Sábado de box

El sábado comienza a la una y media de la tarde, a las dos cuando más: luego de que echamos nuestro garabato en el papelón amarillo o de que los más burros plantan allí su dedote entintando, ¡y venga la billetiza!

 

La billetiza viene, claro que sí, aunque la verdad es que siempre llega mermada: que si no son los vales es la cuota del sindicato: que si no es la friega del seguro o vaya usted a saber lo que inventan para bajarnos la raya. Sea como sea lo que uno termina agarrando son billetes de a de veras, con los que cada quien jala para donde más le bulle. Unos luego luego se van a las cheves; otros muy santitos a soltarles a la vieja lo del gasto; quién se vuelve a quedar pobre por aquello de las deudas y quién más agarra rumbo al hipódromo con el ánimo buey de multiplicar la raya y soñarle al ya soy rico: nunca falta un sonsacador que empuja y luego se pela al llegar la de malas, siempre pasa.

 

El caso es que por caminos diferentes la billetiza se vuela en lo que dura la tarde del sábado, y ya para la noche quedan unos cuantos pesos para el box. Allí nos encontramos todos de vuelta, a eso de las nueve y media, si es que no la seguimos con las cheves o nos agarró la tentación de las encueradas del burlesque y entramos al Lírico a echarles sus miradotas y a gritar leperadas por el mismo boleto.

 

Pero no, siempre gusta más el box. Es de ley. Más que de ley: de costumbre, Como que uno le ha cogido cariño a la Coliseo y no es cosa de faltar a las trompadas. ¿Quién pelea? Da lo mismo, le llegamos, Ahí te espero en la taquilla donde hoy está un chamaco despistado que se cruza metiche en la taquilla de que uno se caiga con los ocho pesos del boleto —ya cuesta ocho pesos las gradas, ¡qué bandidos!, así está todo caro–. El chamaco interrumpe pidiendo el obligado perdón:

Perdón —dice el chamaco– ¿no me compra un boleto? —ah caray, ya salió un revendedor, piensa uno que se la vive escamado, y resulta que no, que es puro despiste–. ¿Sabe? —dice el chamaco–. Es que yo creía que era lucha libre.

Pues no, es box —contesta uno–. ¿Y qué?, ¿no le gusta el box?

Yo creía que era lucha libre —repite el zonzo, que por zonzo se queda sin vender su boleto.

 

Es mejor comprárselo a don Pepe, el taquillero, por aquello de impulsar el deporte y las hilachas. Sobre todo hoy, que es de bien floja la pelea para el que está acostumbrado al Mantecas o al Púas o a los tiempos en que el Toluco se partía la progenitora con cualquiera; más fajador que nada el inolvidable Toluco; ¡cómo se le extraña!

 

Atorados a media escalera

 

Como siempre, apestan feo las escaleras. Las trepamos de dos en dos todavía arrepentidos de haber perdido la tarde en los caballos y de haberle metido el resto a las siete-cinco en lugar de a la cinco-seis que estaba vista, cualquiera la pudo agarrar, pero casi nadie la agarró —¡pagó mil y pico!– por culpa de la maldita corazonada de última hora y el desgraciado pronóstico oficial del programa que nomás lo ponen ahí para que uno se vaya con la finta de los récords y apueste a los mugres matalotes que nunca van a entrar.

Pero bueno, eso es historia. Ya estamos en el box. Ya estamos atorados a media escalera de las gradas porque resulta que hay un tipo alegue y alegue con los azules: no lo dejan pasar, quién sabe qué argüende se trae la tira con el pelado que grita y se enoja y grita. Anda medio cruzado, parece, ¿no? Ah, no, es que le quieren quitar su periódico. Se lo quitan.

Está prohibido pasar con periódicos —dice el tira, que por cierto tiene en una mano la baraja con la que cada sábado se echa allí, en las escaleras, su brisca con el otro azul. Todos los hemos visto.

¿Y por qué no se puede pasar con periódico? —dice el cuate gritó, que sí, ya de cerca se le nota: la trae cruzada.

Pues no se puede.

Dígame por qué…Yo le dejo mi periódico, pero nomás dígame por qué —insiste el mariguano.

Pues no se puede terquea nomás el de azul.

Dígame por qué.

Pues no se puede.

 

Seguimos atorados en la escalera por la tonta alegata, y de nada sirve que le explique al mariguano la razón que pide a gritos: está prohibido para que no enciendan fogatas en las gradas, le explican ya. Pero él, necio:

Dígame por qué está prohibido

–Por lo que dice el señor —dice el azul.

Quiero que me lo diga usted.

 

Ahí se quedan terqueando mientras los demás, a empujones, subimos por un ladito de los alegadores y agarramos lugar donde se pone suave, donde hay gritos y pique y quinielas para apostar, no le aunque que esté prohibido en le programa: la verdad debe ser un negocio de la misma Coliseo: ella contrata a sus propios corredores de apuesta, ya se supo.

 

Negro contra Blanco

 

Medio flojota está la entrada, la verdad. Y es que pinta mal la función.

En la estelar: Tomás Frías el «experimentado tepiteño» le dice, por no decir que está más viejo que mi tía que ya, uuuy, vio nacer a Juan Zurita– contra un tal Pedro Martínez que vino de León y que sólo allá deben dar razones de él, porque lo que es que aquí ni los de cada sábado lo mientan.

 

Sí, está floja la noche. Ni siquiera hay mucha animación, de no ser el grupito aquel de chavos que llegan luego luego alborotando, pero que no caen en gracia, lo que sea de cada quien. Andan bien trole los peleados: uno hasta maricón parece, con su camisita de flores, ay tú, de la que nomás saca y mete sus billetes doblados diciendo que le falta uno de a cien. Los demás le hacen burla, lo empujan y ahí va a dar el marica contra el vejete seriecito del bastón: ése, el que llegó acompañado de su sobrina y se pasa la noche explicándole, presumiéndole de lo mucho que sabe de box. La chavita nomás dice sí, dice sí, porque es primera vez que va-así parece- y porque de todos modos le tiene que decir que sí al pobre viejo al que ya se le está yendo una pata, la pata rota, al panteón de Dolores. Ahora sí que mejor hubiera irse a las leperadas del Lírico, o segarle con las cheves, o por una vez llegar temprano con la familia a cotorrear de la chamba.

 

¡Mocos! Qué trancazo le acaba de soltar el calzón blanco al pobrecito chamaco calzón negro que responde al nombre de Pancho Aguilar.

 

Pero ahorita qué va a responder. ¡Bolas! Ya le llegó al otro. Ya se están dando, Badillo —el de blanco– y el tal Aguilar que se engalla el pelado, que se crece al castigo y empieza a soltar leña, pero no —¡otro!–—, el blanco lo recibe contra las cuerdas y ¡reata!, ¡vamos!

 

¡Ora blanco, ora! ¡Síguelo! ¡Síguelo! ¡Dale!, buey, dale no te quedes parado. Y vaya que si le da. ¡Uta!: si lo alcanza con ésa, ahorita estaría en la lona moqueando el pobrecito negro que ya no ve la suya y tira para donde suena muerto.

 

Se encienden las luces amarillas del ring. Suena la campana. Se acabó el round. El último round que valió la pena de los cuatro que pelearon Mario Badillo y Francisco Aguilar. Ni hablar, fue clarita la victoria de Badillo.

 

¡Qué Guamazo!

 

Un día que agarremos una buena selección —a cinco-seis, ¡cómo no le metimos el resto a la cinco-seis!, te lo dije, compadre–: un día de buena suerte, cuando no la traigamos volteada, nos venimos al box, pero no a estas malditas gradas, sino a mero abajo, al rinsaid, donde están los que pueden pagar cincuenta pesos por cabeza por una mugre función como la que está resultando la de esta noche.

 

Ahí en la primera fila vamos a plantarnos con nuestra bolsa de pepitas para los nervios, con nuestra cheve tras cheve de a cinco pesos y un sangüichote de jamón endiablado. Echando gritos muy de cerca, para que de veras nos oigan los del ring, alegando con los que presumen de a mucho conocimiento, metiéndole duro a la apuesta que es como sabe esto del box. Negro contra blanco. Cien pesos de a ley. Que sepan que uno también la mueve y que no grita nada más por gritar, como ahora que en la de ocho rounds un tal Jorge Villarino la está viendo de luto frente al que se llama como el nunca bien llorado de la canción: Javier Solís.

 

Éste no le hará al canto, pero mira cómo le sabe al box, compadre.

¿Viste eso? Villarino ya no siente lo duro sino lo tupido. Se va para atrás… Se cubre como puede. Lo siente llegar ¡y cuerda!, qué guamazo.

Y otro. Y otro.

 

Lo que te enseñaron, negro- le grita un buey de gradas al pobre Villarino que la está perdiendo, y la pierde por fin, luego de una tranquiza de ésas que le prenden a uno la emoción. Ese sexto round, al menos, sí que estuvo de alarido, como luego dicen, para quitar cualquier aburrimiento y devolverle al canijo espectáculo todo lo que tiene de grande, qué caray.

 

Hasta la sobrina del vejete está gritando. Hasta la mujer aquella de rinsaid, que se la había pasado muerta de frío y dejándose sobar por el calvo botijón —muy entrado en lo suyo–, se levanta de la butaca, se olvida del calvo sobador y hay que ver, cómo le exige que lo tumbe, que le parta la boca, que lo haga talco, que lo mate, desgraciado, cobarde, jijo de tu pelona, ¡mátalo ya!, quiero verlo tieso; herido, fuera, se acabó.

 

Uno siente la sangre punzadora. Uno quisiera prestar sus puños al villano. Uno diera la vida por bajar a la pelea y meterse en los guantes del que pega y atinar ese guamazo definitivo que está haciendo falta para que el negro pierda fuerza en la pierna y se arrodille en el ring: zácatelas, para abajo, cuan largo es el pelado.

 

Uno quiere la sangre que es señal de triunfo, no le aunque el cabezazo traidor, el golpe bajo que le dieron al pobre Rubén García en la semifinal: chamaco duro, buen peleador, macizo, fuerte. Se trajo además la porra de su barrio. Ahí está el balcón animando a Rubén desde sus primeras fintas. Ahí están los cuates, los primos, las novias, el hermano que lo admira y presume de él en la cuadra y ahora le grita porras: Rubén, Rubén, ra, ra, rá. Ahí está la tía y la suegra gordinflona, feliz porque Rubén está ganando para responder al amor de los suyos.

 

Cae bien el chamaco. Gusta que gane. Y lo merece porque pega, y cambia el paso cuando es hora de cambiarlo. Saca de balance al pobrecito Maximino Rangel, su contrincante, que mucho estilo y lo que quieran, pero que hoy no ve la suya. Él no se trajo a la gente del barrio. No tiene suegra, ni hermano admirador, ni familia que le grite desde los asientos de balcón de la Coliseo. Él no tiene público para ganar y le faltan de los que hay que tener ahora que Rubén García se va para adelante y le gana clarito en el round tres, y el cuarto, y el cinco, hasta llegar al diez. Luego el brazo en alto, con los aplausos y la obligada rechifla de los que saben que ganó, pero silban para que no se olviden los jueces que nadie cree en ellos.

Ya está aquí la estelar.

 

Mañana es Domingo

 

Como a cada rato pasa, la pelea principal no es la principal pelea de la noche.

 

Hasta se sospecha un trinquete porque Pedro Martínez, el bravo boxeador leónes-como lo anuncian-resulta bravo de verdad y desde en saliendo le empieza a sonar macizo al Tomás Frías que ¡ya estás para el asilo!, le gritamos desde las gradas, aunque no nos oiga el pobre buey. Y no más se queda sin oír, también sin ver el óper que le abre la guardia y le llega a la altura del mentón. Sopas, con las piernas que sele hacen aguadas al Tomás Frías y el rodillazo en la lona que prende al público-cómo de que no-, feliz de que le estén ganando al favorito, al pupilo fósil de Lupe Sánchez, zorro inútil hoy, porque todos sus consejos en la esquina, toda la cháchara que suelta le llega como de noche al veterano, perdido entre las estrellitas que está viendo luego de la campana salvadora del quinto round.

 

No llega al décimo Frías, se comenta en las gradas. Y hay apuesta a que sí, a que no. Entonces es cuando viene la sospecha del trinquete.

 

Quién sabe cómo, en un de pronto, Frías le abre una herida a Martínez. Chiquita, porque no se ve desde aquí arriba, ni salta el lindo chisguetazo de sangre, ni es nada que asuste, no. Pero el réferi sí se asusta-¿ustedes creen?-.Detiene la pelea. Sube el médico del ring. Alega con los jueces. Quién sabe cuántas cosas dicen, cuando ya la rechifla se soltó adivinando lo que va a suceder y sucede, como siempre.

 

El que iba perdiendo-Frías-, el favorito, el de Lupe Sánchez, el mero bueno, como del PRI, gana por nocaut técnico al que le iba ganando-Martínez-, el bravo leónes, el ignorado, el provinciano, el chamaco que a modo de protesta, cuando oye la decisión, levanta los brazos al cielo, enseña los puños a Dios y hace un gesto como el que todos hacemos cuando nos va como nos va, aquí en la vida

 

Se acabó la pelea. Termina la función. Mugre función de sábado ingrato. Mejor hubiera sido ir a ver a las encueradas del burlesque, porque al menos ahí-y eso quién sabe-nadie hace trampa. En el box sí. En los caballos, ¡uy!: cómo no le metimos todo el resto a la cinco-seis, compadre, estaba vista. Bueno, ya ni modo. Otro sábado será. Mañana todavía es domingo.

Leñero, Vicente. “Sábado de box”, en Periodismo de emergencia. México: Debate, 2008.

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