La paradoja cultural de YouTube

La democratización de las imágenes y los contenidos musicales que implica este sitio de internet, además de un logro tecnológico, significa una fragmentación cultural y un enredo legal por derechos de autor.

Hace 20 años, cuando el señor Emilio Azcárraga Milmo me nombró director de la Videoteca Musical de Televisa, me explicó la importancia de conservar los materiales históricos en perfecto estado y me hizo ver el futuro al decirme: “Muy pronto la tecnología abrirá las posibilidades de que existan cientos de canales de televisión. Casi cualquier persona podrá tener uno, pero lo importante será tener el contenido para llenarlos. Entonces las videotecas revelarán su verdadero valor. No te extrañe que, en el futuro, hasta los mismos televidentes aportarán contenidos producidos por ellos: filmaciones, grabaciones musicales, clips de películas y fragmentos de viejos programas”.

Esa visión anticipada del futuro es ya una realidad. Los satélites, el cable y la internet han multiplicado las opciones y el público tiene cientos de variantes para escoger lo que quiere ver. Los viejos contenidos, durante años conservados en las videotecas, vuelven a la pantalla para dar vida a canales dedicados a novelas, deportes, películas, musicales, comedia y demás.

Por otra parte, el desarrollo tecnológico ha puesto en manos del público las herramientas de producción televisiva y musical que antes, por su elevado costo, sólo estaban al alcance de profesionales y de empresas especializadas. Hoy casi cualquier persona puede realizar una producción de buena calidad con las cámaras, computadoras y programas de software que tiene en su casa, y hasta los teléfonos celulares son herramientas útiles para generar y compartir contenidos audiovisuales.

Como consecuencia de esos avances, los sites de internet dedicados a exhibir materiales generados por el usuario han irrumpido en la escena de la comunicación con explosiva contundencia, y son uno de los fenómenos más interesantes y espectaculares de hoy. Entre los ejemplos más sobresalientes está YouTube, sitio inaugurado en noviembre de 2005 y que hoy está convertido en uno de los canales más vistos en el mundo. Para comprobarlo basta saber que el público vio a través de YouTube más de seis mil millones de videos sólo en el mes de enero de este año. Eso puede explicarnos por qué la empresa Google compró YouTube en 2006 pagando por el sitio la cantidad de mil 650 millones de dólares.

YouTube es un prodigio extraordinario. Más de 65 mil nuevos videos se le incorporan cada día, agregándole cada minuto al sitio 13 horas de nuevos materiales. Recibe diariamente más de 100 millones de visitantes: es el segundo website más visto en internet, superado sólo por Google y dejando a Yahoo! en el tercer lugar.

La idea de tener contenidos aportados por el usuario no es totalmente nueva. Ya se había visto en programas como Funniest home videos, en grabaciones de conciertos musicales hechas por aficionados o en momentos grabados por testigos de algún acontecimiento noticioso, como la famosa filmación del asesinato del presidente estadunidense John F. Kennedy.

 

El impactante surgimiento de los sitios alimentados totalmente con base en contenidos generados por el usuario pone en claro que estamos ante una revolución cultural en la que la expresión del individuo tiene acceso directo al medio más visto del mundo. Esto está poniendo fin a viejos mecanismos que sólo daban el acceso a unos cuantos: compañías discográficas interesadas en lo puramente comercial, estaciones de radio tímidas y reprimidas o coberturas mediáticas tendenciosas. Los bajos costos de realización y la internet han vuelto a poner en manos de los artistas la producción y la distribución.

Pero una vez que los viejos sistemas que ponían obstáculos a la expresión y a la creatividad individual se están yendo al bote de la basura, la gente comienza a pedir nuevas reglas y principios para manejar los aspectos legales, morales, políticos y sociales que de allí surgen. El tratamiento de los derechos autorales ha llevado a varias compañías discográficas a quitar de YouTube muchos materiales subidos a la red por los usuarios. En varios casos se ha logrado establecer acuerdos con los titulares de los derechos, pero en otros todavía hay litigios multimillonarios en proceso.

La difusión de materiales ofensivos para idiosincrasias políticas locales y la proliferación de contenidos pornográficos han provocado que países como China, Alemania, Pakistán, Irán, Marruecos, Tailandia y otros impidan en sus territorios el acceso total o parcial a YouTube. Los sitios nutridos por contenidos generados por el usuario representan una promesa de anarquía: un asalto a las nociones establecidas del profesionalismo, un laberinto de cuestiones legales y un remix global de los procesos culturales tradicionales. El público se enfrenta ahora a una difícil tarea: la exploración y selección de contenidos nuevos. Para los músicos, internet se ha convertido en una incesante audición pública. Lo que antes era manejado por las compañías de discos y matizado después por las estaciones de radio y otros medios ahora está en línea, con toda su esperanzada profusión: es tanto lo que diariamente se incorpora a YouTube que uno podría pasarse el resto de la vida escuchando canciones nuevas sin nunca repetir una sola.

Por otro lado, el panorama abierto para la expresión personal está borrando las fronteras entre los géneros y corrientes musicales. Ahora cada artista es su propio género, individual y único. La multiplicidad de opciones promete cada día una mayor diversidad, más posibilidades de innovación y placeres inesperados, pero también una audiencia cada vez más atomizada: una cultura popular integrada por miles de miniculturas desconectadas entre sí, y la fragmentación es un problema para los artistas que quieren ser escuchados más allá de su círculo cercano de seguidores. Es aquí donde YouTube presenta una paradoja: millones de personas están viendo al mismo tiempo los contenidos del sitio, pero cada una está viendo algo distinto. Hoy es casi imposible lograr que un artista sea visto por un público tan monolítico y numeroso como el que se acumulaba ante las pantallas de la vieja televisión. De hecho, se está redefiniendo el concepto del estrellato: lo que antes era un gran ídolo ahora apenas llega al nivel de simple celebridad. Ahora cada voz individual puede lanzarse al mundo pero corre el riesgo de que, en el torbellino de opciones, nadie la escuche.

La industria del espectáculo empieza a sentir nostalgia por los días cuando fabricaba grandes estrellas y se apoyaba en ellas. Y un gran sector del público comienza a extrañar aquel sentido de unidad cultural que antes tenía y que posiblemente nunca vuelva a existir. En vez de ello, ambos tienen que enfrentarse a una irrevocable aportación de la internet: siempre hay otra opción… y otra, y otra, y otra. El señor Azcárraga ya lo había anticipado, pero tal vez no imaginó tanta complejidad.

Almeida, Jaime. “La paradoja cultural de You Tube”, en Milenio semanal. Marzo, 29 de 2009, núm. 597, disponible en http://semanal.milenio.com/node/286

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