ASESORÍA DE REPORTAJES

VIERNES 22 DE MAYO

MARTES 26 DE MAYO

 

  1. Alejandro.
  2. Ana Karen.
  3. Areli.
  4. Atenea.
  5. Carlos.
  6. Cristina Padilla.
  7. Edgar.
  8. Elizabeth.
  9. Erika.
  10. Ingrid.
  11. Irving.
  12. Jorge.
  13. Josué.
  14. Laura.
  15. Maite.
  16. Montserrat.
  17. Nadia Morales.
  18. Nadia Quiroz.
  19. Osiris.
  20. Pamela
  21. Priscila.
  22. Sergio.
  23. Tere.
 

  1. Allan.
  2. Argenis.
  3. Brenda.
  4. César.
  5. Claudia.
  6. Cristina Pineda.
  7. Eduardo.
  8. Efraín.
  9. Gaby.
  10. Hortencia.
  11. Iván.
  12. Jessica Alejandra.
  13. Jessica De la Rosa.
  14. Jessica Sánchez.
  15. Karen Ojeda.
  16. Karen Zárate.
  17. Mayra.
  18. Miriam Alejandra.
  19. Nitzia.
  20. Verónica.
  21. Yoni.
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El miedo es más contagioso que el virus

Tras el terrorismo y la crisis económica, un problema sanitario propaga el temor ciudadano – La alerta está justificada; la alarma, no – La inquietud de la población es manipunable políticamente

 

El miedo es libre, pero también contagioso. Y si hay algo más veloz que un virus en fase de expansión, es la propagación del pánico, como acaba de demostrar la reciente alerta de pandemia por virus gripal H1N1. Aspectos tales como la demanda de Tamiflu en las farmacias por parte de población sana, los sacrificios masivos de cerdos, el veto de Rusia al porcino español o el punto de xenofobia con que se contempla a los mexicanos en algunos lugares de EE UU -hechos todos ellos que no responden a razones objetivas- no son daños colaterales de la enfermedad, sino diversas variantes del miedo como fenómeno de masas, esa epidemia de alarma social que corre en paralelo a la real. Porque, mientras la incidencia del virus parece de momento controlada, en Internet -auténtica incubadora de alarmas- y en la calle no decae el miedo a la pandemia. Pero, ¿a qué obedece? ¿Hay algún mecanismo social que siembre y difunda el temor?

En una década marcada por el terrorismo internacional primero y por la aguda crisis económica después, sólo hacía falta otra crisis sanitaria. La respuesta de la población ante la gripe producida por el virus H1N1 oscila entre la aprensión y el terror, entre la lógica preocupación y la hipocondria más desatada. Antes habían suscitado parecida reacción la encefalopatía espongiforme bovina (o enfermedad de las vacas locas), el síndrome respiratorio agudo severo (SARS, en sus siglas en inglés), o la gripe aviar, por no citar la amenaza bioterrorista del ántrax en 2001 o los atentados del 11-S y el 11-M. Fenómenos que no se pueden controlar, contingencias -hechos que pueden o no darse, como el contagio de un virus-, o sucesos con patrón de repetición disparan la alarma. Pero cuando, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los sistemas de salud de los países afectados, la situación parece estar bajo control, ¿de dónde surge el miedo?

“Del contagio de la incertidumbre”, apunta el sociólogo Jesús Gutiérrez Brito. “Es como un juego de espejos. Y la especularidad en cadena que se produce en la gente es una reacción casi instintiva, como cuando en una discoteca alguien grita fuego y todos huyen aunque no hayan visto llamas ni humo. Más que la gripe en sí, a mí me produce preocupación la preocupación del vecino, y así sucesivamente. Eso es más angustioso y moviliza más que la propia enfermedad. Hay que verlo también en términos de espectáculo: dar una bofetada a alguien en la calle no es un espectáculo; contemplarlo, sí”.

Este profesor de Técnicas de Investigación Social de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) considera que se están dando “dos epidemias en paralelo, como una metástasis social del espectáculo”. Los nuevos medios de comunicación informales (foros, chats, etcétera) aparecen en la diana de algunos analistas cuando se trata de buscar un origen o un altavoz a este contagio aprensivo. No son los únicos medios de comunicación puestos bajo la lupa. También lo están muchos de los tradicionales. “Los medios de comunicación saturan, aburren o divierten, y eso vale tanto para la pandemia como para la crisis financiera global o cualquier otro asunto. También sofocan una información; al principio la información sobre la epidemia era mucho más terrible que ahora, hoy está remansándose”, dice Gutiérrez Brito.

La sociedad del espectáculo que describe el sociólogo es también una cibersociedad que tamiza sus venturas, sus expectativas y sus dudas por la Red, así que la alerta de pandemia por el H1N1 no podía sustraerse al crisol de Internet. Bloggers, redes sociales y medios online han vehiculado las expectativas de la población, con todo lo que de bueno y de malo ofrece tal posibilidad.

Jesús Flores, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Observatorio de Periodismo en Internet, constata que, al contrario de lo sucedido con algunas catástrofes naturales -como el huracán Katrina en 2005-, en las que la Red resulta una herramienta muy útil de localización y apoyo, en la epidemia de la llamada gripe porcina “la información que prolifera en Internet tiene un efecto más bien adverso”. “Desde el primer día he recibido información procedente de colegas mexicanos, indicándome que algunos foros exageraban, no se ajustaban a la realidad”.

Un caudal de información desbocado, que se sustancia en contenidos colocados en plataformas fáciles de crear y a las que resulta aún más sencillo acceder, implica por fuerza -o por las prisas- no separar el grano de la paja. Así pues, junto a “información contrastada y veraz”, dice Flores, en la Red se multiplican también “simples habladurías o tergiversaciones” de información fidedigna, cuando no supercherías que ven en la epidemia una conspiración debida a intereses nada oscuros (de las compañías farmacéuticas, de los Gobiernos para aparcar el problema de la crisis, etcétera). Las teorías de la conspiración, por cierto, echan chispas en la Red. “Hay 80 millones o 100 millones de usuarios de redes sociales. A la inmensa mayoría les habrá llegado durante estas dos semanas algún link de información relacionada con la llamada gripe porcina. Pero el impacto de este alud de información no podremos valorarlo hasta que se diluya el estado de emergencia. Mientras tanto, es la credibilidad de los medios, sobre todo de los digitales, lo que está en juego”, advierte Flores.

El comportamiento de un individuo sometido a ciertas dosis de estrés puede acabar contagiando, como advertía el sociólogo Gutiérrez Brito, al vecino. Y eso, entre otros motivos, porque “las emociones negativas son más impactantes que las positivas”, dice el psicoterapeuta y psicólogo social Luis Muiño, autor del libro Perder el miedo al miedo (Espasa). “Por razones adaptativas uno necesita saber qué va mal, por eso el miedo es la emoción más creída. Las emociones positivas tienen menos impacto, porque son más difusas, más tibias. Es lo que se llama ley de asimetría hedónica. Lo negativo te lleva a la alerta”.

El papel de la información en la generación de la alarma también tiene mucho que ver, según Muiño. “La emoción vende; los datos, no. Y el miedo vende más que la tranquilidad. Tan difícil como desmentir un rumor resulta infundir confianza en una situación de pánico; de hecho, estas historias no se resuelven, se disuelven. Dentro de dos meses nadie se acordará de esto, como hoy nadie se acuerda de la amenaza del ántrax”. También hay una manipulación política del mecanismo del miedo, como bien podría ser el caso de decisiones precipitadas como la suspensión de vuelos con México o el veto a productos porcinos españoles en Rusia.

“La existencia de las armas de destrucción masiva en Irak fue el último ejemplo al respecto”, recuerda Muiño. Pero el miedo a su vez también funciona como mecanismo de manipulación, “en la política e incluso en la pareja; esto es algo que existe desde siempre”.

La ciudadanía revive atavismos, y se cree cercada por una peste de resonancias medievales. La aprensión llueve además sobre mojado: con o sin gripe, el miedo es el sentimiento humano más extendido, según un estudio del centro italiano de investigaciones sociológicas Censis. Dicha encuesta, realizada en las diez mayores ciudades del mundo, revela entre el 80% y el 90% de los habitantes de las mismas siente miedo; que éste es intenso en el 40% o 50% de las personas, y que llega a condicionar la conducta habitual del 10%. Uno de cada cuatro urbanitas considera su sensación vital como “de incertidumbre”; el miedo acucia más a las mujeres, a los más desfavorecidos, a los mayores y a los menos instruidos, según este informe. Pero, ¿justifican todas estas variables la epidemia de miedo que ha brotado de la mano del virus H1N1?

“El miedo es libre, pero en este caso conviene distinguir la lógica preocupación de la alarma, que es algo muy distinto de la alerta. Las autoridades sanitarias han activado la alerta y han dado respuesta a la amenaza, pero la alarma no está justificada”, afirma Andreu Segura, director del Área de Salud Pública del Instituto de Estudios de la Salud catalán y profesor asociado de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

La alerta, pues, es positiva; la alarma, injustificada e improcedente, porque la respuesta a esta crisis ha pillado a autoridades sanitarias y políticas con los deberes hechos. “El modelo de actuación que se ha adoptado se basa en el utilizado contra el virus de tipo H5N1 

[el de la gripe aviar], así que ya había mucho trabajo hecho y eso ha resultado muy útil. Tanto la OMS como los países afectados ya habían tomado medidas”, afirma Segura, quien valora especialmente el papel de los medios de comunicación tradicionales: “Los medios de comunicación españoles han dado notoriedad a la crisis, pero con mesura en los comentarios, espacio para opiniones heterodoxas y menos testimonios costumbristas que en crisis anteriores, como la de la gripe aviar”.

El balance de la OMS sobre la incidencia de la gripe provocada por el virus H1N1 era ayer de 2.500 infectados y 44 muertos, según la OMS. Los afectados se distribuyen en 25 países, principalmente México y Estados Unidos. A juzgar por este cómputo, estaríamos por tanto ante una crisis bien delimitada y de relativa intensidad… en comparación, por ejemplo, con los 12 millones de afectados -1,5 millones de nuevos casos al año- de leishmaniasis, una de las llamadas enfermedades olvidadas o desatendidas que asuelan el Tercer Mundo, como el dengue, el mal de Chagas, el cólera o la mortífera malaria. La desproporción en atención y recursos confronta por fuerza ambas realidades, pero los expertos en salud consultados subrayan la conveniencia de no oponer, ni enfrentar, casos por completo incomparables. “Justifico la situación de alerta

[en el caso del virus H1N1] porque es aguda, pero pediría que se haga también ese esfuerzo en el caso de las enfermedades olvidadas, que afectan a poblaciones olvidadas. Debería ser como cuando tienes un hijo con diarrea y otro con fiebre: por atender a uno no tienes por qué descuidar al otro”, señala Pilar Aparicio, experta en enfermedades tropicales del Instituto de Salud Carlos III de Madrid. “Un niño afectado por la forma visceral de leishmaniasis en Etiopía también puede morir a consecuencia de la enfermedad, pero la respuesta que necesitamos para la leishmaniasis no es una medida urgente [como las del virus H1N1], sino más investigación y más herramientas de control. A esto se dedican muy pocos fondos, y habría que destinar más”, concluye Aparicio.

Su colega en la OMS Jorge Alvar, distingue entre las enfermedades emergentes -como la presente epidemia-, “que crean alarma social”, y las enfermedades desatendidas, como las citadas. “Es correcto tomar medidas para su control, y eso no implica que se detraigan o desvíen fondos que corresponderían a las enfermedades olvidadas. Esto no lo veo como un problema, es mucho más preocupante la crisis financiera global. España es el primer donante del departamento de enfermedades tropicales desatendidas de la OMS, y ese compromiso no va a decaer”, asegura Alvar. “Como individuo, no me gustaría contraer una enfermedad emergente, pero considero oportunas y necesarias las medidas adoptadas para hacerle frente. La gripe aviar provocó pocos casos, pero si no hubiéramos adoptado medidas entonces hoy no podríamos encarar con éxito el virus de la gripe H1N1. Eso sí, las enfermedades emergentes crean una indudable zozobra social, es evidente”, dice. Entre otros motivos, porque se producen aquí al lado, en el mundo desarrollado o en países emergentes; es decir, en nuestro mundo.

Mientras los especialistas echan un pulso a los virus -los que se dedican a enfermedades emergentes son “velocistas”; los que investigan enfermedades olvidadas, “corredores de fondo”, bromea Jorge Alvar-, la puesta en escena de la crisis bien podría ser otro factor coadyuvante del miedo. Mascarillas, escafandras, gafas, trajes blancos, guantes; figuras que parecen sacadas de una guerra biológica -ésta es también una guerra contra un virus-, infunden un temor irracional en la ciudadanía.

Pese a su apariencia futurista, en esta enfermedad planetaria que es la gripe de origen porcino resuenan lejanos ecos de una plaga bíblica, de la peste negra medieval; de la epidemia a que hace frente el doctor Rieux en La peste, la novela de Albert Camus. Como partera de esta aprensión puede aparecer también la ciencia, que, según la investigación de Censis, provoca miedo al 13% de los ciudadanos “por temor a sus consecuencias”, mientras que el 41% la considera “un mal necesario”. Por no hablar de la tecnología, que asusta a un 54,3% de los ciudadanos, según la encuesta de Censis. No obstante, “la tecnología es potencialmente buena”, recuerda el profesor Jesús Flores.

Tan buena, que algunos, y no sólo los fabricantes de mascarillas, se frotan las manos ante el negocio. Los detectores de enfermos de la nueva gripe -sensores que supuestamente localizan alrededor del interesado personas infectadas, para evitarlas- se venden en Internet por cantidades escandalosas. Y una aplicación informática denominada rastreador de gripe detecta casos confirmados o probables, lo que, en el segundo caso, añade aún más desazón al agobio. Porque, como recuerda el psicólogo Luis Muiño, “lo peor es tenerle miedo al miedo”.

 Sánchez-Vallejo, Ma. Antonia. “El miedo es más contagioso que el virus”, en El País. Sección Sociedad. Sábado 9 de mayo de 2009. Disponible en http://www.elpais.com/articulo/sociedad/miedo/contagioso/virus/elpepusoc/20090509elpepisoc_1/Tes

Un servicio de salud cómplice del virus

El brote del H1N1 descubre las carencias de la sanidad de México – Ir al médico suele ser una pérdida de tiempo y dinero

 

Hace dos días que la gripe no mata a nadie en México. Ya se sabe que las muertes confirmadas son 16, pero unas jornadas atrás -cuando el Gobierno barajaba una cifra de hasta 160 fallecimientos atribuibles al nuevo virus-, los periodistas preguntaban una y otra vez a cuanto responsable institucional se les ponía delante: ¿Por qué está muriendo gente en México y en otros países no? La respuesta siempre era la misma: “Porque los enfermos llegan tarde al hospital, cuando ya no se puede hacer nada por ellos”. A los periodistas -también al que suscribe- se les olvidaba insistir con una pregunta capital: ¿y por qué llegan tarde?

 

Vaya por delante una pista. O mejor, dos. El caso de Manuel y el de Óscar. Manuel tiene 63 años. El martes día 21 de abril se sintió mal, con los síntomas de una gripe. El miércoles, empeoró. El jueves, ya estaba fatal. “Mi esposa me llevó con el doctor César Decanini, a su consultorio del Hospital Inglés. En cuanto me revisó, me dijo: yo creo que es influenza. Voy a buscar al especialista”. Unos minutos más tarde, Manuel era sometido a pruebas de sangre, radiografías, tomografía, suero, medición de la capacidad respiratoria… “A las diez de la noche, el prestigiado médico neumólogo Eulo Lupi me informa que debo ser hospitalizado, que mi capacidad respiratoria está al 50% y que los pulmones se están deteriorando con rapidez. Por suerte, el doctor Decanini tenía en su consultorio una caja del antiviral indicado. Tomé la pastilla”.

 

El segundo caso es el de Óscar. Cinco años y siete meses. El jueves 16 de abril, el niño se puso mal. Su madre lo llevó a la clínica 11 del Seguro Social. “No lo quisieron recibir”, cuenta su tía, “porque no tenía fiebre. Nos dijeron que era una gripe normal”. Por la tarde, Óscar empezó a vomitar y lo llevaron a otra clínica del Seguro Social. Tampoco lo atendieron. Al día siguiente, a las seis de la mañana, Óscar empezó a sufrir convulsiones y, entonces sí, lo ingresaron de urgencia. Cinco horas después el niño ya estaba muy grave con un cuadro de neumonía. Lo pasaron a un cuarto de Terapia Intensiva… junto con otros ocho niños.

 

Casi no es necesario decir que Manuel se salvó. Óscar, en cambio, murió a los nueve días de sentir los primeros síntomas, tras sufrir un calvario de hospital en hospital. Manuel es dirigente de un importante partido político, fue secretario (ministro) de Relaciones Exteriores, diputado federal y hasta candidato a la presidencia de la República. Óscar, en cambio, era el hijo menor de una familia sin recursos.

 

¿Quiere decir esto que en México están sobreviviendo los ricos y muriendo los pobres? No hay datos para responder con certeza a esa pregunta. Entre otras cosas, porque el Gobierno tiene guardada la lista de los 16 fallecidos en un cofre con siete cerrojos. Según el secretario de Salud, José Ángel Córdova, el mutismo sobre la identidad de las víctimas intenta evitar “la estigmatización” de sus familias. Pero lo que sí es incontestable es que fuera de México se están detectando muchos casos de influenza y, salvo en Estados Unidos -donde sí falleció un niño mexicano de 23 meses-, nadie ha muerto por el momento. Más allá del desenlace, lo que sí demuestran de forma muy gráfica los casos de Manuel y de Óscar es la forma del mexicano de enfrentarse a la enfermedad.

 

Durante los últimos días, inspectores de la Organización Mundial de la Salud han recorrido los estados de México donde se han producido casos de esta gripe -mortales o no- intentando descubrir algún común denominador entre las víctimas. No lo han encontrado de una forma determinante, aunque uno de ellos ofrece su sensación sobre el terreno. “Está muriendo gente pobre. ¿Por qué? Porque es la gente que está acostumbrada a ponerse enferma, a pasar gripes más o menos fuertes y no ir al médico. Si los mismos síntomas los tiene un soldado de una base americana, en 10 minutos está en la enfermería. Es una cuestión de costumbres sociales. La gente sabe que acercarse al médico cuesta dinero”.

 

Hay una frase muy común en México entre las clases más humildes: “Tú te puedes sentir mal, pero no te puedes enfermar”. La enfermedad es una ruina. Nadie va al médico a las primeras de cambio. Y, desde luego, nadie va al médico por una gripe más o menos fuerte. Ir al médico -salvo para las clases exclusivas que disponen de seguro médico y hospitales de lujo- supone casi siempre una pérdida considerable de tiempo y de dinero.

 

México ha crecido mucho en los últimos años y hasta se trata de tú a tú con los países más desarrollados del mundo. Pero ese estirón no está siendo homogéneo. Para desesperación de sus gobernantes y vergüenza de sus conciudadanos, la imagen que México está ofreciendo estos días al mundo es la de un gigante al que se le quedaron cortos los pantalones. Estos días de angustia están dejando al descubierto las pantorrillas del sistema. La guerra al narcotráfico dejó casi en el olvido que un 40% de sus 100 millones de habitantes vive en la pobreza absoluta. Y el brote de la gripe está poniendo al descubierto que el sistema de salud no está a la altura de las circunstancias.

 

¿Qué hace un mexicano cuando se siente enfermo? Lo que viene a continuación es la síntesis de un sondeo realizado entre vecinos del Distrito Federal con distintos niveles de ingresos. Lo primero que hace, coinciden todos, es aguantar. A ver si se pasa la fiebre, a ver si con un vaso de leche caliente y una buena cura de sueño… Lo siguiente es acudir a la farmacia.

 

La cuestión farmacéutica merecería capítulo aparte. Los medicamentos en México son más caros que en Europa y que en la mayoría de los países de su entorno, pero tienen una.. ¿ventaja?: se venden sin receta en cualquier esquina. Hay cadenas de farmacias que están abiertas a todas horas. Y disponen de todo. Desde ansiolíticos hasta Viagra. Para fomentar el consumo de sus productos, los dependientes ofrecen de vez en cuando muestras gratuitas a sus clientes. De la misma forma que en un supermercado se convida al cliente a una porción de queso manchego. Antes de que se asustaran por los crímenes del narcotráfico, los norteamericanos cruzaban la frontera en romería para abastecerse de toda clase de potingues.

 

La segunda opción -si el medicamento no ha hecho efecto-es mover “la palanca”. La traducción al español peninsular sería “buscar un enchufe”. El mexicano es experto en eso. No por afición, sino por necesidad. Una vez que se llega al consultorio o al hospital, y hasta cuando los casos son graves, es fundamental buscar a un amigo que agilice los trámites para ver al doctor.

 

Los mexicanos saben -y así lo atestiguan las encuestas- que sus médicos son buenos, incluso muy buenos, y que los hospitales del servicio sanitario disponen de instrumental moderno y eficaz, pero no suficiente. De hecho, el paciente tiene que pagar en muchos casos parte del tratamiento. “A mí me pasó el otro día”, explica el padre de un muchacho que estuvo ingresado recientemente, “la atención fue muy buena, pero el hospital no disponía de determinadas medicinas que le hacían falta a mi hijo. Me dijeron que la única solución era que yo las consiguiera en el exterior. No se trataba de un caso de corrupción ni de negocio encubierto. Sencillamente, no disponían de ellas. Así que salí del hospital, fui a la farmacia de enfrente y las compré”. En ocasiones, el paciente tiene que seguir idéntico método para conseguir las gasas que se van a usar en su operación y hasta la válvula que le van a implantar.

 

Un porcentaje considerable de médicos mexicanos trabaja media jornada en la sanidad privada -hospitales al nivel de los mejores de Estados Unidos o de Europa- y la otra media en la pública. “El sistema es perverso”, admite uno de los doctores que practica el doblete, “pero funciona. A veces, a mi consulta del Seguro Social llega una persona con una dolencia determinada. Yo la atiendo, pero tanto esa persona como yo sabemos que, cuando salga de mi consulta, la próxima cita ya no se producirá hasta dentro de semanas o incluso meses. ¿La solución? Que la próxima cita sea en mi consulta privada. En el caso de que necesite ser intervenido quirúrgicamente, yo intentaré -si veo que esa persona no tiene los recursos suficientes- traspasarla de nuevo al sistema público, para que sea operada de forma gratuita…”. El sistema está tan acostumbrado a funcionar con ese juego de palancas que los dos grandes servicios paralelos de salud -uno para los trabajadores comunes y otros para los funcionarios públicos- disponen de personas que facilitan el mecanismo a colectivos determinados como periodistas o políticos…

 

Todo iba funcionando gracias a un sistema de equilibrios fascinante -como tantas otras cosas en México- hasta que llegó la epidemia de gripe. Todo el mundo se percató de las graves fallas del sistema. Los laboratorios para analizar el virus no funcionaron y las muestras tuvieron que enviarse a Estados Unidos y Canadá. El Gobierno dispone de un millón de tratamientos antivirales, pero eso sólo supone que puede atender a un 1% de la población… El país que quería salir en la foto de los más grandes se ve obligado a reconocer que necesita con urgencia que el mundo le facilite millones de dosis de antivirales, 200 millones de mascarillas, cantidades ingentes de pañuelos desechables…

 

Desgraciadamente, en apenas dos semanas ha cambiado radicalmente la imagen de México en el mundo. De los abrazos con Barack Obama, el presidente Felipe Calderón ha pasado a estar prácticamente enclaustrado en su residencia oficial de Los Pinos. De su voluntad dependerá la fecha en que los 33 millones de estudiantes y los dos millones de profesores regresen a las aulas. Será una decisión complicada. Tan difícil que dicen que le provoca un gran malestar y arrebatos de mal genio. ¿Está el sistema de salud preparado para decirle al presidente de la República la fecha en que los niños mexicanos puedan volver seguros a la escuela?

 Ordaz, Pablo. “Un servicio de salud cómplice del virus”, en El País. Domingo 4 de mayo de 2009, disponible en http://www.elpais.com/articulo/sociedad/servicio/salud/complice/virus/elpepisoc/20090503elpepisoc_4/Tes

Academia Española de la Lengua no será “feminista militante”

EFE
El Universal
Madrid Domingo 03 de mayo de 2009
16:46 La Real Academia Española no se convertirá en “feminista militante” porque la lengua “no evoluciona por mandato”, dice su director, Víctor García de la Concha, en una entrevista que publica el último número la revista “Donde dice…”, de la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA).Las declaraciones de De la Concha coinciden con la celebración, entre los próximos días 6 y 8 en el Monasterio de Yuso (La Rioja) del seminario Mujer y lenguaje en el periodismo en español que organiza la Fundéu junto con la Fundación San Millán de la Cogolla.

El director de la Real Academia Española considera importante que se debata este asunto, pero advierte de que no se debe caer en un feminismo militante que nos lleve al desdoblamiento de ciertos términos.

“Siempre hubo, por ejemplo, un desdoblamiento de `señoras y señores`, pero ahora ya es `ciudadanos y ciudadanas`, `empleadas y empleados`… Eso podría llevarnos a algo tan ridículo como decir `voy a ir a verte con mis hijas y mis hijos para estar con tus hijas y tus hijos`, por ejemplo”, señala García de la Concha en la entrevista.

El director de la Real Academia Española sostiene que, además, el Diccionario de la Real Academia no sólo recoge el significado de una palabra hoy, sino el de que ha tenido a lo largo del tiempo y que por esa razón no conviene eliminar determinadas definiciones.

“En Castilla se dice muy frecuentemente `le hizo una judiada`, que es una acción mala que, tendenciosamente, se consideraba propia de los judíos. Evidentemente en la sensibilidad de hoy es políticamente incorrecto, pero si la quitáramos, ¿cómo leer a Quevedo?” reitera De la Concha, que explica también que a esas entradas ya se les ponen unas marcas que indican que esa acepción es poco usada o está en desuso.

Insiste De la Concha en que la Academia tiene un “cuidado exquisito” con esta cuestión, como lo demuestran las más de cuarenta mil enmiendas o adiciones que desde 2001 se han aprobado para solventar los problemas que pudieran existir en este sentido.

“Será muy difícil que no se nos escape algo, pero tampoco vamos a convertirnos en militantes, porque no nos lo perdonaría el pueblo” concluye el director de la RAE.

El director de la RAE presidirá este seminario, que reunirá a una treintena de periodistas, académicos, lingüistas y profesores especializados y al que también acudirán la directora del Instituto Cervantes, los presidentes de La Rioja, el BBVA y la Agencia Efe y el director de la Academia Chilena de la Lengua.

El seminario se ha planteado por medio de diferentes mesas redondas en las que, entre otros asuntos, se analizará si hablan y escriben igual las mujeres y los hombres, si los periodistas lo hacen igual cuando escriben para los hombres que para las mujeres o si los periodistas deben forzar el cambio hacia un lenguaje menos sexista.

El debate sobre el grado de machismo de la lengua española y, en concreto, de los medios de comunicación de habla hispana, centrará esta reunión, en la que participarán entre otras las periodistas españolas Montse Domínguez, Pepa Fernández y Margarita Rivière, la chilena Mónica González, la colombiana Yolanda Reyes, las lingüistas Violeta Demonte, Pilar García-Mouton, y la profesora Ana María Vigara.

EFE. “Academia Española de la Lengua no será ‘femisnista militante'”, en El Universal, sección Cultura, domingo 3 de mayo de 2009, disponible en http://www.eluniversal.com.mx/notas/595517.html

BOLETÍN UNAM

13:30  hrs. 26 de Abril de 2009

  Boletín UNAM-DGCS-247

Ciudad Universitaria

 COMUNICADO URGENTE DE LA UNAM A LA COMUNIDAD UNIVERSITARIA Y A LA OPINIÓN PÚBLICA

 

1.- La secretaría de Salud tomó la decisión de suspender las actividades de los planteles públicos y privados de todos los niveles educativos en el área metropolitana de la ciudad de México. La Universidad Nacional Autónoma de México atiende esa disposición y, en principio, reanudará sus actividades el próximo 6 de mayo.

 2.- En su momento, la Universidad Nacional dará a conocer a su comunidad los tiempos y condiciones en los que se ajustará el calendario académico para recuperar las actividades de los días que dure la contingencia sanitaria.

 3.- La Universidad Nacional hace un llamado a sus estudiantes y cuerpo docente a que vía correo electrónico, página de internet y medios de comunicación, se mantengan informados de las determinaciones que se adopten frente a esta emergencia de salud pública.

http://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2009_247.html

Boletín UNAM sobre la Influenza

22:00  hrs. 24 de Abril de 2009

  Boletín UNAM-DGCS-240

Ciudad Universitaria

  COMUNICADO URGENTE

LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO INFORMA:

 

 

1.- Frente a la evolución de la epidemia de influenza en el área metropolitana de la Ciudad de México reportada por las autoridades sanitarias, la Universidad Nacional decidió suspender este sábado 25 y domingo 26 de abril sus actividades en todos los niveles escolares, incluidas las culturales y deportivas.  

2.- En el transcurso del domingo y conforme a la evolución de la epidemia, la Rectoría de la UNAM informará  las medidas que adoptará para los siguientes días y difundirá ampliamente de ello a la comunidad universitaria.

 

http://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2009_240.html

La declarocracia en la prensa

por Gideon Lichfield

 

Sutiles o brutales presiones, finas cortesías o simples embutes, censura o autocensura, las relaciones entre la prensa y el poder en México han asombrado al mundo. Lichfield, corresponsal de The Economist, demuestra en este reportaje cómo este contubernio terminó por condicionar incluso la forma que tenemos de entender el periodismo en nuestro país.

 

Abundó. Aceptó. Aclaró. Acusó. Adujo. Advirtió. Afirmó. Agregó. Añadió. Anotó. Apuntó. Argumentó. Aseguró. Aseveró. Comentó. Concluyó. Consideró. Declaró. Destacó. Detalló. Enfatizó. Explicó. Expresó. Expuso. Externó. Informó. Indicó. Insistió. Lamentó. Manifestó. Mencionó. Observó. Planteó. Precisó. Profundizó.

Pronosticó. Pronunció. Prosiguió. Puntualizó. Recalcó. Reconoció. Recordó. Redondeó. Reiteró. Señaló. Sostuvo. Subrayó. Me parece que esta lista de palabras ha de ser un catecismo que se exige aprender religiosamente a todos los estudiantes mexicanos de periodismo en su primer semestre de estudios. Basta revisar cualquier diario mexicano, resaltan como gemas entre los metros de palabrería insípida. Esto, el catálogo inenarrable de sinónimos de “dijo”, garantiza que no falte en informe alguno del último discurso del licenciado Fulano de Tal, aunque se lo cite veinte veces, el oportuno verbo para enmarcar todas sus adorables frases. Humildemente, quisiera acuñar un nombre para estas palabras sacras: los dijónimos. Dios quiera que no se me haya olvidado alguna.

     Los dijónimos insuflan vida y emoción a lo que, de otra forma, son informes de noticias de abrumadora monotonía. A veces me detengo a la mitad de la lectura de uno de esos informes para imaginar al licenciado en pleno desembuche: expansivamente abundando, tenazmente argumentando, cuidadosamente considerando, sabiamente pronosticando. Puedo ver al periodista, rendido de admiración ante la magistral oratoria del licenciado, anotando todos los detalles. La verdad es que me dejo llevar a tal punto por esta pequeña fantasía, que a menudo se me olvida poner atención a lo que en realidad dijera el licenciado, pero no importa, es probable que no me interesara de todas formas. Y sé que, al final del día, mi fantasía es precisamente esa, porque el licenciado en realidad no consideró, no sostuvo, no precisó ni declaró. El licenciado nada más dijo. El resto es una ficción nacida de la imaginación del periodista.

     Los dijónimos son síntoma del aspecto quizá más asombroso de la prensa mexicana: la idea de que las noticias no son lo que hay de nuevo, sino lo que haya dicho alguien importante, aunque esa persona o cualquier otra ya lo hubiera dicho, sin importar, realmente, si es verdad o no. Al abrir cualquier diario, muchos de los artículos son informes de un discurso o entrevista o, a veces, de varios discursos pronunciados en una misma ocasión. Contienen paráfrasis de lo dicho por el orador, o citas directas realizadas a través de una selección de dijónimos, sin contexto, o con poco, ni comentario. El mismo ejemplar del periódico puede ofrecer otra crónica del discurso de otra persona sobre el mismo tema. Es casi como leer el guión de una enorme y prolongada obra de teatro —más bien una telenovela—, pero donde los diálogos de cada personaje se presentan por separado, como si se publicara Macbeth en una serie de libros independientes: uno con los diálogos de Macbeth, otro con los de Lady Macbeth y otro más con los de Duncan exclusivamente, y así en general. Es un excelente registro de lo que dicen los poderosos, pero no sirve para entenderlo, que es el propósito del periodismo. Los periodistas mexicanos reconocen esta enfermedad que les aflige y tiene su nombre: declaracionitis.

     Podría alegarse que, como persona de lengua inglesa, mi punto de vista es sesgado. Para nosotros la palabra que se traduce como “noticia” es news, o sea, novedades, mientras en español noticia sugiere algo como información oficial. Y, sin duda, al leer la prensa en cualquier país latinoamericano se encuentran los síntomas de la declaracionitis. Pero es improbable que la diferencia entre ambas formas de periodismo sea un mero accidente lingüístico.

     Tampoco se debe a presiones del gobierno. Un observador ajeno podría deducir, por los ríos de tinta dedicados a los discursos oficiales, que la mano del gobierno sigue pesando mucho en los medios de comunicación. Pero hoy en día los periódicos dedican igual cantidad de espacio a imprimir los también repetitivos lugares comunes de los críticos del gobierno. El control oficial ha disminuido enormemente; lo que queda es el hábito de informar adquirido por la prensa y apropiado durante décadas de predominio de ese sistema. La prensa de hoy está menos a merced del gobierno que de sí misma.

     En otros tiempos el PRI controlaba la prensa, como todo lo demás, con mucha astucia; ejercía un control casi total sin llegar a ser totalitario. La clave consistía en hacer depender a la prensa del gobierno. Los periodistas recibían puntuales sobornos, los inspectores fiscales eran indulgentes y PIPSA, monopolio del gobierno, suministraba papel barato. Los editores y los propietarios disfrutaban de un acceso privilegiado a las altas esferas del poder. La publicidad del gobierno llegaba generosamente, recurso de especial valor para los periódicos que nunca han gozado de gran circulación.

     La amenaza tácita de retirarles estos beneficios aseguraba que pocas veces fuera necesaria la censura; los medios más bien solían autocensurarse, con tal eficacia que rara vez hacía falta retirar esas prerrogativas. Es legendario el control absoluto de PIPSA en materia de suministro de papel, pero la última vez que se ejerció ese control fue en el sexenio de Luis Echeverría —la desafortunada víctima fue El Norte—, y cuando Carlos Salinas puso fin al monopolio de PIPSA, quienes más se resistieron fueron los directores mismos de muchos periódicos. Los propietarios de las estaciones de radio y televisión se quejan de que las reglas para dar concesiones siguen dando cabida a la discrecionalidad, pero no he encontrado un solo caso de concesión revocada por difundir información en contra del gobierno. En ocasiones se ha retirado la publicidad del gobierno; entre los casos más dignos de atención están la revista Proceso, de Julio Scherer, a la que José López Portillo le quitó la publicidad con su famosa frase: “No parece sano el que paguemos para que nos pegue”. De manera parecida, Carlos Salinas ordenó a los bancos que dejaran de anunciarse en El Financiero cuando éste cuestionó la legitimidad de su elección en 1988. Pero el intento de represión hizo salir el tiro por la culata, porque tanto El Financiero como Proceso aprendieron a ser económicamente independientes del gobierno.

     Ahora otros diarios ya son independientes también: Reforma, El Universal y La Jornada (en fecha más reciente) no dependen de la publicidad oficial para subsistir. Y el gobierno ha perdido otros medios de presión, como era, por ejemplo, el infame “fondo secreto” que la Constitución autoriza al presidente para gasto discrecional. Durante el sexenio de Carlos Salinas, según el historiador Sergio Aguayo, ese fondo era de cerca de novecientos millones de dólares. Ernesto Zedillo, presionado, lo ha ido reduciendo gradualmente hasta eliminarlo.

     Los verdaderos controles que quedan son más irrisorios que siniestros. Por ejemplo, la “regla del 12.5%”, venganza de Gustavo Díaz Ordaz contra los medios electrónicos por su tratamiento (aunque fuera muy tímido) de la masacre de 1968, merced a la cual las estaciones de radio y de televisión tienen que dedicarle una octava parte de su tiempo en el aire al gobierno. Ni la dependencia oficial más vigorosa podría producir ese volumen de publicidad; pero todas hacen su mejor esfuerzo, razón por la cual hay que pasar horas de embotellamiento en el tránsito urbano escuchando a algún funcionario de la Secretaría de Salud decirnos que “¡Aprender a cuidarse es aprender a amarse!” O la semanal Hora Nacional, durante la cual todas las estaciones de radio tienen que ceder a una pasmosa transmisión del gobierno. La primera vez que encendí la radio un domingo por la noche y encontré en todas las estaciones a una señora de voz distinguida presentar recetas de mole, pensé que habría ocurrido una terrible crisis y las autoridades habrían suprimido temporalmente las noticias. Y luego están las gacetillas, esas inserciones pagadas que a veces salen en algunos periódicos, identificables por algún detalle, como los títulos en cursivas. Francamente me deja perplejo la existencia de estas gacetillas. Si se sabe cómo reconocerlas, se entiende que son pagadas, y aunque no se conozca la clave, son tan aburridas —el discurso del secretario de turismo de algún estado pronunciado en el almuerzo anual de los gerentes de hotel, por ejemplo— que de todas formas nadie las leería.

     En suma, el genio del control del gobierno sobre la prensa consistía justamente en que funcionaba alentando el autocontrol. Y creo que por eso la prensa sigue comportándose como si todavía estuvieran vigentes los medios de presión, aunque casi hayan desaparecido. Se dice que algunos periodistas siguen recibiendo sobornos y que la amenaza de retirar la publicidad se sigue utilizando, calladamente. Pero cualquiera que fuese la influencia del gobierno todavía imperante, afirma Raymundo Riva Palacio, editor de Milenio Diario, se ejerce sobre todo “por inercia”: una llamada telefónica de un alto funcionario del gobierno todavía puede influir en un dueño o director de algún diario.

     Pero eso ocurre, en mayor o menor medida, en todos los países. En la prensa mexicana misma hay mucha más “inercia”. Riva Palacio dice que “las técnicas periodísticas no han cambiado desde los setenta”. José Carreño Carlón, que fue director de Comunicación Social de Salinas, lo expresa de otra forma: “Aunque hay más libertad, el rigor de los periodistas no ha estado a la altura”.

     Me puse a indagar los orígenes de la declaracionitis y descubrí que casi todo periodista tiene su propia explicación. “Es la premura de la información”, dice Yumin Montfort de la escuela de periodismo Carlos Septién; la prensa se ha ido pareciendo cada vez más a los medios electrónicos de comunicación, donde la presión por ser el primero en conseguir una noticia no deja tiempo para investigar. El periodista Guillermo Osorno, ex colaborador del Reforma, dice que la causa es cómo se asigna a los periodistas: “Los periodistas cubren edificios, en lugar de temas”. Y un típico periodista encargado de las noticias tiene que ocuparse de muchos edificios al mismo tiempo y presentar dos, tres o cuatro notas diarias. Con semejante presión no puede sino transcribir las palabras del licenciado, escoger unos dijónimos para acompañarlas y entregar la crónica.

     ¿Será que hay muy pocos periodistas? No puede ser, dado que todos los años las escuelas y departamentos de periodismo del país producen masas de nuevos profesionales recién titulados, desesperados por colocarse. “El problema —explica Osorno— es que los directores de las publicaciones ven el periodismo como algo político, donde los únicos protagonistas son los políticos”. En otras palabras, en vez de informar sobre México como un país con diversos grupos de personas y problemas, lo tratan como una gigantesca y complejísima versión de Macbeth.

     Riva Palacio, no obstante, tiene otra explicación. “Julio Scherer introdujo en Excélsior algo que fue muy atractivo a fines de los sesenta y que se ha convertido en un karma, que es que priorizó la entrevista, priorizó la declaración sobre el hecho… Esta es la famosa declaracionitis. Eso viene de Julio Scherer”. Scherer, el legendario iniciador del periodismo crítico mexicano, trataba —según Riva Palacio— de dejar hablar a los que habían estado marginados, pero al hacerlo creó el estilo de periodismo que hoy nos inunda de aburridas declaraciones. Se trata de una acusación muy grave, y quise conocer la reacción de Scherer. Pero Scherer no concede entrevistas.

     En cambio fui a entrevistar a su periódico. La leyenda del Excélsior es que la masacre de Tlatelolco lo despertó del complaciente servilismo común a toda la prensa, y durante ocho años ejerció un periodismo orgulloso e independiente, hasta que una rebelión interna apoyada por el gobierno echó a Scherer de la dirección, un “golpe de periódico”, por así decirlo. Los archivos del periódico deberían dejar testimonio de este proceso, y revelar de paso si la acusación de Riva Palacio tiene fundamento.

También llegar a los archivos resultó difícil. Algo que la prensa obviamente ha aprendido del gobierno es a guardar la información pública como si se tratara de un  enorme secreto nacional, porque sólo para ver ejemplares viejos del Excélsior tuve que mandar por fax una solicitud de autorización, y luego me la negaron porque estaban pasando los archivos a micro-filmes. Entonces fui a la Hemeroteca Nacional, donde no es requisito mandar un fax. Comparé Excélsior con El Universal, diario anteriormente leal al gobierno que también se está pasando a microfilme, aunque el bibliotecario estuvo más dispuesto a ayudar.

     Las crónicas del Excélsior inmediatas a la noche del 2 de octubre de 1968 en efecto difieren notoriamente de las de los demás diarios. Mientras éstos establecían que los disturbios de la Plaza de las Tres Culturas eran obra de agitadores antigobiernistas y aceptaban sin lugar a dudas las cifras oficiales de los muertos, Excélsior hacía muchas preguntas sobre la masacre, que todavía hoy siguen en el tapete. Pero poco después la atención había vuelto a las negociaciones entre los estudiantes y las autoridades, de las que todos los periódicos informaron de manera muy parecida.

     En los años siguientes, los artículos de opinión y editoriales de Excélsior son palpablemente más críticos que los demás. Pero sus notas siguen las mismas pautas que las de El Universal. En 1970 ambos periódicos le dedican el gran espacio de costumbre al candidato del PRI a la presidencia, Luis Echeverría, informando de todos y cada uno de sus actos de campaña. Pocas veces Excélsior le prestó atención a los candidatos de la oposición o informó de algo que dijera Echeverría sin defenderlo servilmente.

     En cuanto a la declaracionitis, sus orígenes parecen retroceder hasta mucho antes de Scherer. A mediados del decenio de 1960 y aun antes, los periódicos parecían gacetas de sociales: estaban cargadas de crónicas de almuerzos oficiales y grandes inauguraciones, y era casi de rigor publicar fotografías de personas importantes a punto de salir a Washington para acudir a reuniones de alto nivel, fotografiadas siempre sonrientes frente a la escalera del avión, con el emblema de American Airlines visible en el fondo. Pero las noticias políticas, cuando se publicaban, igual que hoy, consistían en una declaración, por lo general presentada al pie de la letra. Con el paso de los años parece aumentar la proporción de crónicas de declaraciones, así como la tendencia a presentar fragmentos de discursos en vez de la transcripción completa. Esto produjo un gradual crecimiento en la variedad de dijónimos, de unos cuantos en los años sesenta a la abundante liturgia actual.

     Pero esta tendencia no está más acentuada en el Excélsior que en El Universal. Y aunque se concedió cada vez más espacio a voces disidentes o ajenas al gobierno, seguían siendo —como hoy— voces de las élites política o empresarial. No se pudo escuchar a la gente común, por lo visto, hasta que llegó La Jornada.

     Por eso no parece que Julio Scherer sea responsable de la epidemia de declaracionitis. Aunque tampoco revolucionó el periodismo mexicano tanto como sostienen algunos. La tendencia a reproducir declaraciones parece obedecer a una actitud de deferencia ante la autoridad, no sólo en los medios, sino inherente a la cultura mexicana (y, sobra decirlo, a su sistema político). “Aquí las personas no están formadas para poner en tela de juicio la versión oficial de nada”, afirma un periodista extranjero que trabajó en un diario mexicano y pidió no mencionar su nombre. Confirma este punto de vista Víctor Bulmer-Thomas, ex director del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres, que recibe estudiantes de toda América Latina; los estudiantes mexicanos, dice, cuestionan mucho menos a sus profesores que los de otros países.

     Esto repercute perniciosamente en la prensa. Un diario puede publicar una acusación, sin preocuparse de si es verdad o sin tratar siquiera de conseguir una respuesta del acusado; ésta puede aparecer al día siguiente en otra nota, pero al lector le resulta más difícil juzgar lo que está leyendo. Las opiniones revisten la forma de hechos: he perdido la cuenta de la cantidad de titulares de El Financiero bancario que aseguran que el peso está muy fuerte, que el sistema está demasiado débil, o que este año no habrá crisis, sólo porque así lo dijera algún pez gordo. Las declaraciones oficiales se presentan sin ponerlas en duda aunque no sean una novedad, o aunque sean incoherentes con afirmaciones previas. En el mismo periódico, dos crónicas sobre un mismo tema pueden presentar versiones contradictorias de la misma situación, sin intento alguno de conciliarlas. Y a menudo no se verifica la exactitud de las cifras. En la escuela Septién se enseña a los estudiantes el caso del misterioso asalto bancario del que informaron cinco periódicos distintos, cada uno de los cuales atribuyó una cifra diferente al botín.

     A veces también produce resultados muy chistosos el trato servil de la información oficial. Una de mis crónicas predilectas del periódico era sobre la captura de un criminal buscado por la justicia, que narraba los pormenores de la información proporcionada por las autoridades: lugar del arresto, número de licencia de los policías que hicieron el arresto y la hora en que llegó el detenido a las oficinas del Ministerio Público, las 14:00 en punto. Pero, proseguía la explicación sin asomo de ironía, no se le hicieron cargos sino hasta la noche, “pues el Ministerio Público salió a comer”.

     Aunque sería injusto acusar sólo a los periodistas, o sobre todo a ellos, de esta situación. Por una parte, la cautela oficial respecto a la información y la renuencia de conceder entrevistas vuelve muy difícil verificar los acontecimientos. He pedido las cifras más simples que fuera posible en distintas dependencias, con una única respuesta: “No manejamos esos datos”. Cuando quise informarme de cuántos estudiantes seguían detenidos poco después de la irrupción de la Policía Federal Preventiva en la UNAM, el jefe de prensa extranjera de la PGR pasó dos días tratando de averiguarlo, y cuando lo consiguió por fin —pasado un día de mi plazo máximo—, aprendí una frase nueva: “Tuve que parir chayotes” para conseguir esa cifra, nos dijo. En otra ocasión pregunté en la Secretaría de Hacienda las cifras de la inflación desde 1990 —¿puede haber nada más fácil?—, y al recibirlas, tuve que volver a llamar a la oficina de prensa para decirles que todo el mundo sabe que la inflación en México en 1995, en plena crisis, fue algo más de 20%. No me podían explicar el error.

     Por otra parte, ni el periodista mejor formado y más inteligente elaborará buenas crónicas si se le asignan edificios en vez de temas. Luis Acevedo, subdirector de El Financiero, acepta que la declaracionitis es un problema, pero piensa que comenzará a desaparecer con la especialización cada vez mayor de los reporteros en determinados temas. Puede ser cierto, pero también creo que desaparecerá el día que algún director decida dejar de publicar el reportaje del último discurso de Ernesto Zedillo nada más porque se trata del presidente, y comience a publicar sólo los que ofrezcan alguna novedad. “A veces creo que hacemos un periodismo aburrido, y por eso la gente no nos lee”, dijo Patricia Mercado, directora de El Economista, en una conferencia reciente al tratar de explicar la baja circulación de los periódicos, que entre ellos venden sólo dos millones de copias en todo el país. Con todo, no mencionó lo que ella u otros directores podrían hacer para quitarle lo aburrido.

     Claro que la declaracionitis no sólo se da en México. Todos los periódicos del mundo publican los discursos de Alan Greenspan con mención hasta de su más mínimo gesto. Pero, claro, el mínimo gesto de Alan Greenspan puede hacer desplomarse a la bolsa de los Estados Unidos, mientras que una encendida diatriba de José Ángel Gurría posiblemente no la haría siquiera tambalear.

     Los periódicos mexicanos, desde luego, tampoco publican sólo declaraciones. Antes “te mandaban de castigo” a la sección de reportajes especiales, según Jorge Carrasco, uno de los principales periodistas de investigación del Reforma. Hoy esa sección tiene mejor reputación, aunque sigue estando muy aparte de las noticias generales, así como sus técnicas. Es una lástima, porque la mina de oro de las buenas crónicas está justo por debajo de la superficie de la vida política de México. Uno de los mejores artículos aparecidos últimamente en Reforma se produjo durante una discusión reciente en torno a la donación de órganos, cuando un reportero tuvo la idea de llamar a todos y cada uno de los integrantes de la Comisión de Salud del Senado, casi todos ellos médicos, para preguntarles cosas básicas sobre la donación de órganos: el número de trasplantes realizados anualmente, el número de personas que necesitaban donantes, y demás. Casi nadie de esa Comisión supo las respuestas correctas.

     Con todo, quizá me estoy excediendo. Las técnicas del periodismo mexicano se han engastado a través de muchas décadas de ejercicio. ¿Quién soy yo, un extranjero relativa-mente recién llegado a México, para decir que son un error? Con ánimo de respetar las tradiciones locales, quisiera sugerir una forma sencilla de hacer más crítica la prensa mexicana: introducir algunos nuevos dijónimos. Una crónica típica diría, pues:

     

     CORRUPCIÓN, A LA BAJA, MIENTEN

     México, D.F.: El problema de la corrupción policiaca es cada vez menor, fantaseó hoy el subprocurador de la PGR, licenciado Fulano de Tal, en un discurso pronunciado ante nuevos elementos de la Policía Judicial Federal. “Ya no hay impunidad”, mintió el servidor público. Además, evadió, “no hemos registrado ningún caso de corrupción en las fuerzas policiacas en los últimos seis meses”. No obstante, se contradijo, “estamos aplicando toda la fuerza de la ley a los que sigan con las viejas prácticas”. Después, el subprocurador deliró acerca de los logros en materia de combate al narcotráfico. “Hemos decomisado más droga este año que jamás en la historia de la PGR”, inventó.

 

 

 

Lichfield, Gideon. “La declarocracia en la prensa”, trad. Rosamaría Núñez, en Letras Libres, 19, julio de 2000, disponible en

http://www.letraslibres.com/index.php?art=6407