En Barcelona, con chilaba

 

Desconfianza, cinismo, proposiciones sexuales, explotación, excusas y mentiras, falsas negativas, picaresca y mucha miseria humana… Es lo que ha encontrado una escritora y periodista durante su recorrido durante 13 días por Barcelona vestida con una modesta chilaba de joven turca que busca trabajo y alojamiento. Una estremecedora estampa y un crudo realismo de lo que encuentran cada día -en Barcelona como en cualquier lugar de España o de Europa- miles de inmigrantes que sólo buscan una vida mejor

 

 

Mi amigo Mohamed me acompaña a la tienda del señor Fauzia, en la calle Sant Pau de Barcelona, donde voy a comprarme una chilaba y un pañuelo para la cabeza, que me ayudarán a parecer inmigrante como ellos. Bueno, ya sé que inmigrante no es exactamente la palabra, sería mejor exiliado económico.

Durante dos semanas, me haré pasar por turca de religión musulmana. Elijo el país por razones prácticas; viví en Turquía (hablo un poco de turco), así que si entro en contacto con extranjeros marroquíes o paquistaníes podré disimular mi condición de periodista.

Ya se acordarán ustedes que hace más de un mes, en Barcelona, 80 inmigrantes se encerraron en distintas iglesias, para reclamar ‘papeles para todos’. Al principio hicieron huelga de hambre. Ahora, son unos 700, y un grupo de mujeres se les unió el día 12, en otra iglesia. Muchos no tienen otro lugar donde dormir.

A lo mejor, si se hubiesen encerrado, qué sé yo, en Notre Dame de París, el mundo estaría mirando allí. Estoy segura de que los intelectuales solidarios de toda la vida habrían montado ya un concierto de apoyo. En Barcelona nadie les hace mucho caso, aunque es cierto que Paco Ibáñez y Marina Rossell cantaron para ellos (y les vimos mucho en la tele y en las fotos).

El señor Fauzia me enseña chilabas. Me gusta una, muy bonita, de color rojo, pero él y Mohamed casi se escandalizan: ‘¡Esa, no!’. Al final me quedo la que ellos escogen, que es negra con un discreto dibujo dorado. El pañuelo que yo quería, para la cabeza, tampoco les parece apropiado, creen que es mejor que me quede el gris, ‘que es más serio’. Obedezco. Mohamed me enseña a ponérmelo. Es fácil. Me miro en el espejo de la tienda y tengo la sensación de haber desaparecido, no me reconozco. Aunque Mohamed cree que las mujeres con chilaba están más guapas, pienso que me he echado años encima.

Salgo a la calle. Cojo el autobús con una mezcla de adrenalina y miedo. Tengo calor, pero no puedo quitarme el jersey de debajo de la chilaba. Está claro que los pasajeros no ven nada raro en mí. Lo noto enseguida porque una señora muy castiza murmura: ‘No, si al final los extranjeros seremos nosotros’. A su lado, en cambio, modernos y modernas, educadores de calle, barbudos, progres y chicas vestidas de lila o rosa adoran cederme el asiento, aunque ya tenga uno, y me sonríen con amor a la diversidad.

Es la primera prueba y la supero sin problemas, pero todavía no he abierto la boca. Hablar será más difícil. He ensayado. Cambio de orden las frases y convierto algunas íes en es.

Voy al bar de al lado de mi casa donde cada día tomo un café después de comer. Bajo la cabeza y pido agua: ‘¿Ponirme agua?’. Antonio, el camarero, me la pone sin reconocerme.

Encuentro una pensión en el barrio del Raval. Vale 1.200 pesetas la noche, pero si estás allí unos cuantos días, te arreglan el precio. Yo estaré dos semanas. No piden papeles. En general, allí, todo el mundo va a lo suyo, la mayoría son hombres solos. Mi habitación es pequeña. Hay dos plegatines individuales y una mesita de noche. El lavabo está al final del pasillo y muy de mañana se forma una cola para la ducha, pero las mujeres pasamos primero.

Es de noche y en el -llamémosle- salón veo la tele con los demás -llamémosles- huéspedes. Tomamos té. En el programa que estamos viendo, un invitado le dice al otro para llamarle tonto: ‘¡Tienes menos luces que una patera!’.

Sentada en una silla, a mi lado, está Malika, que vino en patera. Me confirma que su patera no tenía luces, por lo que, dice, riendo, es un chiste divertido.

 

DÍA 1

‘Chica extranjera se ofrece para trabajar como interina. Económico. Malika’. Éste es mi anuncio. Sale publicado al día siguiente, que es lunes, en la sección Servicio Doméstico de la revista Anuntis. Poner un anuncio en esta revista es gratis. Lo pongo por teléfono, desde una cabina, y el nombre de Malika es el primero que se me ocurre. Esta vez ya he procurado no llevar tanta ropa debajo de la chilaba. El primero que responde es un tal Carlos. Pregunta de dónde soy y cuántos años tengo. Había pensado quitarme seis, decir 28, pero se me olvida, con los nervios. Tengo miedo de que me descubra.

Al saber que soy turca, me dice, compungido, que habría preferido a una rusa. Después, quiere saber si ya he trabajado en el servicio doméstico, y creo que es mejor decir que sí. Me pregunta si quiero ser interina o fija. ‘No intiendo diferencia’, chapurreo. Procuro hacer pausas largas, como si me costase encontrar las palabras.

Entonces me explica lo que quiere. Pero tarda mucho en explicarlo, da vueltas y vueltas, para que yo lo adivine. ‘A mí me gustaría que estuvieras en mi casa, que me limpiaras y tuviésemos una amistad como marido y mujer. Yo te ayudaría con cien mil al mes. Te vestiría, te alimentaría…’.

Me asusto tanto que no digo nada. ‘¿Me entiendes, Malika?’, va repitiendo suavemente. Le pregunto si se refiere a que tengo que acostarme con él. Dice que sí. Y empieza a preguntarme si soy bonita. Si tengo hijos y marido. Creo que sólo lo quiere saber para hacerse una idea de si domino las cuestiones de cama, no es que le importe. Como no le contesto, insiste con educada impaciencia: ‘Pero ¿eres delgada o gruesa?’. ‘No sé’, digo, y yo misma me noto la voz acongojada, pero no se apiada. ‘Has hecho el amor alguna vez, ¿no?’, quiere saber Carlos. Le pregunto si no puedo ser sólo su mujer de la limpieza. Le digo que he huido de mi país buscando una vida mejor. ‘Y la tendrás. Aquí no te pegará nadie’, me explica, como si se diese por supuesto que allí sí lo hacían. Y sigue: ‘¿Pero eres bonita? ¿Te lo dicen? ¿Te dicen que eres bonita?’. ‘Nesesito trabajo honrado’, insisto, y él replica antes de citarme otra vez para más tarde: ‘Una pregunta indiscreta: ¿tienes mucho pecho?’.

No me he anunciado en la sección de contactos, pero me propone una alternativa. La alternativa es que (si tantas ganas tengo de limpiar) me busque una casa pero me acueste con él dos o tres veces por semana. Me ‘ayudará’. Me dará, dice ‘no sé, seis, siete, ocho… ¿Tienes buenas piernas? ¿Qué talla de sujetador usas?’. Me cuenta que trabaja en la caja de un bar, que es buena gente. Le digo que llame a una prostituta y replica sorprendido que lo que él me propone no es prostitución, ni mucho menos, es hacer de marido y mujer. Me da la dirección de la calle donde vive para que vaya a verle. Podría terminar el reportaje aquí y ya habría visto bastante.

 

DÍA 2

Busco piso. Dedico horas, días a ello. Desde un locutorio, llamo a unas veinticinco inmobiliarias y concierto citas para la tarde y el día siguiente. No digo que soy musulmana. Por teléfono, comerciales animosos me explican características: ‘Mucho sol, techos alt. Puertas ember. Listo vivir’.

Me recuerdan que tendré que traer una nómina que no sea demasiado reciente y, si no gano mucho, un aval personal. Tengo el aval personal, ya lo había previsto. Esa tarde veo unos cuantos pisos y ellos me ven a mí con la chilaba. Se ponen nerviosos. Unos se excusan diciendo que casualmente el piso que estamos viendo se acaba de alquilar. Otros me hacen ir hasta la oficina, redactan el contrato y al final me piden algo que no me habían pedido por teléfono. Papeleo. En el tiempo de ir a buscarlo y volver, el piso ya está alquilado.

 

DÍA 3

Así que hoy no me pongo la chilaba. Me pongo una peluca morena y ropa discreta. La cosa cambia. Veo un piso y digo que me interesa. Quedamos para firmar esa misma tarde.

Pero por la tarde me ven con la chilaba, se quedan catatónicos y el piso ya está alquilado. Si al cabo de un rato llama algún amigo mío preguntando por ese piso (el mío), le responden encantados que puede verlo cuando desee, que está libre. Si llamo yo, me contestan con educada impaciencia: ‘Oye ¿no te hemos dicho que ya está alquilado?’. Y así una vez y otra y otra. Una de las comerciales con la que he quedado tenía que enseñarme tres pisos en un mismo bloque. Me dice, al verme, que los tres se acaban de alquilar hace una hora. Me parece tan curioso que ya no dudo de que en Barcelona está actuando un peligroso inquilino en serie.

 

DÍA 4

En una inmobiliaria, sin embargo, están dispuestos a hacerme el favor de alquilarme algo. Algo que no es ni céntrico, ni grande, ni luminoso, pero que en definitiva me juran que es un piso.

Le pido a Mohamed que me acompañe. Estos días, para echarme una mano, ha descuidado un poco su trabajo. Es secretario de la Asociación Ibn Batuta, en la calle Sant Pau, donde se dan clases de español y catalán para extranjeros, y te ayudan a conseguir trabajo o papeles. Los profesores son voluntarios y los alumnos, por supuesto, también.

Cuando Mohamed y yo, que simulamos ser marido y mujer, vemos el edificio, el alma se nos cae a los pies. Parece construido por los herederos chapuzas del alcalde Porcioles.

Las únicas ventanas del bloque dan a un patio lleno de escombros, mugre y jeringuillas. Distinguimos una guitarra eléctrica, en el suelo ¿qué hará allí?, y una colonia de ratas.

‘Y ¿qué queréis?’, se disculpa la mujer de la inmobiliaria, ‘¿el hotel Ritz?’. Por el hueco de la escalera hay muebles tirados. Alquilar aquello cuesta 50.000 pesetas más un traspaso.

Subimos arriba. La mujer abre la puerta, con su llave, y siete personas, de pie, en la entrada nos miran atemorizadas.

‘Se irán el día 1’, nos promete la mujer, ‘se les ha acabado el contrato’. Mientras ella inspecciona el piso, hablo con ellos. Son ilegales y no pueden salir en la foto. Nigerianos. Nos entendemos en inglés. Me explican que les han estafado. La antigua inquilina y titular del piso, también nigeriana, llevaba seis meses sin pagar el alquiler, se fue y les hizo creer a ellos que a cambio de un traspaso de 200.000 pesetas podrían vivir allí. Se las dieron. Creyeron que todo era legal y ahora se encuentran con que tienen que irse porque la inquilina les engañó. Digamos que es la picaresca que siempre se da en las situaciones de miseria. Anita, una de las chicas, llora.

 

DÍA 5

En un comedor social conozco a Fátima, de Marruecos. No lleva pañuelo en la cabeza ni chilaba. Me explica que sin chilaba no la miran, pero que, sin embargo, vestir ‘a la europea’ es más caro y más incómodo. Fatima lleva siete años en España y empezó trabajando de interina. Ahora limpia por su cuenta. Se gana más. Pero se ha hecho daño en un pie y no puede trabajar.

Vivía con su hermana y su cuñado, en Barcelona, y cuando llegaba el sábado la encerraban en el lavadero para que no pudiera salir. Se escapó. Mientras comemos, me dice que jamás ha notado racismo, pero luego me explica que trabajó en la pastelería de dos hermanos solteros. Los hermanos también habían venido de otra tierra, eran, pues, emigrantes como ella, pero ya no se acordaban.

Fátima limpiaba el obrador. En el tiempo de las castañas y los panellets (pasteles típicos de Todos los Santos) había una saca de piñones en el mostrador y los dos hermanos la pesaban al llegar y al irse, para asegurarse de que nadie robara ni un solo piñón. Un día faltaban unos gramos y adivinen a quién despidieron. Después se descubrió que el aprendiz de pastelero comía mientras trabajaba, ya ves tú los piñones que puede comer un pastelero mientras trabaja. Pero Fátima no fue readmitida.

Me pregunta si me hace falta algo, y me da la dirección de un Centro de Servicios Sociales de barrio, donde tienen un sistema de vales para personas sin recursos, como ella o (cree que) yo. Te dan, por ejemplo, un vale de 2.000 pesetas (después de evaluar tu situación) y puedes ir al súper a cambiarlo por productos de primera necesidad. Es un buen sistema porque en los comedores sociales sólo tienen productos secos como arroz, o legumbres, o excedentes de la Unión Europea (a veces latas de cola), pero no fruta y verdura.

 

DÍA 6

Así que acompaño a Fátima al súper. Cogemos nuestra cesta verde. El súper pertenece a una cadena, yo he ido allí muchas veces cuando todavía no era Malika. No todos los supermercados aceptan trabajar con el sistema de vales. Les cuesta tiempo y dinero. Por los altavoces suena la música corporativa y la voz alegre y animosa de las ofertas. ‘¡Troncos de merluza congelados sólo a 600 pesetas kilo!’.

Hannan compra y va hacia la caja a entregar el vale. ‘Oye, ¡listas!’, aúlla la cajera con un tono agrio y desagradable que hace girarse a todas las compradoras, ‘si venís con vales de beneficencia, os esperáis, que aquí hay cola’.

Finalmente, cuando no hay ni una sola clienta, ni una sola, en el supermercado, puede ir a entregar el vale. La cajera vuelve a gritar: ‘¡A ver, guapa! Si llevas vales tienes que coger cosas de oferta! No puedes coger primeras marcas, ¿o no lo sabes? ¿Esta leche es de oferta? ¿Ves tú que esté de oferta? Cámbiala por una marca blanca, cojooo-nes’. En los servicios sociales me han explicado, después, que los vales no son para que te compres caprichos como laca o gomina, pero sí algo necesario como gel de baño. Y tienes que procurar comprar cosas de oferta. Pero a veces, cuando eres extranjero y todavía no dominas el idioma, no es tan fácil saber lo que está de oferta y lo que no. Además, no es asunto de la cajera.

Le cuento a la directora del centro lo que ha pasado. Se preocupa mucho, parece una enamorada de su trabajo, eficiente y nada paternalista. Me pide que acompañe al señor Amhed (que no domina el idioma todavía) a otro súper, con su vale.

Compra galletas bajas en calorías y, a juzgar por lo flaco que está, puedo jurar que es un error derivado del desconocimiento. Nos tratan con normalidad. Se forma una cola muy larga por culpa nuestra. Ahmed mira al horizonte. Los de la cola se esperan con educada impaciencia.

 

DÍA 7

Me llama un anciano de 72 años, por lo del anuncio. Se llama Jaume y por el prefijo sé que es de Tarragona o provincia. Éste me pregunta si soy filipina. He recibido hasta ahora 11 llamadas, contando la de Jaume, todas de hombres y todas pidiendo una criada que se quiera acostar con ellos.

Tardo un montón de rato en hacerle entender que soy turca. ‘¡Ah! Así que eres europea también’, se sorprende: ‘Hubiese preferido una filipina, son más dóciles’.

Luego me cuenta que vive en una casa enorme con una fachada de piedra que los turistas siempre fotografían. Le pregunto el nombre del pueblo, pero no me lo dice. Lo que me dice es que iremos a la Costa Brava de excursión, los dos. Con éste no hace falta fingir ni el mínimo acento. Me pagará 60.000 pesetas al mes, dormiré allí, tendré un día libre a la semana. ‘Son las tarifas’, me hace creer. ‘Un viejo solo que no esté enfermo son 60.000. Si fuesen dos viejos, serían setenta, si fuesen tres, ochenta…’.

De lo que deduzco que para poder vivir tendría que cuidar a siete u ocho ancianos (sanos). ‘No busques más, son las tarifas habituales’, insiste. Y luego, me promete que si soy honrada me dará un premio. ‘Yo tuve a una dominicana (ésas son unas vagas) y un día que fui al restaurante a comer me robó el carné de identidad, para hacerse papeles para ella y para toda su familia’, desvaría. ‘Si me robas tendré que denunciarte como a ella. Yo he sido inspector de la Renfe, te lo advierto’.

Jaume me anuncia que al día siguiente cogerá el Catalunya Exprés y a las diez estará en la estación del paseo de Gracia. Nos encontraremos en la parada de los taxis. Como detalle hacia mí, me dice que vendrá con un gorro ‘árabe’ en la cabeza que le regaló un amigo musulmán. ‘Así me conocerás y yo te abrazaré y te daré un beso’, me promete, cosa que ya me asusta un poco.

 

DÍA 8

Cuando nos encontramos, no sé muy bien cómo, el hombre empieza a hablarme de sexo. Me cuenta que él ‘ya no puede hacer el amor’, pero que sin embargo le gustan los vídeos pornográficos y la educación sexual. Al rato ya me está contando cómo se pone un preservativo.

Que la persona para la que trabajarás te empiece a hablar así, cuando te acaba de conocer, de verdad que da mucho miedo. Una mujer sin papeles podría desaparecer en esa casa de piedra, y ¿quién la buscaría? ¿Quién me ayudaría si este hombre me hiciera daño?

En un momento dado, Jaume me empieza a sobar de arriba a abajo, con unas manos muy fuertes, como agarrotadas, y cuando quiero quitármelo de encima, cuando le digo que me deje, me amenaza con denunciarme y grita que le he robado. Todo el mundo me mira. Salgo corriendo.

 

DÍA 9

Me llama un tal Marcos y me dice que busca a alguien para que le limpie la tienda de comestibles, así que quedamos en una gasolinera cercana a su casa. ‘No te engañaré, habría preferido una cubanita’, me confiesa cuando me ve, pero aun así está dispuesto a contratarme. Me doy cuenta de que todos se han hecho una composición injusta y estereotipada de las mujeres según su procedencia: cubana igual a cachonda, filipina igual a sumisa, rusa igual a tía buena…

‘Me gustaría que limpiaras mi tienda de comestibles, por las tardes, por 10.000 al día. ¿Te parece bien?’. Me parece increíble. ‘Pero lo que busco es que seas liberal’. Si no fuese tan triste todo esto, me echaría a reír. Limpiar siendo liberal.

Le digo, tímidamente, que preferiría no ser liberal. Se sorprende: lo que me propone no se puede llamar prostitución, me aclara con educada impaciencia: ‘No, no, no es acostarse en plan industrial, mujer, yo soy particular’. Le digo que no, y ya no es educado: ‘Hay más putas que clientes, ¿sabes? Y las putas son personas estupendas, muy honradas, que te enteres; los que no son honrados son los que roban y los que mienten como vosotros, que me parece que vienes tú del limbo. ¡Putos moros!’.

 

DÍA 10

Mohamed me presenta a su hermana, Naïma Bhakat. Me acogen en su casa. Cuando llegamos, Naïma está terminando de comer mientras ve un programa de cotilleos. Después charlamos, pero la tele se queda encendida. En el telediario no paran de hablar de ‘avalanchas’ de inmigrantes que cruzan el Estrecho. Naïma trabaja en el servicio doméstico, pero por su cuenta. Empezó de interina. Conoció a su marido (también marroquí) en Barcelona y se casaron en el pueblo de ella. ‘Dos años de trabajo sirvieron para pagar la boda’. Tienen una niña pequeña y Mohamed, que es soltero, vive también en la casa.

Naïma prepara un té y, cuando lo estamos tomando, hace algo que millones de casados del mundo, no importa la religión o el lugar donde vivan, están haciendo en estos instantes. Nos enseña el vídeo de su boda. Su hermano, sin embargo (y esto también es igual en todas partes) es el que no suelta el mando. Hablamos de esto y aquello. Mohamed me cuenta que sólo se casará con una mujer que adopte su religión. Y añade: ‘Me dan pena estas chicas que vienen aquí en busca de una merecida libertad y confunden libertad con libertinaje. Descubren la noche, beben…’

Durante estos días, obligados por el reportaje a hacer de marido y mujer, discutimos todo el rato el uno con la otra. Él y yo tenemos ideas propias y muy distintas sobre la vida. Después de pelear como urogallos, sin embargo, nos reímos bastante.

 

DÍA 11

En las tiendas de ropa elegante, esas tiendas que tienen pestillo, no me abren. Me ven y me dicen que no con la mano, desde dentro, como si yo pidiera limosna. En los grandes almacenes miro las joyas. Directamente, no me atienden, aunque espero 15 minutos. Las empleadas hacen como que tienen trabajo, se van y no vuelven.

Voy a la sección de perfumería. Espero con el monedero en la mano. Una chica se cuela. No es mala intención. Es que no cree que yo quiera comprar nada.

‘Le toca a esta señora’, dice, tímidamente, la empleada jabonera. Con la chilaba y el pañuelo soy una señora. Me sonríe con educada impaciencia. Señalo un jabón para pieles mixtas. ‘¿Jabón para pieles mixtas?’, repite, afirmando, con cantinela perfumera. Me lo enseña. Está nerviosa. Le doy mi tarjeta de crédito. Hay un revuelo imperceptible en el mostrador.

Enrojece. No quiere ser desagradable. No quiere que pase nada. No es racista. Le doy el pasaporte antes de que me lo pida. Parece aliviada. ‘Tendremos que mirar la última página…’, canta también, refiriéndose al pasaporte. Comprueba que mi pasaporte y mi tarjeta de crédito coincidan. ‘¿Pero esto dónde es?’, me pregunta. Esto es mi pueblo, en la provincia de Barcelona (parece que también le suena muy raro). Se las lleva. Vuelve. Se las vuelve a llevar y llama al encargado. Pasa tanto tiempo que seguramente el jabón ya ha caducado. El encargado me pregunta si el pasaporte es mío. Finalmente hay consenso: ¡me cobrarán! Nunca un comprobante ha sido tan sospechoso, al salir. ‘Tendrá que firmar, ¿eh?’, me advierte ella. Bueno, pues firmo. ‘Sobre todo, por su bien, no pierda esto’. Esto es el tique de caja. Lo llevo en la mano, muy visible, pero en la puerta, el vigilante de seguridad cree oportuno registrar mi bolso, registrar el jabón y comprobar mi carné.

Por la noche, con Mohamed vamos al Maremágnum, la zona de ocio nocturno de Barcelona, en el puerto. Lo hacemos por rutina. En Barcelona y en todas las ciudades, igual que se hacen guías de lugares para tomar copas, se podría hacer la Guía alternativa de lugares donde gitanos, moros, sudacas, kosovares, etcétera, no pueden entrar.

Es difícil hacer fotos porque los vigilantes de seguridad están muy alertados. Día sí y día también hay incidentes. El último bochorno fue que le prohibieron la entrada a un famoso escritor marroquí que estaba unos días de promoción en la ciudad. ‘A éstos hay que dejarles pasar, que si no te montan el pollo’, oigo que le dice un portero a otro. Sin embargo, no todos lo ven igual y en un local donde pretendemos entrar hay ‘una fiesta privada’. Como Mohamed discute con él, conseguimos que avise a todos los vigilantes del recinto, que son muchos y empiezan a seguirnos. Al cabo de un rato, un amigo catalán que nos acompaña entra sin ningún problema. Seguramente la fiesta privada ya se ha acabado. Nada que no sepamos.

 

DÍA 12

Sin esperanza, llamo a una administración de fincas, pequeña, donde conozco a Miquel Ángel. A estas alturas soy muy desconfiada con los hombres, pero éste todo el rato habla de su mujer (Montse, que es peluquera) como si estuviera muy enamorado. Es un alivio. Le explico mi vía crucis inmobiliario y baja los ojos, avergonzado.

‘La mayoría de administradores no les alquila a los musulmanes’, me confiesa al cabo de un rato. ‘No tiene nada que ver con que ganes poco o mucho dinero. Son los dueños que no quieren. En cambio, los chinos les hacen gracia. Los americanos, ningún problema. Argentinos, no; chilenos, sí; magrebíes y kosovares, jamás. Los dueños no quieren’. Le escucho.

‘Nunca te dirán que no, claramente’, me cuenta Miguel Ángel. Su apellido es Romero y el lugar donde trabaja Fincas San Andrés. No tengo un especial interés en poner nombres, pero lo que me cuenta es tan increíble que temo que ustedes crean que me lo invento.

‘Tú ya lo has visto. El que te enseña el piso pierde la visita. Te lo enseña, redacta el contrato, pero en el último momento te pone una pega para intentar desanimarte. Te habrán pedido algo imposible de conseguir (seas de Tánger o de Manresa) como un aval bancario, ¿no?’.

Me cuenta que son los propietarios del piso los que le dicen al administrador: ‘Por favor, no me pongas en este compromiso’. Félix, el hermano de Miguel Ángel, se nos acerca. Dice que a pesar de que la culpa es de los dueños de los pisos, los administradores son cómplices de la situación.

Cuenta Félix que los emigrantes ‘somos’ los más cumplidores, porque sabemos lo que cuesta conseguir un techo y, sobre todo, porque nos exponemos a la expulsión; es decir, que los dueños no es que tengan miedo de que no paguemos. Pero le preguntan al administrador: ‘¿Y tú qué harías? ¿Vivirías al lado de un magrebí? Crees que en la escalera del alcalde o del president de la Generalitat hay magrebíes?’.

‘Los chinos les hacen gracia’, sigue Miguel Ángel. ‘Un chinito’, te dicen. ‘Es terrible esta manera de ver al extranjero. Gitanos y musulmanes os lleváis la peor parte. En la administración teníamos el piso de una señora millonaria de Portugalete. Vino el abogado de los clientes y nos dijo: ‘Mis clientes se lo quedan’. Cuando alguien quiere quedarse un piso sin verlo es porque normalmente tiene problemas para que le alquilen. Eran gitanos. Llamé a la señora en un aparte. Me decía: ‘Ay, Dios mío, Dios mío, está en tus manos, ¿cómo los ves?, ¿cómo los ves?’. ‘Como todo el mundo señora’. ‘Ya, pero son gitanos’. No quiso. La clienta llorando, decía: ‘Por favor, que es la segunda vez que nos pasa’. Ese día lo vi claro. No puedes ser cómplice de esta gente’.

Le pregunto qué se puede hacer y me da algunos consejos. ‘Nunca demuestres prisa. No digas ‘lo quiero para hoy’. Si puedes, abre enseguida una cuenta corriente. Si no tienes papeles pero trabajas en negro, procura ingresar cantidades regulares cada mes. De esta manera, la inmobiliaria podrá pedirle al banco lo que se llama una carta de confort. Eso significa que el banco cree en tu solvencia. Es ilegal que te pidan que firmes la renuncia voluntaria al piso. Te la habrán pedido’. Le digo que sí. Me cuenta que esta cláusula permite al dueño echarte del piso mañana mismo, si quiere.

‘Nunca te fíes de esas inmobiliarias que te piden dinero a cambio de darte direcciones de pisos. Es una estafa. Viven de vosotros’. También he ido a una de esas inmobiliarias, claro. Y también me han estafado.

‘Pero tienen el símbolo del Ayuntamiento y la Generalitat en el anuncio’, protesto. ‘Eso significa sólo que en caso de conflicto no se someten a los juzgados, sino al servicio de consumo de la Generalitat. Nada más’. Después me promete que me encontrará el piso. Ahora, cuando escribo esto, ya lo tengo.

 

DÍA 13

Me sale un trabajo. Dirán ustedes que setenta mil al mes por vivir en una casa extraña, levantándote a las siete y acostándote a las doce, y con un solo día de fiesta a la semana, es una explotación. Sí, claro. Pero después de Carlos, de Jaume, de Marcos y de todos los demás, cuando me llama una mujer con tres hijos no puedo creer en mi suerte.

Cojo un autobús a la Bonanova, una zona bien de Barcelona. En el autobús veo a otras extranjeras que seguramente también trabajan en el servicio doméstico.

Me recibe la señora. Se llama Laura, dice. Va vestida de blanco, con una ropa de estar por casa como de punto. Tendrá unos 45 años y es guapa y delgada. Pasamos al salón, donde hay una mesa baja llena de libros de arquitectura y bolas de madera, encima. Me pregunta si quiero tomar algo, y mi obligación es decir que no.

Me pregunta si sé cocinar al estilo europeo. Supongo que se refiere a si sé hacer judías tiernas con patatas, o tortillas, o sea, que digo que sí. Parece amable, demasiado, se diría. Me habla, sin querer, como si yo fuera una niña. Me enseña los electrodomésticos. Esto es un calentador, esto es una lavadora, ya te enseñaré a usarla, como si a mí, al verlos, me tuviese que dominar la maravilla. El piso es blanco. Nada de paredes amarillas y sofás azules como en las casas de clase media. Todo blanco. Laura me pide las referencias. ‘Comprende que tienes que cuidar de unos niños’. Tengo unas referencias inmejorables, yo misma me las he escrito. Me enseña mi habitación, una habitación decente, con retrete incorporado. Comeré en la casa. ‘¿Podrías ir sin la chilaba y el pañuelo?’, me susurra. ‘El pañuelo, no’. Es para disimular el pelo corto (la peluca es muy chillona). ‘¿Tienes que rezar cinco veces al día, no?’. Quiere saber toda diversidad y mestizaje. Y después, con su buena fe, me pregunta una cosa que me preguntarán muchas veces durante estas dos semanas. ‘No pruebas el cerdo, supongo’.

Quedamos en que iré a trabajar dos días (de prueba) ‘a ver si nos gustamos mutuamente’. Me los pagará. Le digo que puedo empezar en ese mismo momento y le gusta que esté tan dispuesta. Empiezo. Sin soltar el móvil, limpio a fondo la cocina. Es una cocina lujosa de un opaco simpático. Ella entra todo el rato para decirme cómo tratar el acero inoxidable y la vitrocerámica. Los trato bien.

Llega el marido, Joan Ramon, y les oigo hablar de mí (no pueden sospechar que el catalán es mi lengua, claro, y que les entiendo). Comentan lo trabajadora y discreta que soy. Les asusta que no tenga papeles. El marido me saluda, en turco (habrá estado allí de vacaciones). Contesto sumisa y agradecida. Me preguntan si quiero quedarme a dormir esa noche, y digo que bueno, que iré a recoger las cosas. Les estoy gustando mucho, soy tan callada…

Y entonces les pongo a prueba. El marido (más curioso o menos tímido que la mujer) me pregunta cosas de mi vida en Turquía. Podría decirles que era campesina y que vivía en un pueblo sin electricidad, y les encantaría. Pero no se lo digo. Les digo que era profesora en la Universidad de Ankara y que escribía en un periódico. Les cambia la cara. No les gusta. Sigo metiendo la pata. Me ofrezco para dar clases de inglés y alemán a los niños, mientras los cuido. No contestan. Ella sonríe. Me pregunta con educada impaciencia:

‘¿Pero has trabajado antes de esto? ¿Ya podrás? Ya sabes lo que son tres niños’. Me proponen, entonces, que mejor me vaya a dormir a la pensión y que me lo piense. Ellos también pensarán y ya me llamarán. Me pagan la tarde de trabajo. Me voy y no me llaman.

Cuando llego a mi casa, me ducho con agua (caliente). Enciendo la radio. En el programa que oigo nos dejan oír las palabras que dijo Marta Ferrusola, la esposa del president de la Generalitat, el martes pasado, en un coloquio en Girona, a propósito de los inmigrantes: ‘Tenemos que estar abiertos, pero esto de las imposiciones es una cosa muy fuerte, porque de aquí a diez años las iglesias románicas no servirán, servirán las mezquitas; su imposición es constante…!

Moliner, Empar. “En Barcelona con chilaba”, en El País. Domingo 25 de febrero de 2001. Disponible en http://inicia.es/de/diegoreina/cine/moliner_en_barcelona_chilaba.htm

 

Revisen este material. Espero sus comentarios en el blog.

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