Crónica de una Santa Muerte anunciada

El Domingo de Ramos unos 200 devotos de la Santa Muerte tomaron las calles; durante la marcha, su obispo David Romo anunció su candidatura a diputado.

 

“Jueves exorcismo”, “viernes presos” y “lunes cerrado”, es parte de lo que puede leerse en el listado de “Horarios de servicio” pintado en la fachada del “Santuario Nacional del Ángel de la Muerte”, casa conocida como Iglesia de la Santa Muerte. Esta vez luce diferente: la vitrina de La Santa está vacía. En el interior, igual: las efigies no están en sus altares, han sido montadas sobre sendos toldos de automóviles para acompañar la procesión de los parroquianos al Zócalo.

 

Son las 11:40 de la mañana cuando nos encaminamos por la calle Héroes de Nacozari con el coro de “Se ve, se siente, La Santa está presente” y una porra. Los devotos visten de blanco, al menos la camisa. Llevan globos del mismo color, como muestra de que no acuden a una Guerra Santa, sino a una manifestación pacífica. No llegan a 300 los efectivos —contantes y sonantes— con los que cuentan el obispo David Romo y su Iglesia, no los cinco millones a nombre de los cuales pretende hablar (algunas fuentes periodísticas calcularían en 200 el número de asistentes).

 

Como buen pastor, Romo encabeza a su rebaño al marchar en la vanguardia. Metros atrás, una manta dice: “Exigimos respeto a nuestra fe/ Rechazamos represión en contra de la Santa Muerte/ La Constitución nos ampara con la libertad de culto/ Iglesia Católica Tradicional Mex-USA”. La mujer que coordina la procesión ordena constantemente que nadie se ponga delante de la manta: es la manera más fácil de que la prensa capte el propósito.

 

Aunque poco numerosa, la procesión tiene mucha fuerza expresiva gracias a las imágenes de La Santa. Las que estaban en los altares son un par de efigies de talla humana vestidas o cubiertas con túnica blanca y manto morado ceñido por una corona; por rostro un cráneo. Otra más es la de El Ángel de la Muerte, versión “amigable” de La Santa por tener la cara de un maniquí común y corriente y una peluca. En la retaguardia, una camioneta lleva en lo alto una imitación de La Piedad, pero en vez del rostro de la Virgen está un cráneo. Otros vehículos acompañan la procesión con efigies pequeñas —traídas de sus casas—, y adornados con globos blancos.

 

Damos vuelta a la izquierda en avenida Circunvalación para seguir sobre el carril derecho. Muchos llevan a su Santa abrazada con cariño. Las hay de todos colores y con variados adornos. El coro repite: “Somos creyentes. No somos delincuentes”. Parece que dicen la verdad: el ambiente es familiar, con niños pequeños, algunos de brazos, y varias mujeres de la tercera edad. No hay grafiteros ni provocadores ni demás vándalos. No hay injurias ni faltas de respeto.

 

Pasamos por La Merced y el padre o diácono que asiste a Romo anima a la grey: “Aplaudir, aplaudir. La Santa ya está aquí”. Desde que partimos nos acompaña una veintena de fotógrafos y camarógrafos. Los documentalistas extranjeros están extasiados con tanto folclor. La verdad es que hay algo de espectacular y de surrealista en la marcha: de una camioneta Windstar, con La Santa amarrada al maletero, asoma por la ventanilla abierta del lado del copiloto un sonriente perro blanco, acalorado y con la lengua de fuera, que sólo puede causar simpatía.

 

Damos vuelta a la derecha sobre San Pablo y varios trabajadores de la lente devoran con sus cámaras a las jovencitas prostitutas en minifalda que tratan de refugiarse entre los comercios mientras Romo atiende a una reportera de Antena 3.

 

Son cerca de las 12:30 de la tarde cuando estamos sobre la calle 20 de Noviembre en dirección al Zócalo. En un alto, un policía se para delante de la camioneta que va a la retaguardia. Junto con dos de sus compañeros, apuntan y disparan en repetidas ocasiones a La Santa, pero no con sus armas de cargo, sino con sus teléfonos celulares. Tal vez también tengan un altar en casa. El entusiasmo crece y los coros de las consignas no menguan: “El devoto unido, jamás será vencido”.

 

La procesión pasa frente a Palacio Nacional sobre la Plaza de la Constitución. Ahí llega un montón de fotógrafos que llevaban horas esperando “a los muertos”. Damos vuelta a la izquierda casi a la altura de la calle Moneda. En ese momento, si uno se fija, la iconografía de la muerte aparece por doquier. A unos pasos, los prehispanistas danzan junto a un dibujo de Tezcatlipoca, Señor del fuego y de la muerte. Junto a los que hacen “limpias mexicas”, otros venden artesanías entre las que hay pequeños cráneos de cerámica. Al fondo están las ruinas del Templo Mayor con su Tzomplantli o muro de calaveras. Debajo, en la estación Zócalo del Metro, una vitrina invita al Museo de la Caricatura a ver la obra de José Guadalupe Posada, ilustrada, precisamente, con el dibujo de una calavera. (Por cierto, la Catedral también es un mausoleo). Y justo en la esquina, en el puesto de periódico, cuelga la revista MILENIO Semanal con la Santa Muerte vestida de rojo en la portada, entre diarios con encabezados que, como todos los días, refieren a ejecuciones y otros crímenes sangrientos.

 

Cuando la campana de la Catedral Metropolitana marca la una de la tarde, la camioneta en punta se detiene frente a la entrada principal con precisión cinematográfica. Es la oportunidad para la mejor foto: con La Santa delante del edificio más representativo de la institucionalidad eclesial católica. A cuadro, las torres enmarcan su rostro esquelético y encima ondea la bandera de México mientras los devotos corean: “Norberto, entiende, mi fe no se vende”. Atrás de La Santa, un enjambre de micrófonos y grabadoras rodean a monseñor Romo, quien parece tener más poder de convocatoria entre los medios de comunicación que entre los devotos de su fe. Su fuerza radica en sus habilidades mediáticas, en su capacidad para “dar la nota” a la prensa, en provocar a rivales de peso completo (la Arquidiócesis de México). El resultado es que para cada Santa y su portador hay un fotógrafo o camarógrafo.

 

Es la una treinta cuando la procesión y los profesionales de los medios se encamina al centro de plancha. Justo a un costado del asta Romo sube cuatro o cinco escalones de una pequeña estructura metálica a la medida de sus necesidades para la prédica. A su espalda, el Palacio Nacional. Allí lee, en su lap top, un extenso documento que condena la prohibición del culto a La Santa en Oaxaca y la destrucción de altares en el norte del país. El discurso es netamente moderno. Podría asegurarse que progresista: alude al estado de derecho y a los valores del liberalismo. Al final, lo inesperado: “da la nota” dentro de la nota, pues anuncia que solicitará licencia para dejar el ministerio religioso y buscará ocupar próximamente un asiento en el Congreso como diputado. Al cabo que oficialmente no es ministro de alguna asociación religiosa registrada por Gobernación.

 

Son las dos de la tarde cuando los pocos devotos que aún permanecen acompañan de regreso a su líder para dejar de nuevo las efigies de la Santa en sus altares. La mayoría se retiró antes, seguramente fundida por el calor y los efectos abrasadores del sol y el cansancio. Pero antes, La Santa estuvo presente. Y volverá a estarlo.

Villarreal, Héctor. “Crónica de una Santa Muerte anunciada”, en Milenio Semanal, disponible, en http://semanal.milenio.com/node/378

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Sábado de box

El sábado comienza a la una y media de la tarde, a las dos cuando más: luego de que echamos nuestro garabato en el papelón amarillo o de que los más burros plantan allí su dedote entintando, ¡y venga la billetiza!

 

La billetiza viene, claro que sí, aunque la verdad es que siempre llega mermada: que si no son los vales es la cuota del sindicato: que si no es la friega del seguro o vaya usted a saber lo que inventan para bajarnos la raya. Sea como sea lo que uno termina agarrando son billetes de a de veras, con los que cada quien jala para donde más le bulle. Unos luego luego se van a las cheves; otros muy santitos a soltarles a la vieja lo del gasto; quién se vuelve a quedar pobre por aquello de las deudas y quién más agarra rumbo al hipódromo con el ánimo buey de multiplicar la raya y soñarle al ya soy rico: nunca falta un sonsacador que empuja y luego se pela al llegar la de malas, siempre pasa.

 

El caso es que por caminos diferentes la billetiza se vuela en lo que dura la tarde del sábado, y ya para la noche quedan unos cuantos pesos para el box. Allí nos encontramos todos de vuelta, a eso de las nueve y media, si es que no la seguimos con las cheves o nos agarró la tentación de las encueradas del burlesque y entramos al Lírico a echarles sus miradotas y a gritar leperadas por el mismo boleto.

 

Pero no, siempre gusta más el box. Es de ley. Más que de ley: de costumbre, Como que uno le ha cogido cariño a la Coliseo y no es cosa de faltar a las trompadas. ¿Quién pelea? Da lo mismo, le llegamos, Ahí te espero en la taquilla donde hoy está un chamaco despistado que se cruza metiche en la taquilla de que uno se caiga con los ocho pesos del boleto —ya cuesta ocho pesos las gradas, ¡qué bandidos!, así está todo caro–. El chamaco interrumpe pidiendo el obligado perdón:

Perdón —dice el chamaco– ¿no me compra un boleto? —ah caray, ya salió un revendedor, piensa uno que se la vive escamado, y resulta que no, que es puro despiste–. ¿Sabe? —dice el chamaco–. Es que yo creía que era lucha libre.

Pues no, es box —contesta uno–. ¿Y qué?, ¿no le gusta el box?

Yo creía que era lucha libre —repite el zonzo, que por zonzo se queda sin vender su boleto.

 

Es mejor comprárselo a don Pepe, el taquillero, por aquello de impulsar el deporte y las hilachas. Sobre todo hoy, que es de bien floja la pelea para el que está acostumbrado al Mantecas o al Púas o a los tiempos en que el Toluco se partía la progenitora con cualquiera; más fajador que nada el inolvidable Toluco; ¡cómo se le extraña!

 

Atorados a media escalera

 

Como siempre, apestan feo las escaleras. Las trepamos de dos en dos todavía arrepentidos de haber perdido la tarde en los caballos y de haberle metido el resto a las siete-cinco en lugar de a la cinco-seis que estaba vista, cualquiera la pudo agarrar, pero casi nadie la agarró —¡pagó mil y pico!– por culpa de la maldita corazonada de última hora y el desgraciado pronóstico oficial del programa que nomás lo ponen ahí para que uno se vaya con la finta de los récords y apueste a los mugres matalotes que nunca van a entrar.

Pero bueno, eso es historia. Ya estamos en el box. Ya estamos atorados a media escalera de las gradas porque resulta que hay un tipo alegue y alegue con los azules: no lo dejan pasar, quién sabe qué argüende se trae la tira con el pelado que grita y se enoja y grita. Anda medio cruzado, parece, ¿no? Ah, no, es que le quieren quitar su periódico. Se lo quitan.

Está prohibido pasar con periódicos —dice el tira, que por cierto tiene en una mano la baraja con la que cada sábado se echa allí, en las escaleras, su brisca con el otro azul. Todos los hemos visto.

¿Y por qué no se puede pasar con periódico? —dice el cuate gritó, que sí, ya de cerca se le nota: la trae cruzada.

Pues no se puede.

Dígame por qué…Yo le dejo mi periódico, pero nomás dígame por qué —insiste el mariguano.

Pues no se puede terquea nomás el de azul.

Dígame por qué.

Pues no se puede.

 

Seguimos atorados en la escalera por la tonta alegata, y de nada sirve que le explique al mariguano la razón que pide a gritos: está prohibido para que no enciendan fogatas en las gradas, le explican ya. Pero él, necio:

Dígame por qué está prohibido

–Por lo que dice el señor —dice el azul.

Quiero que me lo diga usted.

 

Ahí se quedan terqueando mientras los demás, a empujones, subimos por un ladito de los alegadores y agarramos lugar donde se pone suave, donde hay gritos y pique y quinielas para apostar, no le aunque que esté prohibido en le programa: la verdad debe ser un negocio de la misma Coliseo: ella contrata a sus propios corredores de apuesta, ya se supo.

 

Negro contra Blanco

 

Medio flojota está la entrada, la verdad. Y es que pinta mal la función.

En la estelar: Tomás Frías el «experimentado tepiteño» le dice, por no decir que está más viejo que mi tía que ya, uuuy, vio nacer a Juan Zurita– contra un tal Pedro Martínez que vino de León y que sólo allá deben dar razones de él, porque lo que es que aquí ni los de cada sábado lo mientan.

 

Sí, está floja la noche. Ni siquiera hay mucha animación, de no ser el grupito aquel de chavos que llegan luego luego alborotando, pero que no caen en gracia, lo que sea de cada quien. Andan bien trole los peleados: uno hasta maricón parece, con su camisita de flores, ay tú, de la que nomás saca y mete sus billetes doblados diciendo que le falta uno de a cien. Los demás le hacen burla, lo empujan y ahí va a dar el marica contra el vejete seriecito del bastón: ése, el que llegó acompañado de su sobrina y se pasa la noche explicándole, presumiéndole de lo mucho que sabe de box. La chavita nomás dice sí, dice sí, porque es primera vez que va-así parece- y porque de todos modos le tiene que decir que sí al pobre viejo al que ya se le está yendo una pata, la pata rota, al panteón de Dolores. Ahora sí que mejor hubiera irse a las leperadas del Lírico, o segarle con las cheves, o por una vez llegar temprano con la familia a cotorrear de la chamba.

 

¡Mocos! Qué trancazo le acaba de soltar el calzón blanco al pobrecito chamaco calzón negro que responde al nombre de Pancho Aguilar.

 

Pero ahorita qué va a responder. ¡Bolas! Ya le llegó al otro. Ya se están dando, Badillo —el de blanco– y el tal Aguilar que se engalla el pelado, que se crece al castigo y empieza a soltar leña, pero no —¡otro!–—, el blanco lo recibe contra las cuerdas y ¡reata!, ¡vamos!

 

¡Ora blanco, ora! ¡Síguelo! ¡Síguelo! ¡Dale!, buey, dale no te quedes parado. Y vaya que si le da. ¡Uta!: si lo alcanza con ésa, ahorita estaría en la lona moqueando el pobrecito negro que ya no ve la suya y tira para donde suena muerto.

 

Se encienden las luces amarillas del ring. Suena la campana. Se acabó el round. El último round que valió la pena de los cuatro que pelearon Mario Badillo y Francisco Aguilar. Ni hablar, fue clarita la victoria de Badillo.

 

¡Qué Guamazo!

 

Un día que agarremos una buena selección —a cinco-seis, ¡cómo no le metimos el resto a la cinco-seis!, te lo dije, compadre–: un día de buena suerte, cuando no la traigamos volteada, nos venimos al box, pero no a estas malditas gradas, sino a mero abajo, al rinsaid, donde están los que pueden pagar cincuenta pesos por cabeza por una mugre función como la que está resultando la de esta noche.

 

Ahí en la primera fila vamos a plantarnos con nuestra bolsa de pepitas para los nervios, con nuestra cheve tras cheve de a cinco pesos y un sangüichote de jamón endiablado. Echando gritos muy de cerca, para que de veras nos oigan los del ring, alegando con los que presumen de a mucho conocimiento, metiéndole duro a la apuesta que es como sabe esto del box. Negro contra blanco. Cien pesos de a ley. Que sepan que uno también la mueve y que no grita nada más por gritar, como ahora que en la de ocho rounds un tal Jorge Villarino la está viendo de luto frente al que se llama como el nunca bien llorado de la canción: Javier Solís.

 

Éste no le hará al canto, pero mira cómo le sabe al box, compadre.

¿Viste eso? Villarino ya no siente lo duro sino lo tupido. Se va para atrás… Se cubre como puede. Lo siente llegar ¡y cuerda!, qué guamazo.

Y otro. Y otro.

 

Lo que te enseñaron, negro- le grita un buey de gradas al pobre Villarino que la está perdiendo, y la pierde por fin, luego de una tranquiza de ésas que le prenden a uno la emoción. Ese sexto round, al menos, sí que estuvo de alarido, como luego dicen, para quitar cualquier aburrimiento y devolverle al canijo espectáculo todo lo que tiene de grande, qué caray.

 

Hasta la sobrina del vejete está gritando. Hasta la mujer aquella de rinsaid, que se la había pasado muerta de frío y dejándose sobar por el calvo botijón —muy entrado en lo suyo–, se levanta de la butaca, se olvida del calvo sobador y hay que ver, cómo le exige que lo tumbe, que le parta la boca, que lo haga talco, que lo mate, desgraciado, cobarde, jijo de tu pelona, ¡mátalo ya!, quiero verlo tieso; herido, fuera, se acabó.

 

Uno siente la sangre punzadora. Uno quisiera prestar sus puños al villano. Uno diera la vida por bajar a la pelea y meterse en los guantes del que pega y atinar ese guamazo definitivo que está haciendo falta para que el negro pierda fuerza en la pierna y se arrodille en el ring: zácatelas, para abajo, cuan largo es el pelado.

 

Uno quiere la sangre que es señal de triunfo, no le aunque el cabezazo traidor, el golpe bajo que le dieron al pobre Rubén García en la semifinal: chamaco duro, buen peleador, macizo, fuerte. Se trajo además la porra de su barrio. Ahí está el balcón animando a Rubén desde sus primeras fintas. Ahí están los cuates, los primos, las novias, el hermano que lo admira y presume de él en la cuadra y ahora le grita porras: Rubén, Rubén, ra, ra, rá. Ahí está la tía y la suegra gordinflona, feliz porque Rubén está ganando para responder al amor de los suyos.

 

Cae bien el chamaco. Gusta que gane. Y lo merece porque pega, y cambia el paso cuando es hora de cambiarlo. Saca de balance al pobrecito Maximino Rangel, su contrincante, que mucho estilo y lo que quieran, pero que hoy no ve la suya. Él no se trajo a la gente del barrio. No tiene suegra, ni hermano admirador, ni familia que le grite desde los asientos de balcón de la Coliseo. Él no tiene público para ganar y le faltan de los que hay que tener ahora que Rubén García se va para adelante y le gana clarito en el round tres, y el cuarto, y el cinco, hasta llegar al diez. Luego el brazo en alto, con los aplausos y la obligada rechifla de los que saben que ganó, pero silban para que no se olviden los jueces que nadie cree en ellos.

Ya está aquí la estelar.

 

Mañana es Domingo

 

Como a cada rato pasa, la pelea principal no es la principal pelea de la noche.

 

Hasta se sospecha un trinquete porque Pedro Martínez, el bravo boxeador leónes-como lo anuncian-resulta bravo de verdad y desde en saliendo le empieza a sonar macizo al Tomás Frías que ¡ya estás para el asilo!, le gritamos desde las gradas, aunque no nos oiga el pobre buey. Y no más se queda sin oír, también sin ver el óper que le abre la guardia y le llega a la altura del mentón. Sopas, con las piernas que sele hacen aguadas al Tomás Frías y el rodillazo en la lona que prende al público-cómo de que no-, feliz de que le estén ganando al favorito, al pupilo fósil de Lupe Sánchez, zorro inútil hoy, porque todos sus consejos en la esquina, toda la cháchara que suelta le llega como de noche al veterano, perdido entre las estrellitas que está viendo luego de la campana salvadora del quinto round.

 

No llega al décimo Frías, se comenta en las gradas. Y hay apuesta a que sí, a que no. Entonces es cuando viene la sospecha del trinquete.

 

Quién sabe cómo, en un de pronto, Frías le abre una herida a Martínez. Chiquita, porque no se ve desde aquí arriba, ni salta el lindo chisguetazo de sangre, ni es nada que asuste, no. Pero el réferi sí se asusta-¿ustedes creen?-.Detiene la pelea. Sube el médico del ring. Alega con los jueces. Quién sabe cuántas cosas dicen, cuando ya la rechifla se soltó adivinando lo que va a suceder y sucede, como siempre.

 

El que iba perdiendo-Frías-, el favorito, el de Lupe Sánchez, el mero bueno, como del PRI, gana por nocaut técnico al que le iba ganando-Martínez-, el bravo leónes, el ignorado, el provinciano, el chamaco que a modo de protesta, cuando oye la decisión, levanta los brazos al cielo, enseña los puños a Dios y hace un gesto como el que todos hacemos cuando nos va como nos va, aquí en la vida

 

Se acabó la pelea. Termina la función. Mugre función de sábado ingrato. Mejor hubiera sido ir a ver a las encueradas del burlesque, porque al menos ahí-y eso quién sabe-nadie hace trampa. En el box sí. En los caballos, ¡uy!: cómo no le metimos todo el resto a la cinco-seis, compadre, estaba vista. Bueno, ya ni modo. Otro sábado será. Mañana todavía es domingo.

Leñero, Vicente. “Sábado de box”, en Periodismo de emergencia. México: Debate, 2008.

Messi hace bueno al Barça

El conjunto de Guardiola se cuelga del argentino y del acierto de Eto’o para empatar ante un estupendo Betis

 

Javier Marías cuenta que ningún equipo percibe mejor la derrota que el Barça. Ya sea casualidad o no, el viernes le preguntaron a Guardiola por el último libro que ha leído y respondió que Saber perder, de David Trueba, el mismo que acaba de regalar a Messi para que amplíe su biblioteca reservada hasta ahora a una de las muchas biografías sobre Maradona. A Messi seguramente todavía no le ha dado tiempo a echarle un vistazo porque el Barça concedió dos goles en su ausencia y atrapó el empate cuando reapareció en la cancha, por más que el goleador fuera el pichichi, Eto’o. Aunque puede que fuera una coincidencia, los partidos son muy diferentes con Messi o sin él. Bien que lo sabe el Betis, que se ganó un buen empate.

El duelo fue estupendo y, consecuentemente, el resultado escocerá a los dos equipos. Al Barça le afectó, como de costumbre, el virus FIFA y cedió su tercera igualada después de una jornada de selecciones, de la misma manera que el Betis recuperó ante los azulgrana el duende que le ha permitido ganarse el corazón de muchos aficionados. Los barcelonistas perdieron demasiado tiempo en ejercer de sheriff del campeonato. Necesitaron de todos sus pistoleros para revertir la situación y aceptar finalmente la cesión de dos puntos tras nueve victorias consecutivas en campo ajeno. Les faltó el tercer gol de rigor.

Se arriesgó el Betis, quizá porque el fútbol había puesto precio a la cabeza del líder y sus rivales compiten como cazarrecompensas, mientras el Barça economizó esfuerzos desde la formación, sobre todo por cuanto respecta a Messi, convertido en el comodín de los partidos de entretiempo. Juegan con tanta suficiencia los azulgrana que se reservan a La Pulga para las situaciones extremas. A la ausencia de Messi se sumó la de Henry, circunstancia que aumentó la sensación de precariedad de los barcelonistas en las dos áreas porque a la debilidad ofensiva sumaron cierta ingenuidad en la zaga por la alineación de Piqué y Cáceres. Las concesiones parecieron excesivas incluso en el Barça, de modo que el Betis entendió que disponía de una oportunidad única para tumbar al equipo más seductor del mundo el día de los enamorados, la festividad de san Valentín.

Liberados defensivamente, incluso después de la lesión de Juanito, y animados en el ataque, los verdiblancos arramblaron tan fieramente a los azulgrana que en menos de media hora se pusieron con dos goles de ventaja, una diferencia jamás vista en un partido del Barça, muy vulnerable a la hora de combatir las jugadas de estrategia. Melli batió a Valdés a la salida de un córner mal defendido por Busquets y Mark González cruzó a la red una pelota que no achicó Piqué. La determinación de los muchachos de Chaparro descolocó al Barça, perdido en tierra de nadie, falto de jerarquía y de pegada, vencido en el juego aéreo. Las ocasiones eran para el Betis, los goles los marcaba el Betis, los balones divididos se los llevaba el Betis y si el Barça entró en el partido fue por un penalti cometido por el Betis.

Juande rebanó a Iniesta y el colegiado pitó la pena máxima ante el griterío de la hinchada, especialmente brava por la chispa de su equipo, enfurecida con el árbitro, eternamente ensordecedora. Aunque Eto’o marró el tiro, rechazado por Ricardo, el ariete recogió la pelota y anotó su gol 100 en la Liga, el 2-1 antes del descanso, resultado estupendo para el Barça tal y como había ido el partido.

No se acobardó el Betis mientras el Barça se crecía alrededor de Iniesta. El partido adquirió un tono excelente por el diálogo de ambos equipos. Las transiciones locales eran tan vertiginosas como la perseverancia forastera en su juego de ataque. A Olivera se le anuló un gol y Emaná remató al cuerpo de Valdés en un mano a mano estremecedor antes de que Messi y Henry sustituyeran a los insustanciales Hleb y Keita.

Recuperaba el Barça su mejor versión al tiempo que el Betis se encogía tras haber ofrecido un ejercicio pletórico por la continuidad en su juego. Los cambios, por lo demás, jugaron en contra de los verdiblancos, a los que el encuentro se les hizo cada vez más largo. Los azulgrana asediaron a

Ricardo y los disparos se sucedieron ante la impotencia de Ilic y el acierto del portero, tan puesto como Valdés, que sacó un remate de gol a Oliveira en la única ocasión en que el Betis cruzó la divisoria desde la reaparición de Messi.

Messi hizo bueno al Barça y malo al Betis. Alrededor del argentino, el Barça encontró los espacios suficientes para apuntar reiteradamente a Ricardo, convertido en héroe. Aunque el recital del portero fue extraordinario, sobre todo frente a Henry, el ataque azulgrana anunciaba el empate porque los verdiblancos habían reventado. A nadie le sorprendió el 2-2 anotado por Eto’o en una maniobra excelente y si no se contó el tercero fue por Ricardo. No merecía caer el Betis ni tampoco perder el Barça en una emotiva noche de fútbol.

 

 

Ramón Besa. “Messi hace bueno al Barça”, en El País, disponible en http://www.elpais.com/articulo/deportes/Messi/hace/bueno/Barca/elpepidep/20090215elpepidep_2/Tes 

Es mucha la fe, poca la gente y grande la caridad

Como cada año, ríos humanos se dirigen a la Basílica de Guadalupe; algunos fieles no alcanzan el objetivo al sufrir diversos percances, incluso, encontrar la muerte en el camino.

 

México.— De rodillas y de pie y con ampollas en carne viva. En bicicletas, pedaleando sin cesar, o apretados en carros viejos, cuyo viaje es un albur, como sucede cada año en estas romerías que conducen a la Basílica de Guadalupe, donde se apelmazan y ríen o se santiguan y lloran, aunque para muchos esto también es un paseo.

Hoy vienen pocos, menos que en otros años, graneadas las avenidas que llevan a una ermita, pero con el sacrificio a cuestas y la pobreza de una mayoría que se arrastra y la recibe gente solidaria que espera con viandas gratis, pues esa ha sido su promesa de meses o años. Es la masa que acumula la misma esperanza.

Es mucha la fe, poca la gente y grande la caridad. De Puebla, Tlaxcala, Estado de México, Oaxaca, Querétaro, Hidalgo y Michoacán. Es de donde más provienen. Habrá quienes ya no regresen a sus pueblos, pues se quedaron en el camino, ya sea porque se accidentaron o porque ya no pudieron avanzar.

Miles salieron el miércoles de sus comunidades, y tenían como meta llegar a los festejos del nacimiento, hace 477 años, de la imagen guadalupana, pero no todos pudieron llegar, como Bernardo Roldán Madrid, quien venía de Texmelucan Puebla, pues fue atropellado a las 6:00 por un microbús en la calzada Ignacio Zaragoza.

Bernardo cayó al suelo, luego de ser atropellado por la camioneta que conducía Víctor Hugo González Torres, quien intentó escapar, pero fue acorralado por los demás peregrinos. El mayor accidente, sin embargo, fue provocado por un trailer y dos automóviles en la autopista México–Puebla, a la altura del kilómetro 44+500, donde resultaron lesionados diez peregrinos.

            Los atropellados, dos de ellos de gravedad, fueron trasladados a un hospital del municipio de Chalco, Estado de México.

            La Ciudad de México continúa embotellada debido a la procesión de fieles. La calzada Zaragoza, por la que más ingresan, fue cerrada a la circulación vehicular en los carriles laterales en el sentido de oriente a poniente.

            En dichas zonas varios vehículos se estacionan para ofrecer alimentos a los peregrinos. Los comerciantes, sin embargo, abusan en los precios de sus productos, pues algunos venden el agua embotellada hasta 150 por ciento más de su costo normal, e incluso el precio de los pambazos es de 40 pesos.

            Pero los feligreses, mientras más avanzan, más solidaridad encuentran en el camino. Lo comprueban varios que se detienen en el cruce de calzada de Guadalupe y Joyas. La familia Martínez Cuevas, procedente de Cuautlalpan, municipio de Texcoco, regala salsa de chicharrón, arroz, frijoles y tortillas.

            “El año pasado también trajimos agua, pero hoy no se pudo”, dice Víctor Cuevas, acompañado de su suegra María Parra, su esposa Jeimi Liliana y sus niños Evelin e Isaín, que llegaron muy temprano.

            Los peregrinos se agolpan alrededor de la camioneta y reciben la porción de comida. Agradecen la ayuda y continúan rumbo al santuario.

 

—¿Por qué lo hace?

—Por gratitud, porque siento que “ella” –dice Víctor, refiriéndose a la Guadalupana— nos ha ayudado mucho, y “ella” nos da, hay que compartirlo.

—¿Es una manda?

—No. Lo que pasa es que hace tiempo yo viví en Tlaxcala, y cuando venía acá, al DF, vi a la gente que regalaba comida, y ya después se me vino a la mente hacer lo mismo comenta Víctor, comerciante de materia prima para hacer trofeos.

—¿Nada más por eso?

—Es por fe y gratitud, porque nosotros comemos de la gente.

 

Otro regala frutas.

—¿Es una manda?

—No, patrón, es por gusto; pero no tenemos tiempo de platicar, patrón – agrega el buen hombre, mientras llena bolsas de plátano y naranjas.

 

Los dueños de una Hummer amarilla, placas del Distrito Federal, reparten agua embotellada de sabores y cientos de emparedados. Decenas de peregrinos se agolpan a pedir. Una policía les pide que se contengan.

Están en la esquina de Fortaleza y calzada de Guadalupe. Hay malagradecidos que echan a la basura parte del regalo. Esto lo ha observado Mario, propietario de la fonda La Abuela, quien desde hace seis años ayuda en dicha labor a la familia de la Hummer.

 

Canseco, Flor y Humberto Ríos Navarrete. “Es mucha la fe, poca la gente y grande la caridad”, en Milenio Diario, disponible en http://www.milenio.com/node/130726

 

Un minuto para la eternidad

Fue el minuto más largo de la historia del Sevilla. El humo de las bengalas cubría de un manto de niebla el Louis II de Mónaco. No sonó el himno de la «Champions», sino una pieza más acorde con la ocasión. Los dos equipos en el centro del campo. Uno enfrente del otro. Todos entrelazados por los hombros con brazaletes negros en sus brazos. Los milanistas miraban al frente. Lo sevillistas, al suelo. Seguro que se escapó más de una lágrima. Imposible retenerlas. Era el primer partido sin el compañero, sin el amigo,

 

En la banda, el resto de la expedición sevillista vivía el minuto de silencio cogidos de la mano. Estaban todos. Desde el entrenador a los utilleros pasando por el resto de los jugadores. Hasta Monchi y Alfaro quisieron estar lo más cerca posible del vestuario y no en el palco. Todos con el «16» de Puerta en su espalda.

 

El silencio en el estadio era sobrecogedor. Tanto en el fondo italiano como en el español. Desde la grada de los seguidores sevillistas se escucharon dos gritos desgarrados. «¡Vuelve Antonio!» y «¡te queremos Antonio!». La afición milanista, igualmente emocionada, comenzó a corear el nombre de Puerta. También dos grandes pancartas colgaban de sus vallas. «Onore a Puerta» -en el descanso los «tifossi» de ese área recorrieron todo el campo para juntarse con la afición sevillista y ofrecerles su pancarta en otro gesto de hermanamiento y solidaridad muy emotivo- y «In silenzio apprezziamo il vostro impegno, forza ragazzi». En el otro fondo, por supuesto, las pancartas de recuerdo al futbolista eran muchas más. En el marcador, la imagen de Puerta besándose el anillo.

 

El pitido del árbitro nos devolvió a todos a la realidad. El nombre de Puerta atronaba en el estadio y fue la constante durante todo el partido, con momentos culminantes como cuando Renato marcó el primer gol y el equipo se hizo una montaña humana con sus brazos levantados hacia al cielo.

 

«Teníamos que estar aquí porque Antonio Puerta hubiera querido que estuviéramos. Nos hemos acostumbrado a los finales y el ambiente no se vive en ningún lado como donde se juega», sentenciaba un aficionado sevillista.

 

 

Fuente:

Enrique Ortego. “Un minuto para la eternidad”, en ABC.  Sección deportes, 1 de septiembre de 2007. Disponible en http://www.abc.es/hemeroteca/historico-01-09-2007/abc/Deportes/un-minuto-para-la-eternidad-emocionante-homenaje-a-antonio-puerta-en-los-prolegomenos-del-partido_164612328986.html

Réquiem por Iván

A veces uno necesita morirse.

Florestán[1]

 

La mañana era fría, como deben serlo todas las mañanas tristes, todas las mañanas de duelo; y en el Campo Marte todo estaba alineado: los soldados, las sillas, las banderas, las armas, los ataúdes, los retratos de los nueve muertos el martes pasado en el accidente del avión de la Secretaría de Gobernación. Todo estaba alineado menos las emociones.

 

La bandera monumental distribuía, al ondear en lo alto, luces y sombras. En el centro del campo las ocho cajas (los familiares del capitán Álvaro Sánchez y Jiménez prefirieron lo privado), pero al frente, las fotos de los nueve muertos a menos de mil metros de donde ayer el Estado mexicano los despedía.

 

Al frente de los ataúdes, el de Juan Camilo Mouriño, que sonreía desde una fotografía colocada al pie de la caja.

 

En las tribunas, trabajadores de la Secretaría de Gobernación, gobernadores, el jefe de Gobierno del Distrito Federal, dirigentes de los partidos, de las cámaras, de la Corte, del IFE, empresarios.

 

Una carpa era insuficiente para contener el dolor y devastación de los familiares de las víctimas. Madres y padres que habían perdido a sus hijos, hijos que habían perdido a sus padres, mujeres que habían perdido a sus hombres, hombres que habían perdido a sus mujeres. El Campo Marte los abrazaba.

 

A las nueve en punto ya había llegado el gabinete presidencial, arribó el presidente Calderón y su esposa Margarita, y fue directo al centro de la alineación de gobierno, justo frente al retrato y cadáver de su amigo.

 

Y allí habló el jefe de Estado en un tono que contenía su pesar. No dejó espacio para el sentimiento, duelo personal que no ha podido cubrir.

 

Lo único que se permitió al final fue un réquiem, el de los bienaventurados, y un apunte del legado de su amigo.

 

En medio de un doloroso silencio, un clarín rasgó el espacio. Le acompañó el redoble mortuorio de los tambores, suave, bajo, grave, acompasado.

 

El silencio pesado del Campo Marte sólo era roto por los sollozos, los latigazos de las cámaras y el flamear de la bandera.

 

El Presidente se acercó a los familiares al tiempo que efectivos de la PFP recogían y doblaban las banderas de los ataúdes. En fila, las llevaron, una a una, al presidente Calderón, que una a una las entregó a cada esposa, a cada padre, a cada hijo, a cada familia.

 

Fue el momento más intenso.

 

Y al terminar, la despedida. Comenzó el cortejo mortuorio, una tras otra, las ocho cajas. No hubo otro desfile que el de los ataúdes hacia la salida, en medio de un aplauso largo y triste.

 

Al final, cuando los muertos se habían ido y sólo quedaba el dolor, una niña recibió una foto que habían colocado frente a uno de los ataúdes. La pequeña María de los Ángeles besó el retrato desde el que le sonreía su papá, Juan Camilo.

[1] Joaquín López Dóriga-. “Réquiem por Iván”, en Milenio diario, viernes 7 de noviembre de 2008. Disponible en http://www.milenio.com/node/109675


LA PREPARACIÓN DE LA FERIA INTERNACIONAL

En tres horas se hizo el trabajo de quince días. En el último día se construyeron por completo pabellones enteros. Un ambiente de pintura fresca. El macabro stand del “less”. Una ciudad limpia y verde a las 6 de la tarde, y sucia y enloquecedora a las 5. La cinta y las tijeras. A paso de conga.

 

 

Una hora antes de que el presidente de la república inaugurara ayer la Feria-Exposición Internacional faltaban por lo menos diez días para que los trabajos estuvieran concluidos. Eran las cinco de la tarde. Por primera vez en toda la semana había dejado de llover y un sol brillante y firme resplandecía sobre las 300 estructuras metálicas. Minutos antes se había impartido la orden de suspender los trabajos, a través de los gigantescos altavoces que fueron instalados en el centro de la nueva y moderna ciudad de 125.000 metros cuadrados que 4.000 obreros trataban de terminar apresuradamente en una hora. Muy pocos obedecieron la orden

 

A paso de conga

 

No se trataba simplemente de colocar los últimos detalles en los 1.127 pabellones donde se exhiben artículos de todo el mundo occidental. Se trataba, en muchos casos, de construirlos por completo.

El pabellón de los señores Hernando Abondano y Enrique Jaramillo no existía en la mañana de ayer. En el momento de la inauguración estaba concluido, con un letrero en que se anunciaba la rifa de dos automóviles a beneficio de los hijos de los presos. Uno de los pocos pabellones que estaban concluidos hasta en sus últimos detalles a las cinco de la tarde era el dramático y un tanto espantoso pabellón del Instituto de los Seguros Sociales, donde hay un cadáver de yeso, en tamaño natural, teniendo entre sus cuatro cirios, y un hombre agonizante, con el cráneo destrozado, Es el anfiteatro de la exposición.

El olor predominante era el de la pintura fresca. Pero no había tiempo de poner avisos preventivos. Los obreros que se movían de un lado a otro cargando bastidores que un momento después parecían tener un mes de instalados, presentaban un curioso aspecto de serios y fatigados arlequines. Los overoles azules iban recogiendo manchas a medida que avanzaba la tarde. Minutos antes de la inauguración parecían crucigramas de colores.

Cuatro pintores terminaban, un cuarto de hora antes de que llagara el presidente, las últimas letras en el anuncio de uno de los organismos oficiales de nombre más largo: «INSTITUTO NACIONAL DE APREVECHAMIENTO DE AGUAS Y FOMENTO ELÉCTRICO». En cambio, en el pabellón del frente se hacía todo lo contrario: un pintor de brocha gorda cubría apresuradamente con grandes brochazos amarillos un letrero que se había pintado con mucha calma, desde principios de la  semana, y tenía un error de ortografía.

 

 

Los árboles nacen adultos

 

El hermoso sol de verano que brilló durante todo el día facilitó las labores de improvisación. En el programa de trabajo se había previsto la pavimentación de las calles interiores de la feria. Pero la fecha de la inauguración les cayó encima a los trabajadores, y a última hora fue preciso traer el coke sobrante en la improvisación de las calles de Belencito, una ciudad que fue hecha casi a tanta velocidad como la Feria-Exposición.

Con menos de un mes de diferencia en la edad, estas dos ciudades, las más jóvenes y también dos de las más completas del país, tienen una misma historia de última hora. También en la Feria-Exposición se sembraron árboles ya formados, que fueron traídos en camiones desde el municipio de Bosa. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con los de Belencito, muchos árboles de la feria no prosperaron. Ayer, minutos antes de que llegaran los 6.500 improvisados, cuadrillas de obreros arrancaban árboles marchitos y sembraban los nuevos. Al atardecer, las avenidas lucían verdes de árboles acabados de comprar.

 

La cinta y las tijeras

 

Los gigantescos altavoces eran una comedia exacta de la situación que se vivía en esos momentos. «Urgente: Se está esperando al empleado que salió por la cinta y las tijeras», se oye decir por ellos a las cinco y media. E inmediatamente después: «A todos los vehículos que se encuentren en el interior de la feria se les ruega retirarse. Sólo pueden permanecer los vehículos del aseo». Porque si los vehículos del aseo hubieran sido retirados a esa hora, cuando los invitados llegaron habrían tenido dificultades para moverse entre los escombros y desperdicios que al atardecer fueron arrojados de los pabellones. Por lo menos una tonelada de desperdicios fue movilizada en esta última hora, mientras la nueva ciudad limpia y resplandeciente esperaba la llegada de los invitados, y la voz angustiada repetía por los altavoces: «Urgente: Se está esperando al empleado que salió por la cinta y las tijeras». Era la cinta que debía cortar el presidente en el acto inaugural, y las tijeras con que debía cortarla.

 

Dicho y hecho

 

«No hay inauguración sin lluvia», dijo a las 5:40, mirando al cielo transparente, uno de los obreros que sembraron los árboles. Fue como si alguien lo hubiera oído: fuertes y pesadas gotas empezaron a caer sobre la ciudad que minutos antes resplandecía bajo el sol maduro. «Llovió en Paz Río y aquí también tenía que llover », siguió diciendo el obrero, mientras acababa de sembrar el árbol, y mientras un barro amarillo y jabonoso cubría la improvisada costra de piedra de las calles. En menos de cinco minutos se convirtió en un pantano amarillo lo que ocho horas de sol habían endurecido lenta y laboriosamente. A las 5:45, cuando se dio la orden por los altavoces y se encendieron las innumerables luces de colores, la feria era una ciudad de calles desoladas. Los 4.000 obreros se refugiaron en los pabellones. Chapaleando en el barco recién formado, oscuros y silenciosos entre la niebla, penetraron entonces los soldados de la guarda presidencial.

La lluvia intempestiva trastornó los preparativos, pero dio tiempo a los trabajadores de los pabellones inconclusos para perfeccionar los últimos detalles. Se tenía la impresión, viéndolos trabajar afanosamente en la preparación de los matices finales, de que en cada pabellón se esperaba la visita personal, el examen minucioso del presidente de la república, que a esa hora debía de contemplar la lluvia, a través de las ventanas de San Carlos, preguntándose acaso por qué no fue inaugurada la exposición a las tres de la tarde.

Pero en la feria se pensaba que si el certamen hubiera sido inaugurado tres horas antes para aprovechar el sol, los invitados habrían encontrado algo completamente distinto de lo que encontraron. En realidad se hizo en tres horas el trabajo de quince días, como en un mes se había hecho el trabajo de todo un año. Cuando el presidente llegó, a pesar de la lluvia y el barro, a pesar de que la bandera de Grecia estuvo inicialmente mal colocada y la de Austria fue izada cinco minutos antes, cuando numerosos colombianos vieron en los receptores de televisión la entrada del presidente, a las 6:29, la Feria-Exposición Internacional estaba lista para inaugurarse. Todo resultó muy bien, aunque el tránsito estaba trabado desde la Avenida de las Américas hasta la glorieta de San Diego.