuevan, cada vez en cada uno de tales momentos. Si esta totalidad se dispersa, se disgrega, quiere decir que las relaciones internas que unifican el acto y lo hacen inteligible, se han disuelto en la incoherencia, en el azar, en las casualidades banales y sin fundamento, en el capricho, y entonces la dicción literaria se convierte en puro tartamudeo y disfasia.

Esto no quiere decir que la totalidad —las totalidades, no pue­dan manejarse libremente y como el narrador lo quiera y lo ne­cesite, siempre y cuando tal manejo sea legítimo y se realice con honestidad. Lo digo porque muchos escritores —jóvenes y vie­jos— pretenden que lo “moderno” y lo “revolucionario” de la literatura, residen en la disgregación de las totalidades con que se integra un relato y las alternan, aquí y allá, con tiempos abrup­tos y encontrados —a los que llaman flash-back, con esa petu­lancia rastacuera de quienes ignoran el empleo específico que en el cine se da a este recurso—, a título de no sujetarse a la suce­sión necesaria que exige una inteligibilidad por fuerza inevitable. De este modo, confunden la ruptura de una continuidad lineal —ruptura perfectamente lícita— con las vacías extravagancias de la forma, innecesarias, torpes, tontas, de lo que resulta un escalofriante “joycismo” tropical, bananero —ajeno por com­pleto a todo lo que en Joyce se aprende— y que no es sino la trampa en que se oculta la incompetencia y la falta de capacidad creadora.

            Pero vayamos a lo tuyo. Comienza tu novela con una “signifi­cación terminal”: la crujía desolada, el piso cubierto de vidrios rotos, las celdas vacías, con lo que se indica, de tal modo, un acto precedente —que nosotros, los presos políticos, sabemos—, o sea, el asalto en nuestra contra perpetrado por los hampones el día de Año Nuevo. Esta significación terminal con la que co­mienzas a describir el acto, te coloca ante un compromiso obliga­torio: precisamente debes significarla, porque de lo contrario tampoco la describes. Puedes abandonarla y dejarla en suspenso para ir a otras cosas —evocas un amor actual o te evades hacia el recuerdo de Guadalajara, muy bien—, pero a condición de que no olvides el compromiso que has pactado con la totalidad de un acto cuyo esclarecimiento le debes a todas aquellas per­sonas que no fueron víctimas del atentado el primero de enero, y que quieren enterarse de lo ocurrido a través de lo que les comuniques —y no por medio de los periódicos o de los rumo­res, pues para eso tienen tu novela entre las manos— y que, en el supuesto de que ya estén enteradas, de todos modos quieren saberlo por tu literatura y no por ninguna otra cosa que no sea tu literatura como tal, puesto que para satisfacerlos también podrías escribir un boletín de prensa. Ahora bien; como no integras la unidad del acto, aquellas palabras descriptivas quedan como una insignificancia, no están significadas, son un acto fallido, así hubiesen logrado obtener cierta belleza formal, que en todo caso carecería de sostén alguno y se mantendría en el aire como forma escindida, mutilada. Pero pasemos a la siguiente de las categorías que nos ofrece Sartre.

 

2. La conducta sintética y la unidad de la empresa

La comprensión, como la establece Sartre (“[…] no se trata en este caso ni de un don particular ni de una facultad especial de intuición [. . .]”), no se cifra únicamente en un “enterarse” de las cosas, sino, además, en que éstas estén comprendidas, se encuentren incluidas —insertas— como parte del acto, esto es, como las cosas que integran el conjunto de un movimiento dado, de una sucesión que tiene un principio y un fin dentro del es­pacio concreto. Esta comprensión, esta inclusión de las cosas, en conformidad con las necesidades del movimiento, las unifica en­tre sí y me unifica con ellas, bien como espectador o bien como actor-narrador del acto. Constituye, entonces, la conducta sinté­tica del todo activo, en lo que todo significa una actividad inescindible, que se asume de modo natural por los actores, y que yo, espectador, debo comprender en razón de que ahí estoy com­prendido, dentro de su propio campo práctico. (“Se trata de una conducta sintética que unifica ante mis ojos el campo práctico en que estamos uno y otro al unificarse ella misma.”)

Es, además, sintética, porque comprime las significaciones es­tablecidas de las cosas (mesa, ventana, etcétera, en Sartre) y les añade un contenido nuevo —las sustrae a su inercia, a su signi­ficación pasiva— en virtud de la singularidad del obstáculo que se opone a su movimiento (“[…] hay que separar esta mesa f. . .], la ventana es de guillotina, es corrediza”, etcétera). Los “montajes aprendidos”: la ventana se cierra o se abre, la mesa es pesada o ligera, estorba o no estorba, son “esquemas motores abstractos e insuficientemente determinados”. La acción, el mo­vimiento del sujeto o los sujetos, es lo que les da una singularidad que se determina en “la unidad de la empresa”, o sea, en la di­rección del propósito dentro de su espacio práctico.

            Tomemos un ejemplo de tu novela, en la escena de Tlatelolco. La muchacha que está a tu lado, derribada, mientras las balas pegan en derredor. De pronto pide: “bájame la falda”. No lo pide, por supuesto, movida por una reacción de pudor. El pudor está excluido de las circunstancias, del espacio concreto que tú y ella ocupan. No obstante, entre otras muchas de sus significa­ciones, la falda o los vestidos en general obedecen a la conven­ción significativa del pudor (“[. . .] el trabajo de los otros les ha conferido un sentido […]”), en tanto que “designación cris­talizada”. Cuando la muchacha, pues, pide: “bájame la falda”, inserta en el objeto un nuevo contenido, singular, específico, que “hace explícitas las indicaciones y las designaciones cristalizadas” en una situación nueva, en que la falda no tiene nada que ver con las costumbres ni con su función cotidiana. La muchacha pide que se le baje la falda para proteger sus muslos de los des­prendimientos calientes que ocasionan los disparos al pegar aquí y allá, cerca de ella, y que, al parecer, empiezan a quemarle las medias (¿de nylon?).

            Pues bien. Esta escena magnífica está malograda tan sólo por­que en ningún momento se nos ha explicado que los desprendi­mientos causados por los disparos en el punto del edificio donde chocan, llegan calientes —ardiendo— a las personas que se en­cuentran muy cerca. La escena quedó desdibujada en un “al parecer” esto o aquello. El efecto se pierde por la falta de un indicio congruente con la sorpresa que debiera habernos causado el encuentro súbito con este nuevo contenido de la falda. Yo mismo, lector, no capto la determinación emotivo-dramática de la escena, porque el autor no ha sabido sentirla como vivencia y me la ofrece trunca, no experimentada, es decir, como si no la hubiese vivido (aun en el caso de ser imaginaria) a causa de la impericia para narrarla.

 

3. Las estructuras instrumentales y el espacio hodológica

El escritor debe comprender que las cosas se le dan, en tanto que cosas para la literatura —para su proyecto—, como las “es­tructuras instrumentales” de que nos habla Sartre, que se expli­can en su comportamiento, y éste, dentro de un espacio concreto y con significación, o sea, el espacio hodológico.

            Para entender este espacio, partamos de la definición que se consigna en el libro de Sartre. Hodológico: “se aplica al espacio considerado como camino de una acción y corno sede de las pro­piedades que la determinan”. (Está por demás decir aquí la im­portancia que este concepto tiene para el cine y el teatro.)

            Un espacio hodológico diferente, da a las mismas “estructuras instrumentales” —cosas, personas y movimiento— una signifi­cación distinta en absoluto, sin que estas cosas dejen de ser idén­ticas a sí mismas.

Tomemos tres estructuras instrumentales, o sea, tres instru­mentos para integrar una estructura determinada: a] guillotina, b] verdugo, c] ajusticiado. Estos tres instrumentos funcionarán de tres maneras absolutamente distintas y con un contenido dife­rente en la estructuración de tres situaciones singulares; por ejem­plo: a] en un debate parlamentario sobre la abolición de la pena de muerte, b] en la revolución francesa durante el periodo del terror, y c] en la ejecución de Landrú, el célebre asesino.

            No necesitamos analizar el “comportamiento” de cada una de estas estructuras, en cada una de sus situaciones, para descubrir su singularidad. Lo que resulta incuestionable, es el hecho de que cada una se unifica y se mueve dentro de su propio espacio hodológico. Landrú no puede lanzar desde el patíbulo la misma imprecación que Danton o madame Rolland, antes de ser eje­cutados, pues con esta actitud, con este comportamiento, Landrú rompería la unidad de su propio espacio hodológico. En el me­jor de los casos, crearía un nuevo espacio para la farsa o para el absurdo, espacio que, estructurado conforme a esta empresa diferente, podría adquirir su propia congruencia y unidad, lo que ya constituye aquí otro problema.

            El espacio hodológico constituye, pues, la presencia y la com­binación de los diversos elementos expuestos más arriba: 1] acto dialéctico o dialéctica del acto; 2] conducta sintética y unidad de la empresa; y 3] estructuras instrumentales y espacio concreto en que la acción se despliega.

            No hay que tomar esto como reglas preceptivas —aparte de que no ha sido mi propósito. Son indicaciones para una reflexión, simplemente.

            Tu material tiene aciertos notables. Por ejemplo, las escenas de la ciudad apagada, algunas evocaciones luminosas, persona­jes que logran aparecer con perfiles precisos (De la Vega, en particular). ¿Por qué no sometes estas excelentes páginas a un análisis para darte cuenta en qué radica su experiencia literaria (la razón de su eficacia, de su precisión y de su belleza) para extender dicha experiencia, dicho método, a otras partes donde tu material se encuentra sin apoyo?

            Tu libro debe publicarse. Pero también debes hacerlo más con­gruente, más claro, con un acabado mejor.

            Tal vez habría que precisar las posiciones políticas de los interlocutores en algunos diálogos, en que tales posiciones aparecen indebidamente confusas.

            Por fin termino. Nos podríamos reunir en Enfermería para hacer comentarios. Tú fijas la fecha, después de que leas esta carta.

            Te abraza larga, cordialmente, como tu camarada,

Revueltas.

 

Revueltas, José. “Observaciones acerca de una novela del movimiento”, en Visión del  Paricutín. México: Era (Obras completas, 24), 1983, pp. 263-276.

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Sábado de box

El sábado comienza a la una y media de la tarde, a las dos cuando más: luego de que echamos nuestro garabato en el papelón amarillo o de que los más burros plantan allí su dedote entintando, ¡y venga la billetiza!

 

La billetiza viene, claro que sí, aunque la verdad es que siempre llega mermada: que si no son los vales es la cuota del sindicato: que si no es la friega del seguro o vaya usted a saber lo que inventan para bajarnos la raya. Sea como sea lo que uno termina agarrando son billetes de a de veras, con los que cada quien jala para donde más le bulle. Unos luego luego se van a las cheves; otros muy santitos a soltarles a la vieja lo del gasto; quién se vuelve a quedar pobre por aquello de las deudas y quién más agarra rumbo al hipódromo con el ánimo buey de multiplicar la raya y soñarle al ya soy rico: nunca falta un sonsacador que empuja y luego se pela al llegar la de malas, siempre pasa.

 

El caso es que por caminos diferentes la billetiza se vuela en lo que dura la tarde del sábado, y ya para la noche quedan unos cuantos pesos para el box. Allí nos encontramos todos de vuelta, a eso de las nueve y media, si es que no la seguimos con las cheves o nos agarró la tentación de las encueradas del burlesque y entramos al Lírico a echarles sus miradotas y a gritar leperadas por el mismo boleto.

 

Pero no, siempre gusta más el box. Es de ley. Más que de ley: de costumbre, Como que uno le ha cogido cariño a la Coliseo y no es cosa de faltar a las trompadas. ¿Quién pelea? Da lo mismo, le llegamos, Ahí te espero en la taquilla donde hoy está un chamaco despistado que se cruza metiche en la taquilla de que uno se caiga con los ocho pesos del boleto —ya cuesta ocho pesos las gradas, ¡qué bandidos!, así está todo caro–. El chamaco interrumpe pidiendo el obligado perdón:

Perdón —dice el chamaco– ¿no me compra un boleto? —ah caray, ya salió un revendedor, piensa uno que se la vive escamado, y resulta que no, que es puro despiste–. ¿Sabe? —dice el chamaco–. Es que yo creía que era lucha libre.

Pues no, es box —contesta uno–. ¿Y qué?, ¿no le gusta el box?

Yo creía que era lucha libre —repite el zonzo, que por zonzo se queda sin vender su boleto.

 

Es mejor comprárselo a don Pepe, el taquillero, por aquello de impulsar el deporte y las hilachas. Sobre todo hoy, que es de bien floja la pelea para el que está acostumbrado al Mantecas o al Púas o a los tiempos en que el Toluco se partía la progenitora con cualquiera; más fajador que nada el inolvidable Toluco; ¡cómo se le extraña!

 

Atorados a media escalera

 

Como siempre, apestan feo las escaleras. Las trepamos de dos en dos todavía arrepentidos de haber perdido la tarde en los caballos y de haberle metido el resto a las siete-cinco en lugar de a la cinco-seis que estaba vista, cualquiera la pudo agarrar, pero casi nadie la agarró —¡pagó mil y pico!– por culpa de la maldita corazonada de última hora y el desgraciado pronóstico oficial del programa que nomás lo ponen ahí para que uno se vaya con la finta de los récords y apueste a los mugres matalotes que nunca van a entrar.

Pero bueno, eso es historia. Ya estamos en el box. Ya estamos atorados a media escalera de las gradas porque resulta que hay un tipo alegue y alegue con los azules: no lo dejan pasar, quién sabe qué argüende se trae la tira con el pelado que grita y se enoja y grita. Anda medio cruzado, parece, ¿no? Ah, no, es que le quieren quitar su periódico. Se lo quitan.

Está prohibido pasar con periódicos —dice el tira, que por cierto tiene en una mano la baraja con la que cada sábado se echa allí, en las escaleras, su brisca con el otro azul. Todos los hemos visto.

¿Y por qué no se puede pasar con periódico? —dice el cuate gritó, que sí, ya de cerca se le nota: la trae cruzada.

Pues no se puede.

Dígame por qué…Yo le dejo mi periódico, pero nomás dígame por qué —insiste el mariguano.

Pues no se puede terquea nomás el de azul.

Dígame por qué.

Pues no se puede.

 

Seguimos atorados en la escalera por la tonta alegata, y de nada sirve que le explique al mariguano la razón que pide a gritos: está prohibido para que no enciendan fogatas en las gradas, le explican ya. Pero él, necio:

Dígame por qué está prohibido

–Por lo que dice el señor —dice el azul.

Quiero que me lo diga usted.

 

Ahí se quedan terqueando mientras los demás, a empujones, subimos por un ladito de los alegadores y agarramos lugar donde se pone suave, donde hay gritos y pique y quinielas para apostar, no le aunque que esté prohibido en le programa: la verdad debe ser un negocio de la misma Coliseo: ella contrata a sus propios corredores de apuesta, ya se supo.

 

Negro contra Blanco

 

Medio flojota está la entrada, la verdad. Y es que pinta mal la función.

En la estelar: Tomás Frías el «experimentado tepiteño» le dice, por no decir que está más viejo que mi tía que ya, uuuy, vio nacer a Juan Zurita– contra un tal Pedro Martínez que vino de León y que sólo allá deben dar razones de él, porque lo que es que aquí ni los de cada sábado lo mientan.

 

Sí, está floja la noche. Ni siquiera hay mucha animación, de no ser el grupito aquel de chavos que llegan luego luego alborotando, pero que no caen en gracia, lo que sea de cada quien. Andan bien trole los peleados: uno hasta maricón parece, con su camisita de flores, ay tú, de la que nomás saca y mete sus billetes doblados diciendo que le falta uno de a cien. Los demás le hacen burla, lo empujan y ahí va a dar el marica contra el vejete seriecito del bastón: ése, el que llegó acompañado de su sobrina y se pasa la noche explicándole, presumiéndole de lo mucho que sabe de box. La chavita nomás dice sí, dice sí, porque es primera vez que va-así parece- y porque de todos modos le tiene que decir que sí al pobre viejo al que ya se le está yendo una pata, la pata rota, al panteón de Dolores. Ahora sí que mejor hubiera irse a las leperadas del Lírico, o segarle con las cheves, o por una vez llegar temprano con la familia a cotorrear de la chamba.

 

¡Mocos! Qué trancazo le acaba de soltar el calzón blanco al pobrecito chamaco calzón negro que responde al nombre de Pancho Aguilar.

 

Pero ahorita qué va a responder. ¡Bolas! Ya le llegó al otro. Ya se están dando, Badillo —el de blanco– y el tal Aguilar que se engalla el pelado, que se crece al castigo y empieza a soltar leña, pero no —¡otro!–—, el blanco lo recibe contra las cuerdas y ¡reata!, ¡vamos!

 

¡Ora blanco, ora! ¡Síguelo! ¡Síguelo! ¡Dale!, buey, dale no te quedes parado. Y vaya que si le da. ¡Uta!: si lo alcanza con ésa, ahorita estaría en la lona moqueando el pobrecito negro que ya no ve la suya y tira para donde suena muerto.

 

Se encienden las luces amarillas del ring. Suena la campana. Se acabó el round. El último round que valió la pena de los cuatro que pelearon Mario Badillo y Francisco Aguilar. Ni hablar, fue clarita la victoria de Badillo.

 

¡Qué Guamazo!

 

Un día que agarremos una buena selección —a cinco-seis, ¡cómo no le metimos el resto a la cinco-seis!, te lo dije, compadre–: un día de buena suerte, cuando no la traigamos volteada, nos venimos al box, pero no a estas malditas gradas, sino a mero abajo, al rinsaid, donde están los que pueden pagar cincuenta pesos por cabeza por una mugre función como la que está resultando la de esta noche.

 

Ahí en la primera fila vamos a plantarnos con nuestra bolsa de pepitas para los nervios, con nuestra cheve tras cheve de a cinco pesos y un sangüichote de jamón endiablado. Echando gritos muy de cerca, para que de veras nos oigan los del ring, alegando con los que presumen de a mucho conocimiento, metiéndole duro a la apuesta que es como sabe esto del box. Negro contra blanco. Cien pesos de a ley. Que sepan que uno también la mueve y que no grita nada más por gritar, como ahora que en la de ocho rounds un tal Jorge Villarino la está viendo de luto frente al que se llama como el nunca bien llorado de la canción: Javier Solís.

 

Éste no le hará al canto, pero mira cómo le sabe al box, compadre.

¿Viste eso? Villarino ya no siente lo duro sino lo tupido. Se va para atrás… Se cubre como puede. Lo siente llegar ¡y cuerda!, qué guamazo.

Y otro. Y otro.

 

Lo que te enseñaron, negro- le grita un buey de gradas al pobre Villarino que la está perdiendo, y la pierde por fin, luego de una tranquiza de ésas que le prenden a uno la emoción. Ese sexto round, al menos, sí que estuvo de alarido, como luego dicen, para quitar cualquier aburrimiento y devolverle al canijo espectáculo todo lo que tiene de grande, qué caray.

 

Hasta la sobrina del vejete está gritando. Hasta la mujer aquella de rinsaid, que se la había pasado muerta de frío y dejándose sobar por el calvo botijón —muy entrado en lo suyo–, se levanta de la butaca, se olvida del calvo sobador y hay que ver, cómo le exige que lo tumbe, que le parta la boca, que lo haga talco, que lo mate, desgraciado, cobarde, jijo de tu pelona, ¡mátalo ya!, quiero verlo tieso; herido, fuera, se acabó.

 

Uno siente la sangre punzadora. Uno quisiera prestar sus puños al villano. Uno diera la vida por bajar a la pelea y meterse en los guantes del que pega y atinar ese guamazo definitivo que está haciendo falta para que el negro pierda fuerza en la pierna y se arrodille en el ring: zácatelas, para abajo, cuan largo es el pelado.

 

Uno quiere la sangre que es señal de triunfo, no le aunque el cabezazo traidor, el golpe bajo que le dieron al pobre Rubén García en la semifinal: chamaco duro, buen peleador, macizo, fuerte. Se trajo además la porra de su barrio. Ahí está el balcón animando a Rubén desde sus primeras fintas. Ahí están los cuates, los primos, las novias, el hermano que lo admira y presume de él en la cuadra y ahora le grita porras: Rubén, Rubén, ra, ra, rá. Ahí está la tía y la suegra gordinflona, feliz porque Rubén está ganando para responder al amor de los suyos.

 

Cae bien el chamaco. Gusta que gane. Y lo merece porque pega, y cambia el paso cuando es hora de cambiarlo. Saca de balance al pobrecito Maximino Rangel, su contrincante, que mucho estilo y lo que quieran, pero que hoy no ve la suya. Él no se trajo a la gente del barrio. No tiene suegra, ni hermano admirador, ni familia que le grite desde los asientos de balcón de la Coliseo. Él no tiene público para ganar y le faltan de los que hay que tener ahora que Rubén García se va para adelante y le gana clarito en el round tres, y el cuarto, y el cinco, hasta llegar al diez. Luego el brazo en alto, con los aplausos y la obligada rechifla de los que saben que ganó, pero silban para que no se olviden los jueces que nadie cree en ellos.

Ya está aquí la estelar.

 

Mañana es Domingo

 

Como a cada rato pasa, la pelea principal no es la principal pelea de la noche.

 

Hasta se sospecha un trinquete porque Pedro Martínez, el bravo boxeador leónes-como lo anuncian-resulta bravo de verdad y desde en saliendo le empieza a sonar macizo al Tomás Frías que ¡ya estás para el asilo!, le gritamos desde las gradas, aunque no nos oiga el pobre buey. Y no más se queda sin oír, también sin ver el óper que le abre la guardia y le llega a la altura del mentón. Sopas, con las piernas que sele hacen aguadas al Tomás Frías y el rodillazo en la lona que prende al público-cómo de que no-, feliz de que le estén ganando al favorito, al pupilo fósil de Lupe Sánchez, zorro inútil hoy, porque todos sus consejos en la esquina, toda la cháchara que suelta le llega como de noche al veterano, perdido entre las estrellitas que está viendo luego de la campana salvadora del quinto round.

 

No llega al décimo Frías, se comenta en las gradas. Y hay apuesta a que sí, a que no. Entonces es cuando viene la sospecha del trinquete.

 

Quién sabe cómo, en un de pronto, Frías le abre una herida a Martínez. Chiquita, porque no se ve desde aquí arriba, ni salta el lindo chisguetazo de sangre, ni es nada que asuste, no. Pero el réferi sí se asusta-¿ustedes creen?-.Detiene la pelea. Sube el médico del ring. Alega con los jueces. Quién sabe cuántas cosas dicen, cuando ya la rechifla se soltó adivinando lo que va a suceder y sucede, como siempre.

 

El que iba perdiendo-Frías-, el favorito, el de Lupe Sánchez, el mero bueno, como del PRI, gana por nocaut técnico al que le iba ganando-Martínez-, el bravo leónes, el ignorado, el provinciano, el chamaco que a modo de protesta, cuando oye la decisión, levanta los brazos al cielo, enseña los puños a Dios y hace un gesto como el que todos hacemos cuando nos va como nos va, aquí en la vida

 

Se acabó la pelea. Termina la función. Mugre función de sábado ingrato. Mejor hubiera sido ir a ver a las encueradas del burlesque, porque al menos ahí-y eso quién sabe-nadie hace trampa. En el box sí. En los caballos, ¡uy!: cómo no le metimos todo el resto a la cinco-seis, compadre, estaba vista. Bueno, ya ni modo. Otro sábado será. Mañana todavía es domingo.

Leñero, Vicente. “Sábado de box”, en Periodismo de emergencia. México: Debate, 2008.

Reflexiones sobre la crónica periodística

En el artículo “La crónica”, publicado Sala de Prensa[1], Jaime de la Hoz Simanca y Anuar Saad Saad sostienen que “Gabriel García Márquez (el ejemplo que más abunda al hablar del binomio periodismo-literatura),  [sic.] nos dejó como legado el libro Relato de un Náufrago, crónica espectacular que constituyó una serie periodística publicada en el diario El Espectador de Bogotá en los años cincuenta. A partir del recurso de la primera persona, García Márquez lleva de la mano al lector y lo hace recorrer los caminos inverosímiles que transitó el marino Luis Alejandro Velazco, luego del naufragio en mitad del mar”[2].

 

Con base en las lecturas de Máximo Simpson y Federico Campbell, y lo visto en clase, discutamos sobre este texto. ¿Relato de un náufrago es una crónica periodística? ¿Por qué? Argumenten muy bien la respuesta.

La discusión debe llevarse a cabo en su blog con la participación de todos los integrantes del equipo.

[1] Jaime de la Hoz Simanca y Anuar Saad Saad, “La crónica”, en Sala de Prensa, núm. 36, año III, vol. 2, octubre de 2001, disponible en http://www.saladeprensa.org/

[2] Ibídem.


Messi hace bueno al Barça

El conjunto de Guardiola se cuelga del argentino y del acierto de Eto’o para empatar ante un estupendo Betis

 

Javier Marías cuenta que ningún equipo percibe mejor la derrota que el Barça. Ya sea casualidad o no, el viernes le preguntaron a Guardiola por el último libro que ha leído y respondió que Saber perder, de David Trueba, el mismo que acaba de regalar a Messi para que amplíe su biblioteca reservada hasta ahora a una de las muchas biografías sobre Maradona. A Messi seguramente todavía no le ha dado tiempo a echarle un vistazo porque el Barça concedió dos goles en su ausencia y atrapó el empate cuando reapareció en la cancha, por más que el goleador fuera el pichichi, Eto’o. Aunque puede que fuera una coincidencia, los partidos son muy diferentes con Messi o sin él. Bien que lo sabe el Betis, que se ganó un buen empate.

El duelo fue estupendo y, consecuentemente, el resultado escocerá a los dos equipos. Al Barça le afectó, como de costumbre, el virus FIFA y cedió su tercera igualada después de una jornada de selecciones, de la misma manera que el Betis recuperó ante los azulgrana el duende que le ha permitido ganarse el corazón de muchos aficionados. Los barcelonistas perdieron demasiado tiempo en ejercer de sheriff del campeonato. Necesitaron de todos sus pistoleros para revertir la situación y aceptar finalmente la cesión de dos puntos tras nueve victorias consecutivas en campo ajeno. Les faltó el tercer gol de rigor.

Se arriesgó el Betis, quizá porque el fútbol había puesto precio a la cabeza del líder y sus rivales compiten como cazarrecompensas, mientras el Barça economizó esfuerzos desde la formación, sobre todo por cuanto respecta a Messi, convertido en el comodín de los partidos de entretiempo. Juegan con tanta suficiencia los azulgrana que se reservan a La Pulga para las situaciones extremas. A la ausencia de Messi se sumó la de Henry, circunstancia que aumentó la sensación de precariedad de los barcelonistas en las dos áreas porque a la debilidad ofensiva sumaron cierta ingenuidad en la zaga por la alineación de Piqué y Cáceres. Las concesiones parecieron excesivas incluso en el Barça, de modo que el Betis entendió que disponía de una oportunidad única para tumbar al equipo más seductor del mundo el día de los enamorados, la festividad de san Valentín.

Liberados defensivamente, incluso después de la lesión de Juanito, y animados en el ataque, los verdiblancos arramblaron tan fieramente a los azulgrana que en menos de media hora se pusieron con dos goles de ventaja, una diferencia jamás vista en un partido del Barça, muy vulnerable a la hora de combatir las jugadas de estrategia. Melli batió a Valdés a la salida de un córner mal defendido por Busquets y Mark González cruzó a la red una pelota que no achicó Piqué. La determinación de los muchachos de Chaparro descolocó al Barça, perdido en tierra de nadie, falto de jerarquía y de pegada, vencido en el juego aéreo. Las ocasiones eran para el Betis, los goles los marcaba el Betis, los balones divididos se los llevaba el Betis y si el Barça entró en el partido fue por un penalti cometido por el Betis.

Juande rebanó a Iniesta y el colegiado pitó la pena máxima ante el griterío de la hinchada, especialmente brava por la chispa de su equipo, enfurecida con el árbitro, eternamente ensordecedora. Aunque Eto’o marró el tiro, rechazado por Ricardo, el ariete recogió la pelota y anotó su gol 100 en la Liga, el 2-1 antes del descanso, resultado estupendo para el Barça tal y como había ido el partido.

No se acobardó el Betis mientras el Barça se crecía alrededor de Iniesta. El partido adquirió un tono excelente por el diálogo de ambos equipos. Las transiciones locales eran tan vertiginosas como la perseverancia forastera en su juego de ataque. A Olivera se le anuló un gol y Emaná remató al cuerpo de Valdés en un mano a mano estremecedor antes de que Messi y Henry sustituyeran a los insustanciales Hleb y Keita.

Recuperaba el Barça su mejor versión al tiempo que el Betis se encogía tras haber ofrecido un ejercicio pletórico por la continuidad en su juego. Los cambios, por lo demás, jugaron en contra de los verdiblancos, a los que el encuentro se les hizo cada vez más largo. Los azulgrana asediaron a

Ricardo y los disparos se sucedieron ante la impotencia de Ilic y el acierto del portero, tan puesto como Valdés, que sacó un remate de gol a Oliveira en la única ocasión en que el Betis cruzó la divisoria desde la reaparición de Messi.

Messi hizo bueno al Barça y malo al Betis. Alrededor del argentino, el Barça encontró los espacios suficientes para apuntar reiteradamente a Ricardo, convertido en héroe. Aunque el recital del portero fue extraordinario, sobre todo frente a Henry, el ataque azulgrana anunciaba el empate porque los verdiblancos habían reventado. A nadie le sorprendió el 2-2 anotado por Eto’o en una maniobra excelente y si no se contó el tercero fue por Ricardo. No merecía caer el Betis ni tampoco perder el Barça en una emotiva noche de fútbol.

 

 

Ramón Besa. “Messi hace bueno al Barça”, en El País, disponible en http://www.elpais.com/articulo/deportes/Messi/hace/bueno/Barca/elpepidep/20090215elpepidep_2/Tes 

Es mucha la fe, poca la gente y grande la caridad

Como cada año, ríos humanos se dirigen a la Basílica de Guadalupe; algunos fieles no alcanzan el objetivo al sufrir diversos percances, incluso, encontrar la muerte en el camino.

 

México.— De rodillas y de pie y con ampollas en carne viva. En bicicletas, pedaleando sin cesar, o apretados en carros viejos, cuyo viaje es un albur, como sucede cada año en estas romerías que conducen a la Basílica de Guadalupe, donde se apelmazan y ríen o se santiguan y lloran, aunque para muchos esto también es un paseo.

Hoy vienen pocos, menos que en otros años, graneadas las avenidas que llevan a una ermita, pero con el sacrificio a cuestas y la pobreza de una mayoría que se arrastra y la recibe gente solidaria que espera con viandas gratis, pues esa ha sido su promesa de meses o años. Es la masa que acumula la misma esperanza.

Es mucha la fe, poca la gente y grande la caridad. De Puebla, Tlaxcala, Estado de México, Oaxaca, Querétaro, Hidalgo y Michoacán. Es de donde más provienen. Habrá quienes ya no regresen a sus pueblos, pues se quedaron en el camino, ya sea porque se accidentaron o porque ya no pudieron avanzar.

Miles salieron el miércoles de sus comunidades, y tenían como meta llegar a los festejos del nacimiento, hace 477 años, de la imagen guadalupana, pero no todos pudieron llegar, como Bernardo Roldán Madrid, quien venía de Texmelucan Puebla, pues fue atropellado a las 6:00 por un microbús en la calzada Ignacio Zaragoza.

Bernardo cayó al suelo, luego de ser atropellado por la camioneta que conducía Víctor Hugo González Torres, quien intentó escapar, pero fue acorralado por los demás peregrinos. El mayor accidente, sin embargo, fue provocado por un trailer y dos automóviles en la autopista México–Puebla, a la altura del kilómetro 44+500, donde resultaron lesionados diez peregrinos.

            Los atropellados, dos de ellos de gravedad, fueron trasladados a un hospital del municipio de Chalco, Estado de México.

            La Ciudad de México continúa embotellada debido a la procesión de fieles. La calzada Zaragoza, por la que más ingresan, fue cerrada a la circulación vehicular en los carriles laterales en el sentido de oriente a poniente.

            En dichas zonas varios vehículos se estacionan para ofrecer alimentos a los peregrinos. Los comerciantes, sin embargo, abusan en los precios de sus productos, pues algunos venden el agua embotellada hasta 150 por ciento más de su costo normal, e incluso el precio de los pambazos es de 40 pesos.

            Pero los feligreses, mientras más avanzan, más solidaridad encuentran en el camino. Lo comprueban varios que se detienen en el cruce de calzada de Guadalupe y Joyas. La familia Martínez Cuevas, procedente de Cuautlalpan, municipio de Texcoco, regala salsa de chicharrón, arroz, frijoles y tortillas.

            “El año pasado también trajimos agua, pero hoy no se pudo”, dice Víctor Cuevas, acompañado de su suegra María Parra, su esposa Jeimi Liliana y sus niños Evelin e Isaín, que llegaron muy temprano.

            Los peregrinos se agolpan alrededor de la camioneta y reciben la porción de comida. Agradecen la ayuda y continúan rumbo al santuario.

 

—¿Por qué lo hace?

—Por gratitud, porque siento que “ella” –dice Víctor, refiriéndose a la Guadalupana— nos ha ayudado mucho, y “ella” nos da, hay que compartirlo.

—¿Es una manda?

—No. Lo que pasa es que hace tiempo yo viví en Tlaxcala, y cuando venía acá, al DF, vi a la gente que regalaba comida, y ya después se me vino a la mente hacer lo mismo comenta Víctor, comerciante de materia prima para hacer trofeos.

—¿Nada más por eso?

—Es por fe y gratitud, porque nosotros comemos de la gente.

 

Otro regala frutas.

—¿Es una manda?

—No, patrón, es por gusto; pero no tenemos tiempo de platicar, patrón – agrega el buen hombre, mientras llena bolsas de plátano y naranjas.

 

Los dueños de una Hummer amarilla, placas del Distrito Federal, reparten agua embotellada de sabores y cientos de emparedados. Decenas de peregrinos se agolpan a pedir. Una policía les pide que se contengan.

Están en la esquina de Fortaleza y calzada de Guadalupe. Hay malagradecidos que echan a la basura parte del regalo. Esto lo ha observado Mario, propietario de la fonda La Abuela, quien desde hace seis años ayuda en dicha labor a la familia de la Hummer.

 

Canseco, Flor y Humberto Ríos Navarrete. “Es mucha la fe, poca la gente y grande la caridad”, en Milenio Diario, disponible en http://www.milenio.com/node/130726

 

Un minuto para la eternidad

Fue el minuto más largo de la historia del Sevilla. El humo de las bengalas cubría de un manto de niebla el Louis II de Mónaco. No sonó el himno de la «Champions», sino una pieza más acorde con la ocasión. Los dos equipos en el centro del campo. Uno enfrente del otro. Todos entrelazados por los hombros con brazaletes negros en sus brazos. Los milanistas miraban al frente. Lo sevillistas, al suelo. Seguro que se escapó más de una lágrima. Imposible retenerlas. Era el primer partido sin el compañero, sin el amigo,

 

En la banda, el resto de la expedición sevillista vivía el minuto de silencio cogidos de la mano. Estaban todos. Desde el entrenador a los utilleros pasando por el resto de los jugadores. Hasta Monchi y Alfaro quisieron estar lo más cerca posible del vestuario y no en el palco. Todos con el «16» de Puerta en su espalda.

 

El silencio en el estadio era sobrecogedor. Tanto en el fondo italiano como en el español. Desde la grada de los seguidores sevillistas se escucharon dos gritos desgarrados. «¡Vuelve Antonio!» y «¡te queremos Antonio!». La afición milanista, igualmente emocionada, comenzó a corear el nombre de Puerta. También dos grandes pancartas colgaban de sus vallas. «Onore a Puerta» -en el descanso los «tifossi» de ese área recorrieron todo el campo para juntarse con la afición sevillista y ofrecerles su pancarta en otro gesto de hermanamiento y solidaridad muy emotivo- y «In silenzio apprezziamo il vostro impegno, forza ragazzi». En el otro fondo, por supuesto, las pancartas de recuerdo al futbolista eran muchas más. En el marcador, la imagen de Puerta besándose el anillo.

 

El pitido del árbitro nos devolvió a todos a la realidad. El nombre de Puerta atronaba en el estadio y fue la constante durante todo el partido, con momentos culminantes como cuando Renato marcó el primer gol y el equipo se hizo una montaña humana con sus brazos levantados hacia al cielo.

 

«Teníamos que estar aquí porque Antonio Puerta hubiera querido que estuviéramos. Nos hemos acostumbrado a los finales y el ambiente no se vive en ningún lado como donde se juega», sentenciaba un aficionado sevillista.

 

 

Fuente:

Enrique Ortego. “Un minuto para la eternidad”, en ABC.  Sección deportes, 1 de septiembre de 2007. Disponible en http://www.abc.es/hemeroteca/historico-01-09-2007/abc/Deportes/un-minuto-para-la-eternidad-emocionante-homenaje-a-antonio-puerta-en-los-prolegomenos-del-partido_164612328986.html

Réquiem por Iván

A veces uno necesita morirse.

Florestán[1]

 

La mañana era fría, como deben serlo todas las mañanas tristes, todas las mañanas de duelo; y en el Campo Marte todo estaba alineado: los soldados, las sillas, las banderas, las armas, los ataúdes, los retratos de los nueve muertos el martes pasado en el accidente del avión de la Secretaría de Gobernación. Todo estaba alineado menos las emociones.

 

La bandera monumental distribuía, al ondear en lo alto, luces y sombras. En el centro del campo las ocho cajas (los familiares del capitán Álvaro Sánchez y Jiménez prefirieron lo privado), pero al frente, las fotos de los nueve muertos a menos de mil metros de donde ayer el Estado mexicano los despedía.

 

Al frente de los ataúdes, el de Juan Camilo Mouriño, que sonreía desde una fotografía colocada al pie de la caja.

 

En las tribunas, trabajadores de la Secretaría de Gobernación, gobernadores, el jefe de Gobierno del Distrito Federal, dirigentes de los partidos, de las cámaras, de la Corte, del IFE, empresarios.

 

Una carpa era insuficiente para contener el dolor y devastación de los familiares de las víctimas. Madres y padres que habían perdido a sus hijos, hijos que habían perdido a sus padres, mujeres que habían perdido a sus hombres, hombres que habían perdido a sus mujeres. El Campo Marte los abrazaba.

 

A las nueve en punto ya había llegado el gabinete presidencial, arribó el presidente Calderón y su esposa Margarita, y fue directo al centro de la alineación de gobierno, justo frente al retrato y cadáver de su amigo.

 

Y allí habló el jefe de Estado en un tono que contenía su pesar. No dejó espacio para el sentimiento, duelo personal que no ha podido cubrir.

 

Lo único que se permitió al final fue un réquiem, el de los bienaventurados, y un apunte del legado de su amigo.

 

En medio de un doloroso silencio, un clarín rasgó el espacio. Le acompañó el redoble mortuorio de los tambores, suave, bajo, grave, acompasado.

 

El silencio pesado del Campo Marte sólo era roto por los sollozos, los latigazos de las cámaras y el flamear de la bandera.

 

El Presidente se acercó a los familiares al tiempo que efectivos de la PFP recogían y doblaban las banderas de los ataúdes. En fila, las llevaron, una a una, al presidente Calderón, que una a una las entregó a cada esposa, a cada padre, a cada hijo, a cada familia.

 

Fue el momento más intenso.

 

Y al terminar, la despedida. Comenzó el cortejo mortuorio, una tras otra, las ocho cajas. No hubo otro desfile que el de los ataúdes hacia la salida, en medio de un aplauso largo y triste.

 

Al final, cuando los muertos se habían ido y sólo quedaba el dolor, una niña recibió una foto que habían colocado frente a uno de los ataúdes. La pequeña María de los Ángeles besó el retrato desde el que le sonreía su papá, Juan Camilo.

[1] Joaquín López Dóriga-. “Réquiem por Iván”, en Milenio diario, viernes 7 de noviembre de 2008. Disponible en http://www.milenio.com/node/109675